The Big Roar The Big Roar

Álbumes

The Joy Formidable The Joy FormidableThe Big Roar

7 / 10

The Joy Formidable  The Big Roar

CANVASBACK / ATLANTIC

La cuenca del Amazonas fascina sobremanera a Ritzy Bryan, una de las veinte personas más cool del planeta según el NME. La cantante y guitarrista de The Joy Formidable se siente seducida desde que era niña por aquel lugar y, en concreto, obsesionada con una ola gigante que puede verse a veces en la desembocadura del río sudamericano. Se trata de la mayor ola del mundo, una amenazadora masa de agua conocida por los locales como pororoca y cuya traducción, algo así como “el gran estruendo”, da título al esperado debut largo de su grupo. Ritzy defiende que, además de la pretendida reinterpretación visual del fenómeno plasmada en la portada, la cual les ha quedado muy lejos de las olas maestras de Hokusai, todo sea dicho, el título le viene como anillo al dedo al tumulto sónico que encierra este lunático “The Big Roar”. Con él, los de Gales han querido hacer un disco desbordante, desbocado, un disco capaz de desatar el mismo torrente de furia que incita a nuestra rubia a romper sus guitarras en unos alabados directos ( el año pasado en Reading) que, por cierto, están a punto de recalar en nuestro país.

“The Big Roar” también es un disco aplastado por una gran responsabilidad: saciar las expectativas del gran número de fans que la banda ha ido acumulando desde 2007, y, sobre todo, demostrar que rebasa de canciones tan fabulosas como las del lejano mini-LP con el que debutaron en 2008. ¿Cumple con dicho cometido? Hombre, pues cuando el río suena agua lleva y, en ese sentido, tres giras por Estados Unidos antes de tener un debut editado tienen que ser, por narices, síntoma de algo. Sin embargo, después de llevar esperando este álbum bastantes meses, uno no puedo evitar sentirse una pizca desencantado al descubrir que el gran caudal de “The Big Roar” descansa en cuatro temas ya conocidos. Bien repartidos por todo el atribulado tracklist, “Austere”, “Whirring”, “Cradle” y “The Greatest Light Is The Greatest Shade”, siguen echando chispas, igual de coléricas, tanto que Rich Costey –productor de los mejores álbumes de Muse y My Chemical Romance, con todo lo que eso quiera decir–, apenas se ha molestado en tocarlas.

“The Big Roar”, como envase, les proporciona a esos temas un molde más amplio para desplegarse que el que dejaba aquel mini-LP de presentación, el cual sigue conteniendo lo mejor de su joven legado. Ese ajuste al formato (más) largo se consigue armando todo el andamiaje a partir de un tracklist salpicado de trucos de producción varios: desde la inclusión de malévolas risitas al finalizar la monumental primera canción, hasta la alternancia de piezas de alto voltaje, especialmente en el segundo tramo del álbum, con pasajes más serenos que vendrían a destapar otro perfil de la banda. Leáse esto “Maruyama” o la primera parte de “Llaw = Wall”, ésta con otro miembro del trío, Rhyddian Daffyd, tomando gustosamente la voz cantante.

Sí, hay nuevos puntos de fuga y se advierten escapes potenciales para esa energía tan arrolladora que el grupo intenta canalizar todo el rato. Pero con todo, no podemos dejar de decir que, aunque intentan expandirse en múltiples direcciones, “The Big Roar” deja a los galeses más o menos en el mismo lugar en que les dejamos a nivel de logro creativo. Hay esfuerzos gritones destinados a provocar maremotos, aunque gran parte del material nuevos se queda en vigorosas ondas que, en el fondo, parecen renuentes a tocar el nervio que nos hizo emparentarles con complicadísimos referentes como Pixies. Las bombásticas maneras a la hora de casar grunge y shoegazing –tan soñadamente Siouxsie en “Chapter 2”–, son las que más les acercan al rock de estadios y al tiempo, claro, las que más les alejan del gusto purista underground. Durante la escucha, vienen a la cabeza grupos de andares puntiagudos que han intentado caminar sobre dichas aguas, como sus vecinos del sur The Duke Spirit o los californianos Silversun Pickups. Así, y respaldados por una prensa británica ansiosa por encontrar el salvavidas definitivo para una escena tan necesitada de marejadas musicales, este formidable artefacto acaba quedándose a medio camino entre un indie marca Creation ( “A Heavy Abacus”) y unos delirios de grandeza mainstream que a muchos les sonarán insolentes. Como le gusta decir a Ritzy, se nota que sufren por su arte y que luchan por aferrarse como sea a un revival, el que inocula los noventa, que sigue sin acabar de cuajar. Todo esto desarrollado en un contexto como el actual, con los discos de guitarras notablemente devaluados. En definitiva, que creo que “The Big Roar” lo tiene difícil para alojarse, al menos de por vida, en más de una fonoteca que conozco.

Cristian Rodríguez

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