The Blueprint 3 The Blueprint 3

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Jay-Z Jay-ZThe Blueprint 3

4.8 / 10

Jay-Z  The Blueprint 3 ROC NATION

Ante la atónita mirada de quien esto escribe, “The Blueprint 3” acaba con una horrenda versión de “Forever Young”. Una moñada con mensaje: aunque pasen los años, viene a decirnos Jay-Z, él y su música siempre estarán impregnados del mismo espíritu joven y las mismas ansias de inmortalidad con las que inició su trayectoria hace más de una década. Bonito colofón para un descalabro artístico, conceptual, sonoro, lírico y emocional que pasará a la historia. A la historia de los desastres, de las grandes decepciones del año y, por supuesto, de la década, a la hemeroteca de los timos. Y este ha dolido aún más, no podemos engañarnos. La idea de utilizar “D.O.A. (Death Of Autotune)” como anzuelo para captar la atención de sus fans más exigentes, de los headz, la idea de anunciar un comeback por todo lo alto al hip hop clásico, en definitiva, es una de las jugadas más perversas, macabras y malintencionadas que se recuerdan: nos la ha metido doblada y todos hemos caído en la trampa. Básicamente porque ese single es el único momento de hip hop rotundo, serio, personal y convincente de todo el álbum, isla abandonada de funk y textos emocionantes en un océano de ritmos sintéticos, melodías color neón y estética gay.

A Kanye West, el último Lupe Fiasco, Drake o cualquiera de los abanderados de la revolución metrosexual del rap podríamos llegar a aceptarles un pastiche estilístico de este calibre, entra dentro de su universo creativo y expresivo, pero en la piel de Jigga esta propuesta alcanza cotas de vergüenza ajena y ridículo que engrandecen todavía más la decepción. Con más razón si aquí se está mancillando el honor y el recuerdo de “The Blueprint”, probablemente el mejor disco de hip hop de esta década, galaxia opuesta de esta tercera parte que rivaliza seriamente con “Kingdom Come” para obtener el trofeo de peor disco de su carrera. Hay que frotarse los ojos y pestañear unos segundos: el mismo tipo que hace unos meses ponía patas arriba el circo del rap de politono, que arreaba un manotazo al autotune y la escena mainstream soft, ha tenido los bemoles de incluir ese fogonazo rabioso y verdadero entre un muestrario de beats electrónicos sin alma, sintetizadores, coros femeninos e incluso alguna pincelada de autotune (¿?), con más cameos de la cuenta y, sobre todo, con un planteamiento muy equivocado sobre su propia regeneración artística. La incoherencia por bandera. ¿La hoja de reclamaciones, por favor?

La impresión que se tiene cuando se escuchan estas canciones es que Jay-Z quiere dirigirse a un público que no es el suyo, los fans de las nuevas estrellas del firmamento hip hop, tanto las que ya lo son (Kanye West, Lil Wayne, incluso Young Jeezy) como las que no tardarán en serlo ( Kid Cudi, Drake), también ese público no necesariamente ligado a la historia del rap, de cierto perfil indie ‘post-moderno’ y, por supuesto, también a los hypebeasts. El problema no es ese giro popular, sino la manera cómo el de Brooklyn ha decidido ponerlo en práctica. Sin tener en cuenta que una cosa es inspirarse en las generaciones jóvenes y otra muy distinta copiarlas a golpe de talonario, Jigga se ha rodeado de beats de Kanye (el único que se salva de la quema generalizada junto a No I.D.) y colaboraciones de Drake, Cudi o Jeezy para armar bien ese cambio estético y sonoro. Y le ha salido un churro. Kid Cudi es Kid Cudi, su personalidad está por desarrollar y desde el primer día ha demostrado que sus inquietudes musicales iban mucho más allá de la MPC y se ha comportado con coherencia dentro de su propio camino. Por algo es el cabecilla de los nuevos gatos.

Jay-Z, en cambio, es de la vieja escuela, maldita sea, se curtió en los 90, se pasaba media vida en D&D Studios, ha grabado sus mejores canciones con Premier, Ski, Just Blaze, 9th Wonder, DJ Quick o el primer Kanye West, lo lleva en la sangre y en su forma de rapear, en sus rimas, en su flow. Cuando ha intentado modernizarse, en el peor sentido del término, cuando ha intentado ‘hacerse el joven y enrollado’, como ya sucedió en “Kingdom Come” o como sucede ahora, el bagaje es, cuanto menos, mediocre. Así que el primer gran problema de “The Blueprint 3” es la pérdida absoluta de rumbo, la despersonalización flagrante de su discurso y, mucho cuidado, la devaluación de sus textos y su figura en comparación directa con la de sus alumnos aventajados (incluso Kanye, en su afortunado regreso al rap sin filtros, se lo merienda en “Run This Town”). El segundo obstáculo que nos encontramos es la inspiración y solvencia de los beats. Timbaland, Swizz Beats y The Neptunes firman aquí producciones menores, y me quedo corto: parecen descartes, tomas alternativas, demos, caras B, de sus logros más sonados de los últimos años. No sólo es lamentable que tres firmas de su envergadura no se involucren al máximo en un proyecto tan relevante, sino que me parece más grave que un autor con el bagaje y el criterio de Jay-Z dé por buenas medianías que no compraría ni Soulja Boy. O que acepte embarcarse en esa versión de “Forever Young” que no se atrevería a firmar ni el último Mike Skinner. Por no hablar de “Off That”, con Drake, o del fallido cara a cara con Kid Cudi, “Already Home”, dos episodios nefastos y malogrados de esta travesía errática y descompensada. Y como remate, el mal sabor de boca final te lleva a creer que el álbum está hecho con prisas, sin rigor, a salto de mata, aglutinando ideas por capricho, copiando fórmulas, robando a una serie de gente que está presente en el robo e incluso participa de esta especie de macabro auto hurto. No tiene continuidad, no sabe dónde va, pega bandazos. Lo peor: no se cree en ningún momento lo que promueve. Si no fuera por “Thank You”, “D.O.A. (Death Of Autotune)”, que además suena incoherente, fuera de lugar, desplazada, “Run This Town”, gracias sobre todo a West, y “Empire State Of Mind”, con una Alicia Keys siempre eficiente, estaríamos hablando de un desastre todavía más grave y profundo. Ahora mismo, quién nos lo iba a decir, Kid Cudi lo tiene muy fácil para pasarle la mano por la cara a uno de sus maestros.

David Broc

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