Tha Carter IV Tha Carter IV

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Lil Wayne Lil WayneTha Carter IV

4.3 / 10

Lil Wayne  Tha Carter IV CASH MONEY-UNIVERSAL

A tenor de los movimientos musicales que Lil Wayne ha protagonizado en los últimos tres años, quien más quien menos ya tenía una idea hecha de lo que podía pasar con el lanzamiento de “Tha Carter IV”, un disco que, a medida que pasaba el tiempo y protagonizaba retrasos, iba perdiendo interés. Las sospechas, sin tan siquiera haberlo escuchado, llegaron por diversas vías: el tracklist, con algunas canciones antiguas que en su momento de filtración ya provocaron indiferencia; el tercer single, “How To Love”, una espantosa balada que incluía un remix para el público latino con Enrique Iglesias y, ya por último, pocos días antes de su aparición oficial, el runrún mediático de la pulla que Weezy le lanza a Jay-Z en “It’s Good”, cuyas dos principales frases, “Talkin’ ‘bout baby money, I gotcha baby money / Kidnap your bitch get that how much you love your lady Money” no auguraban nada bueno y provocaban, ipso facto, el hazmerreír de la escena.

Y las sospechas no podían ir mejor encaminadas. Si la primera parte del disco, a excepción de la portentosa “She Will”, huele a chamusquina, a partir de “How To Hate” empieza el desastre. Entre baladas romántico-sexuales que no se atrevería a firmar ni Chris Brown, con especial atención a “How To Love” o “Mirror”, canciones tediosas con overbooking de cameos y, sobre todo, uno de los disses más patéticos que servidor recuerda en la historia de los beefs recientes –esa “It’s Good” destinada a desviar la atención mediática del contenido puramente musical del álbum–, “Tha Carter IV” viene a confirmar lo que muchos ya tenían en mente desde hace un par de años: a Lil Wayne le ha devorado el personaje y su propia celebridad. El enfrentamiento entre él y Jigga ya es, de por sí, lamentable y penoso: dos tipos adultos, dos estrellas del firmamento, polemizando sobre quién tiene más dólares en el banco. También es cierto que es Weezy quien acaba quedando retratado, con dos frases ridículas incapaces de erigirse tan siquiera en respuesta a la respuesta de Jay-Z en “H.A.M.”. Normal que, comparado con esto, lo de “Takeover” y “Ether” nos parezca el Santo Grial.

El problema, sin embargo, no es que Weezy intente batallar con Jigga teniendo en cuenta su limitado talento para la rima, sino que ese episodio sea uno de los pocos momentos destacables –y todo se reduce al morbo– de todo el minutaje. Disco anodino, aburrido hasta el bostezo, gris, cansino y pelmazo, guiado por dos grandes ejes expresivos muy discutibles. Por un lado, una selección de beats inexplicablemente mediocre y repetitiva. Por momentos, “Tha Carter IV” parece una compilación de plagios malos y desganados de algunos hits recientes: “6 Foot 7 Foot” es un “A Milli” de baratillo, y eso que repite Mr. Bangladesh; “Megaman” recuerda sospechosamente a “Hold Up”; “How To Hate” pretende ser una actualización de “Got Money”, T-Pain incluido; y “John”, por citar el último ejemplo y ahorrarnos más bochorno, se limita a tomar prestada con una ligerísima variación la base de “I’m Not A Star”, de Rick Ross, que para más cachondeo colabora en la canción de Wayne. Beats reciclados, copias de copias, piezas que tienen un año de vida, sonido estancado, autoparodia sin chispa ni gracia, irritante falta de ideas y despreocupación total; tan solo hace falta repescar “Tha Carter II” y “Tha Carter III” para darnos cuenta de la debacle.

Y si la propuesta sonora no tiene identidad ni brillo, qué decir del apartado lírico. Una buena manera de resumir el álbum la podemos encontrar en un tuit reciente del actor Marlon Wayans, que escribía: “Love Lil' Wayne BUT I can't go 2 a nigga w/ 8 kids from 9 baby mamas to teach me ‘how to love’”, en referencia al horrendo single del disco. Y es tal cual. Que más de la mitad del álbum esté destinada a canciones mojabragas, repitiendo hasta la saciedad las mismas ideas, una y otra vez, y encima sin ingenio lírico, inventiva o gracia, ya deja claras las intenciones del rapper, que busca al público femenino sin tan siquiera adornar sus historias con un discurso musical en consonancia a sus objetivos. Para eso ya tenemos a The-Dream, que lo borda. Atrapado en sus propios tics y en una autocomplacencia digna de estudio, este Lil Wayne no es aquel MC habilidoso y buscavidas que se convirtió en el gran aspirante a destronar a Jay-Z. Lo que queda de él es un personaje esperpéntico incapaz de hacer justicia a su propio legado.

David Broc

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