The Crystal Ark The Crystal Ark

Álbumes

The Crystal Ark The Crystal ArkThe Crystal Ark

7.3 / 10

No es necesario repasar a estas alturas el currículum de Gavin Russom, ya está aceptado plenamente que su contribución a la circuitería analógica en la pasada década es tan importante como el descubrimiento del bosón de Higgs a la física de partículas –bueno, quizá no tanto, pero un álbum como “The Days Of Mars” (DFA, 2005), firmado con su antigua partenaire Delia Gonzalez, todavía se mantiene en el top 1 del revival neo-cósmico, anticipado además en más de tres años al boom de los últimos tiempos–. Tras la breve, pero substanciosa, obra de Delia Gonzalez & Gavin Russom –tres EPs y un álbum, sin contar el de Black Leotard Front–, su paso como teclista por la última etapa de LCD Soundsystem y los tres 12”s de sulfuro acid house del efímero proyecto Black Meteoric Star, Gavin Russom se plantó en 2010 con la obligación de decidir un camino para seguir haciendo música, a la vista de que el resto de proyectos estaban agotados o a punto de cerrar una etapa, y ese camino fue The Crystal Ark, otra aventura en compañía –en este caso con la vocalista latina Viva Ruiz– pero con un enfoque distinto. Más lúdico, más frívolo, despendolado.

En resumen, The Crystal Ark es su proyecto “pop”, que traducido al lenguaje técnico de la música electrónica sería su manera de dar rienda suelta a sus obsesiones con el latin house, el hip house y ciertas corrientes mutantes de la música disco de principios de los 80, sin duda reactivadas tras haber entrado en contacto con James Murphy a un nivel más próximo. De este modo, en el catálogo de DFA, The Crystal Ark viene a jugar un papel muy parecido al de The Juan MacLean o el primer álbum de Hercules & Love Affaire, aunque con mayor descontrol, sin tanto aseo. En su primer maxi, “The City Never Sleeps”, la orgía era monumental: fuertes chorros de ácido y pavoneos de diva a mayor honor de la vieja escuela underground (y gay) del house de Nueva York. El segundo EP, “The Tangible Presence Of The Miraculous”, sonaba continuista, como una afirmación de que este era el camino decisivo para The Crystal Ark –para desgracia de los fans de la etapa más purista de Russom–, y tras dos años de incubación llegaron “We Came To” –otra bacanal pop-house con sintes trotones que habría sido hit total de haber aparecido con la firma de LCD– y, por fin, el álbum.

Salvando “We Came To”, todo el material es inédito: ocho cortes de larga extensión en los que la integración entre el fraseo caliente de Viva Ruiz y el caos controlado de Russom parece haber encontrado un punto de sincronización ideal. El papel de Ruiz es, en cierto modo, tangencial –no es una frontwoman como Aérea Negrot, sino una pieza de apoyo importante, pero no estructural, en la arquitectura del dúo–, y por eso aparece en momentos de clímax y se esfuma cuando Russom toma el control. Pero no menos cierto es que sin ella estas jams de percusión tribal, bajos gomosos y grooves antiguos no tendrían el mismo efecto, ni la misma inmediatez con la que lucen en muchos momentos del álbum.

No se puede obviar que hay tramos que podrían tildarse de horteras, o muy cerca de la línea que divide la exquisitez de lo vulgar: una canción como “Morir Sonando” nace ya caducada, suena a descarte de disco de grandes éxitos de algún tipo de house hecho en Miami, pero hay otras como “Close Encounters” que no andan demasiado lejos de los belgas Paradisio (los mismos de “Bailando”, más tarde versionada por Astrud). El escenario que presentan The Crystal Ark es tan demodé que resulta encantador en la práctica, pues participa de toda la ética del ballroom del que nos hablaba hace unas semanas MikeQ, y los vientos salseros de “Horns” –subrayados por basslines crudas de acid oxidado–, los pitidos, cencerros y bajos crujientes de “Paradise” y “Rain” –purito New Jersey; la última incluye teclados– y el vodevil de “Vibrations” crean la sensación de una especie de retrofuturismo latino que ni pertenece a 1989 ni a 2012. Yo confieso que prefiero al Russom de antes, pero también admito que éste de ahora tiene una verdadera ocasión de oro para dejar huella durante la temporada de festivales animando al desparrame. Y aunque por fuera parezca mamarracho, por dentro hay una aspereza más incómoda de lo que parece a simple vista.

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