The Age Of Adz The Age Of Adz

Álbumes

Sufjan Stevens Sufjan StevensThe Age Of Adz

9.5 / 10

¿Sinfotrónica? ¿Turbo-folk? ¿Glitch-gospel? ¿Música concreta o música con crestas? Lo nuevo de Sufjan no tiene nombre. A muchos les va a tirar para atrás cual aberración sin medida, pero quienes le aprecian por su desbordante talento como compositor, productor y cantante, deberían derretirse al instante. Del triple salto mortal que es “The Age Of Adz” no se puede esperar otra diversidad de reacciones. De hecho, ya han surgido comparaciones con otro disco de carácter impactante e inesperado, tan incomprendido en su momento como alabado después. Se ha hablado de “Kid A” y aunque parezca exagerado, tirando de ese hilo encontramos en “Adz” las mismas sensaciones que provocó aquel álbum antológico: una excitante confusión, el descoloque absoluto, la catarsis definitiva. “Adz” exige al oyente apartar a un lado los escrúpulos, escuchar de otra forma –prepárense para un largo recorrido de hora y veinte minutos; se requiere atención y paciencia–, y eso es lo más potente que cualquier obra de arte se puede plantear como premisa. Lo grande es que ésta, además, lo logra. Bien bañaditas en sirope de Stendhal, todas sus canciones se elevan desde nuevos horizontes, invitan a vivir en mundos desconocidos y consiguen contagiar al oyente un grado de amor por la música sólo equiparable al que le profesa su autor al escribirla: el mayor.

También el impacto de este extraordinario “Adz” se magnifica porque su edición nos ha pillado por sorpresa. Antes de verano, Sufjan había jugado en diversas entrevistas con la idea de retirarse del negocio musical. Sin embargo, las noticias en torno al genio de Detroit volvían a calentar motores hace apenas un par de meses, cuando colgaba en su web su otro disco largo –vale ya de llamarlo EP– de este año: “All Delighted People”. Al poco, sobrepasados aún por la escucha de ese trabajo exquisito aunque no tan revelador como sus grandes obras, Sufjan se desquitaba anunciando que su verdadero nuevo álbum, el importante, estaba al caer. Hoy, con los dos en la mesa, las diferencias entre ambos son tan claras que resultan grotescas. Si “All Delighted People” significa el adiós al Sufjan que conocíamos hasta ahora, “The Age Of Adz” representa la bienvenida a un nuevo artista, el gran opus con el que Sufjan deconstruye su sonido para reinventarlo al momento. En ese sentido, la inicial “Futile Devices” parece un guiño al pasado de “Seven Swans” (2004), un título que, por cierto, ha desaparecido misteriosamente de la discografía oficial listada en su bandcamp.

Afinando más esa palabra que buscábamos arriba, y teniendo en cuenta que Sufjan nunca llega a confundir ambición con pretensión, diremos que ha dado por fin con las sagradas escrituras de la folktrónica, un género intermitente e indeciso del que todavía no teníamos obra maestra. “Adz” es una bendita locura. Entre la catarata de imágenes posibles para describirlo se impone una enseguida: el apocalipsis. La cosa tiene su explicación, porque a pesar de que la cacofonía del título, el grado de fantasía desplegada y el cromatismo en general remitan a “The Wizard Of Oz”, y aunque varias letras le canten a un ente superior, en realidad el corazón de este álbum está consagrado al recuerdo de Royal Robertson, un esquizofrénico de Louisiana que se autoproclamaba profeta y que para Sufjan, qué duda cabe, lo fue. Además de la increíble portada, Sufjan toma de Robertson todo el imaginario que impregna el álbum –criaturas alienígenas, catastrofismos varios, visiones futuristas–, pero lo usa sólo como envoltorio, sin permitir que todos esos recursos se inmiscuyan en el alma de las canciones. Robertson es la vestimenta de “Adz”, la excusa de su sonido esquizoide, pero no hay que dejarse despistar: estamos ante el trabajo menos conceptual y más personal por lo que se refiere a la persona de Sufjan. Aquí están las historias más directas y desnudas de un cantautor hasta ahora demasiado escudado en los álbumes concepto y en la profusión de referencias históricas, literarias, etc. En “Adz” todo eso se pule –hasta los títulos de los temas achacan el refinamiento– y escuchamos a Sufjan disertando más sinceramente que nunca sobre el amor, la muerte y la pérdida de la fe, el gran tema del álbum. Su sensibilidad para ello sigue a prueba de bombas. Por mucho horror vacui digital que lo recubra todo, él sigue dosificando los espacios y los cambios de ritmo de manera magistral, conjugando épica e intimismo con una gracia divina. Escuchen cómo emerge su voz, cual deidad, en el tema titular, o busquen la gran clave evangélica en los coros de “Vesuvius”, cuando se escucha “Sufjan, follow the path, it leads to an article of imminent death. Sufjan, follow your heart, follow the flame, or fall on the floor”.

