Ten Stones Ten Stones

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Wovenhand WovenhandTen Stones

8 / 10

Woven Hand Ten Stones

SOUNDS FAMILYRE / POPSTOCK! David Eugene Edwards es un tipo misterioso, inaccesible y oscuro. En las pocas fotos suyas que he visto parece un sepulturero de western. Es, además, uno de los más notables creadores de atmósferas, del mal rollo, del reciente rock americano. Un tipo cuya carrera (ya sea al frente de 16 Horsepower, su banda matriz, o Woven Hand, el proyecto paralelo que nos ocupa) ha querido enmarcarse dentro de los estrechos márgenes de una etiqueta tan vacía como Americana. Una etiqueta que Edwards trasciende con ese personal cruce de folk con country o rock nervioso. En su nuevo disco con Woven Hand aparca el lirismo desatado, melodramático y hermoso de “Mosaic” para pasarse a un rock más contundente, rock torturado y ceremonial. Abundan en “Ten Stones” (en realidad son once y no diez las piedras que va encontrando el músico de Denver por la dolorosa travesía que narra el disco) las guitarras eléctricas, los trallazos casi punk (como en “The Beautiful Axe”, quizá la canciute;n rock más clara que han grabado nunca Woven Hand, en la tabernera “White Knuckle Grip” –dónde se acerca más que nunca a Nick Cave- o en las tormentas de guitarras de la muy punk “Kicking Bird”); se suceden maldiciones y letanías (el arrebato crooner fronterizo de “Cowhakin Road”, “Kingdom of Ice”, con ese sonido de caballos cabalgando que se adivina como trasfondo; la hermosísima “His Loyal Love”, una de las canciones más bellas que han grabado Woven Hand, una pesadilla romántica de la que uno no quiere despertar). Sin apenas descanso para el viajero, (el más llamativo, que casi justifica el disco entero, la versión de “Quiet Night of Quiet Stars” de Jobim, que Edwards reinterpreta como si la tocara desde el infierno sin -milagro- dejar que pierda nada de la belleza del original) “Ten Stones” habla, mediante su folk de tinieblas, de la rara belleza que esconde todo hecho trágico, terrible. Escucharlo es como adentrarse en un sueño en el que, levantamos la cabeza y el cielo, antes azul, se ha cubierto por completo de enormes y amenazantes nubes negras. Fernando Navarro

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