The Dance Paradox The Dance Paradox

Álbumes

Redshape RedshapeThe Dance Paradox

8.6 / 10

Redshape  The Dance Paradox DELSIN

Es por dos motivos por los que Redshape interesa y cabe citarle como uno de los héroes más sólidos del techno moderno. Uno es el asunto místico, el factor misterioso que tanto parece desconcertar a algunos: con su identidad resguardada tras una máscara roja, el alemán ha sido, junto a Burial, el último gran secreto –por ahora– de la música electrónica, un héroe enmascarado, resguardado tras un pedazo de plástico inexpresivo –tan simple y a la vez tan profundo, pues alude por igual a la ciencia-ficción como a la tragedia griega–, que protege su identidad pública para que la atención del personal se dirija, sin obstáculos ni protagonismos, hacia lo único que importa –y éste es el segundo motivo que justifica la heroicidad del berlinés–: la música que, desde un cercano 2006, viene entregando para sellos como Music Man, Styrax Leaves, Delsin y su propia marca, Present. Cada maxi que iba lanzando al mercado Redshape era una exhibición de clasicismo y talento, otro escalón más que subía en una progresión y depuración del sonido y sus fuentes de inspiración, hasta el punto de que si alguien ha de representar en su totalidad la escuela neo-Detroit, o Detroit 2.0, o el enésimo revival del techno de la Motor City, ése ha de ser él, y no otros compañeros de viaje como Chymera, Deetron o Quince. Quizá sólo con el permiso de Shed.

Pero, parafraseando a Perales, ¿quién es él? ¿Es Redshape en verdad un misterio, como lo fue Burial hasta que se hartó de la persecución de los tabloides y se reveló al mundo como William Bevan, ciudadano normal? En realidad no lo es (misterio, que ciudadano normal sí). Lo que ocurre es que a Redshape se le ha dejado en paz porque no ha sido hasta ahora que su perfil se ha revelado a un público más amplio del que compraba sus 12” o acudía a sus escasos conciertos en clubes como cáscaras de nuez. Nunca ha tenido un hit como sí lo obtuvo el antaño misterioso Rex The Dog –que tardó meses en destaparse como el pilluli antes conocido como JX–, ni tampoco ha tenido una obra maestra de la entidad de “Untrue” que desatara la lógica curiosidad de los foros y los chismes online. Se dice que Redshape podría ser la nueva identidad de Sebastian Kramer, productor de hard techno sin éxito a principios de esta década que ha acabado desviando su equipo analógico, y su talento para urdir tejidos hipnóticos y melodías interplanetarias, de la conga al pad detroitiano. La mística en realidad no es tan decisiva, ni el misterio un enigma buscado para armar revuelo. Lo bueno de esta historia es que, naturalmente, a nadie le ha importado en realidad quién estaba tras Redshape mientras la música fuera buena.

La buena noticia de “The Dance Paradox” es que ahora es mejor. O, cuanto menos, abre una posibilidad por la que Redshape no se había decantado cuando producía pensando en maxi, pequeño matiz que habla muy a favor de su inteligencia: mientras el productor minimal del montón –ponga usted el nombre que más le plazca– es incapaz de diferenciar qué necesidades requiere cada formato –y así te encasquetan CDs que parecen una sucesión de tracks monótonos para pinchar, como un single extendido y aburrido, sin viaje ni mensaje–, Redshape se toma en serio el trabajo y se exige el esfuerzo de reinventarse: si en vinilo es un efectivo émulo de Carl Craig, Stacey Pullen y Kenny Larkin –la segunda escuela de Detroit, la de principios de los noventa–, en álbum saca a relucir sus armas experimentales, o dicho de otra forma, su enfoque más downtempo. Como si fuera su particular “Azimuth” (1994) o un “More Songs About Food And Revolutionary Art” (1997) para la nueva generación clubber, “The Dance Paradox” parece un paseo a ritmo humano, sin ningún tipo de hipervelocidad o arreones fuera de lugar, por paisajes del sistema solar.

No es jazzy como algunos músicos de Detroit han acudido al jazz en algún momento de su carrera, quizá porque la cabra tira al monte de la tradición de la música negra, pero hay algunos toques de jazz en “The Dance Paradox”, en especial en cómo suenan algunas baterías orgánicas y cómo reproducen una sensación de funk con filigranas: son los que mandan en “Dead Space Mix (Edit)” –hasta que entra el bombo a negras, por mantener las buenas costumbres– y en la introducción de “Seduce Me”, que indica que la inspiración para el álbum puede haber venido de figuras secundarias de Detroit como Sherard Ingram –y su proyecto Urban Tribe, en particular aquel “The Collapse Of Modern Culture” (1998) que grabó para Mo’Wax– o Neil Ollivierra, el hombre detrás de The Detroit Escalator Co.: Redshape abre campo, destensa el esqueleto rítmico y deja que circule el aire, o los vientos solares o lo que diablos impulse y dirija su nave espacial en este viaje sin rumbo. Porque si algo es este álbum, es una aventura. Por momentos es terrenal, circunvala ciudades decadentes y futuristas como el Los Ángeles de “Blade Runner” –los cuatro minutos de ambient con break de “Rorschach’ Game”, que a pesar de sonar levemente romántica a lo que acaba remitiendo es a la distopia de “Watchmen”, o las sirenas de policía, contaminación acústica y agitación callejera de “Garage GT”–, y cuando lo requiere es cósmico, como cuando “Bound Part 1 & 2” o “Globe”, con sus citas respectivas al Jeff Mills de Axis o al legendario “Starlight” de Model 500, parece que sea música para orbitar alrededor del primer asteroide que pase por ahí.

En el techno, como en los toros –ya se sabe–, hay mucho purismo. Al menos en el techno que destila Redshape, siempre citando a los maestros y con mucho cuidado de no profanar santuarios, ni ultrajar memorias, y ni mucho menos desviarse del camino recto: este techno no admite humor de trazo grueso, ni liviandades, ni una paleta de sonido que se aleje del equipo analógico, los teclados aéreos, los bombos firmes y los breaks negroides. Sólo se desvía el alemán de Detroit cuando mira a Inglaterra y a los primeros años del intelligent techno, como en cierto pasaje ambiental que hace de puente entre un tema y otro, o entre diferentes parte de la misma pieza –el final, “Dark & Sticky”, es un viaje dentro del viaje, un paseo nocturno por una ciudad insomne y turbia–, pasajes que suenan a B12, o a momentos del “Incunabula” (1993) de Autechre. “The Dance Paradox” es un compendio de citas, un hipertexto, en el que, milagrosamente, la voz más alta y fuerte que se acaba escuchando es la del propio Redshape. Se adhiere al sonido de Detroit, pero siempre rompe con lo evidente mediante finas fintas que le llevan a recrear más que a imitar al pie de la letra. En sus maxis iba muchas veces por la vía directa y se le notaban las influencias. Aquí también, pero los referentes son más sutiles –no todo el mundo se puede permitir el lujo de tomarle la réplica al “Clubbed To Death” de Rob Dougan en “Man Out Of Time” y quedarse tan ancho–, y la ejecución es maestra. Es, en definitiva, una lección de cómo actualizar el techno clásico para que no suene momificado, sino vital, humano y con toda el aura misteriosa intacta. En vez de quitarnos el sombrero, nos quitamos la máscara, en su honor.

Javier Blánquez

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