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Álbumes

Andrew Burnes Andrew BurnesTelescope

7.5 / 10

Andrew Burnes  Telescope TABLE OF THE ELEMENTS

El de San Agustin (la banda, no la ciudad) es uno de esos casos en los que el mundo del indie resulta muy injusto. Crecido en Atlanta, al calor de la segunda ola del post rock (la que se produjo a finales de los noventa, que dejó al margen los aires a free jazz y tropicalia para concentrarse en las texturas y el control de la intensidad), el trío que formaban el batería Bryan Fielden y los guitarristas Andrew Burnes y David Daniell, publicó un puñado de discos sobresalientes antes de caer en la abulia y dejarse llevar por el letargo; donde letargo quiere decir que ya no graban discos, pero todavía se juntan para tocar en directo un par de veces al año. El caso es injusto, decía, porque pocos de sus contemporáneos consiguieron sintetizar como ellos esa sensación de inmovilidad, esa capacidad para entrometerse en el aire de una habitación y hacerlo más denso, que hasta entonces había sido patrimonio del minimalismo y de alguna lumbrera del ambient.

El caso es que San Agustin, y ahí radica su grandeza, perseguía estos objetivos partiendo de la improvisación, el free jazz más reposado y el rock de aires contemplativos (hasta llegaron a grabar un par de discos con el gran Loren Mazzacane Connors). Eso, y que utilizaban guitarras, y no sintetizadores, como eje principal de su discurso. Con esos mimbres tejieron una obra magna, tanto por contenido como por duración (tres discos compactos, metidos en una bonita caja), que respondía al explícito nombre de "The Expanding Sea". Haciendo honor a su título, sumergirse en ese disco era como chapotear en el centro exacto de un mar calmo y libre de oleaje. Un espíritu que Daniell y Burnes recuperan, seis años después, en dos nuevas entregas de las "Guitar Series" con las que el sello Table Of The Elements está celebrando sus quince años de vida ( y de las que ya hemos hablado aquí). Cada uno, eso sí, a su manera: Burnes, más obtuso y radical, elabora un par de piezas densas, oscuras, en las que las guitarras suenan amenazantes y grávidas, masas que se desplazan con parsimonia sobre un cielo encapotado, dejando a su paso descargas eléctricas. Más luminoso, Daniell sumerge su instrumento en un baño de pedales y de allí saca cuatro piezas épicas y legañosas, hermosas viñetas modeladas a partir de ruido y distorsión, que no andan muy lejos del último Tim Hecker. Reconforta ver que ambos siguen facturando un ambient de muchos quilates.

Vidal Romero

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