Con todo, los recursos utilizados no son nuevos: siempre han estado ahí. Desde “Enjoy Your Rabbit” (2001) hasta premonitorias jugadas orquestales como “The BQE” (2009), pasando por las autopistas instrumentales de “Illinois” (2005) o el tono navideño de sus “Songs For Christmas” (2006) recogido en el comienzo de “Now That I’m Older”, “Adz” podría entenderse como el resumen a toda su carrera, como el resultado de una escucha imposible en la que todos sus discos sonaran superpuestos a la vez. Así se configura este entramado multicapa de canciones dentro de canciones, esta bacanal de poderío artístico que lo confirma como uno de los productores imprescindibles de la generación ProTools –si no lo era ya–. Sufjan es el superhéroe omnisciente del folk, tiene múltiples poderes y, para más inri, acaba de empacharse de kriptonita sin que su fuerza merme en absoluto. Plasma sobre el papel las vertiginosas ideas que revolotean en su cabeza, consigue dar forma a una nueva naturaleza musical, a un nuevo orden, y lo hace de una forma asombrosa: apartando a un lado banjos y acústicas, entregándose al desmadre digital, al bleep desatado, a los vocoders y los crescendos infinitos. Por eso “Adz” suena a irrealidad, a utopía, a abandono de lo terrenal –recordemos que se han aparcado definitivamente las ambiciones geográficas de confeccionar un álbum para cada estado norteamericano– y entrega a la levitación.

Como disco parece no ser digno de su momento, sino llegar hasta nosotros desde 2030 como una ópera digital en HD enviada al presente. Suena hormonado, extraterrestre. Sus virtudes son innumerables y sus líneas narrativas recurrentes –conceptos como el fuego, el peligro, la eternidad o la victoria– tienen el tono de los grandes mandamientos bíblicos. En el plano más estrictamente sónico, “Adz” dota al sintetizador de un relieve inaudito en la esfera folk. Ahí está “I Walked” –¿un astronauta paseándose a saltitos ingrávidos por el altar de una iglesia?– o los 25 minutos de éxtasis puro de “Impossible Soul”. Todo pide ser degustado una y otra vez en una pirueta con sabor a piruleta, en un empalagoso caramelo que, sin embargo, nunca empacha. Para entender “Adz” en su totalidad tendríamos que tener conciencia global de cada uno de los segundos de su metraje. Efectivo y secreto a cada escucha, siempre hace prevalecer el genio y la importancia, incluso por encima del asombro. Poniéndonos líricos diremos que eclipsa a todas las músicas a su alrededor, tapando el sol y permitiéndonos ver mejor las estrellas. Poniéndonos pedantes citaremos a Dalí, concluyendo que “del constreñimiento feroz de los coeficientes de elasticidad y de la viscosidad jesuíticas por las estructuras éticas implacables de las tablas de la moral nacen las grandes obras de arte”. Son claves que Sufjan tenía clarísimas antes de grabar este disco. Luego intentó llevarlo a cabo, lo consiguió, y al séptimo día descansó.

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