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Belbury Poly Belbury PolyThe Belbury Tales

8 / 10

Ocho años después de “The Willows” –la que fuera tercera referencia de Ghost Box en 2004–, Belbury Poly es un proyecto fuera de toda sospecha. Se le ha destinado menos atención y, por tanto, está menos difundido que otros compañeros de sello como The Advisory Circle o The Focus Group, pero su estatus en el círculo de la hauntology y la retro-ciencia ficción electrónica está a un nivel idéntico, si nos atenemos a criterios de calidad y capacidad de evocación. Jim Jupp, no en vano, es co-fundador de la marca Ghost Box junto a Julian House, ha estado en el meollo desde siempre, es de sus ideas de las que ha emanado con lentitud, pero constancia, un flujo de energía saludable que ha ayudado a desenterrar aquella manera de hacer música tan británica, tan naïf, y también tan exploradora de lo sobrenatural –lo Unheimlich en alemán, palabra que da título a uno de los cortes, precisamente–, que tanto juego dio en la bisagra que separaba y plegaba los años 60s y 70s, con materiales sacados del folk ácido, los efectos de sonido para radio, los primeros Moogs y el rock progresivo de las zonas rurales –la otra versión del “Electric Eden”, según la denominación usada por Rob Young en su libro sobre la Albión pastoral del siglo XX–. “The Belbury Tales” es, como el resto de la discografía de Belbury Poly, un homenaje a una época, a unos métodos y a una estética que se dibuja con colores sepia, cubierta de polvo, entre infantil y atrevida.

No hay una línea exacta que domine en el quehacer del reverendo Jupp, aunque tiene como novedad la incorporación de dos músicos, Jim Musgrave a la batería y Chrisopher Budd al bajo, que agrandan el cuerpo y la fuerza de los temas. El comienzo del disco es burbujeante, rememora aquellos usos pretéritos de los primeros sintetizadores para hacer canciones pop, que en el caso de “Green Grass Grows” es música para niños, incluso cantada por una voz infantil, y en la intro de “Belbury Poly Logotone B” adopta la forma de una especie de cruce entre la banda sonora del clásico de terror “The Wicker Man” y una lectura sci-fi del ballet “El Lago De Los Cisnes” –aunque su lugar en el comienzo del disco es, ante todo, un homenaje a aquellas breves pistas que se insertaban en ciertos vinilos de los 60s para calibrar la ecualización del estéreo, de ahí esa modulación circular y ese subida y bajada de volúmenes, como si la pieza estuviera rodeando el cuerpo del oyente–. Pero a la vez que Belbury Poly bucea en aguas analógicas, rápidamente entran en juego los otros temas que le interesan: el paganismo folk, casi ancestral y con orígenes en la música celta ( “The Geography”), así como la escena prog, con abundancia de flautas progresivas –en la línea de Jethro Tull– o de sintes que imitan a esas flautas y que indica el otro rastro de migas de pan en el camino de Jupp, y que lleva a Canterbury y Stonehenge: este disco está alimentado por esa misma idea alucinada de la psicodelia de la campiña, la de Soft Machine –una influencia recurrente a lo largo de los 13 temas–, pero también la de bandas como Caravan y su mayor barroquismo instrumental y los largos pasajes de improvisación, algo que se hace puede identificar en “A Pilgrim’s Path”.

A pesar de que las líneas de fuga no están claras, “The Belbury Tales” sabe escaparse siempre por la tangente y ofrecer sorpresas agradables –por bien dibujadas y también por inesperadas–, que van desde la imitación canónica del ritmo motorik del krautrock en “Chapel Perilous” –percusión blindada al estilo Neu! y un arpegio melódico que se vuelve obsesivo– a la reproducción de bandas sonoras como las de Pino Donaggio (la antes mencionada “Unheimlich”, en la que parece que vaya a salir a cantar Trish Keenan), o las de un Bollywood en pleno trip ácido ( “Goat Foot”). Belbury Poly sigue refinando como poca gente la idea retrofuturista de la música electrónica ( “Summer Round”), sin forzar lo retro –como AIR; de hecho, “Earth Lights”, con esos amables teclados tan Jean-Jacques Perrey, suena más AIR que AIR– y resultando más moderno de lo que esperado, como si en vez de un explorador del pasado Belbury Poly fuera un continuador de un tipo de música, plagada de clavicordios, texturas inquietantes y excursiones psicodélicas, cuyo linaje de sangre nunca se hubiera interrumpido. Al principio, su música –y este disco en particular– atraen por su cualidad exótica, pero enamoran por su naturalidad, por su irresistible encanto, como si fuera una consecuencia lógica del mundo en el que vivimos, tan antiguo en unas cosas, tan moderno en otras.

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