Teflon Don Teflon Don

Álbumes

Rick Ross Rick RossTeflon Don

7.8 / 10

Rick Ross, Teflon Don DEF JAM

El gran problema de “Deeper Than Rap”, el último disco de Rick Ross hasta la aparición de “Teflon Don”, era su exceso de ambición no satisfecha, el desequilibrio latente entre intenciones y resultados. En realidad, el título ya era toda una pésima y errónea declaración de intenciones. El rapper de Miami quiso convertir ese álbum en su magna opus y la jugada no le salió redonda desde un punto de vista artístico y musical, abusando de un sonido de consenso repetitivo y predecible, alternando singles potentes con mucho relleno intrascendente y descuidando su aportación lírica en beneficio de un muestrario de rimas mediocres y decenas de cameos externos que mareaban al personal y entorpecían la dinámica de disco total que perseguía. Para el recuerdo de sus fans y de hypebeasts recién llegados al juego del rap perdurarán dos o tres hits inapelables, pero al final del relato todo lo que queda en la retina y la memoria del aficionado al género es la manera en cómo 50 Cent arruinó el lanzamiento de ese álbum propagando las sombras del pasado de Ross, su trabajo como guardia en un correccional y la dudosa credibilidad de unas letras que, en contra de lo que denunciaba Fifty, predicaban una vida dura y temible en las calles siempre al margen de la ley.

“Teflon Don” pasaba por ser, pues, el disco de redención o reivindicación, una prueba de fuego para reconciliarse con fans heridos en el orgullo y para llamar la atención de aquellos que seguíamos teniendo dudas sobre su papel en el hip hop actual y, más que nada, sobre su talento real, tangible, para escribir buenas letras y fabricar álbumes sólidos y compactos más allá de los dos hits de rigor. A los primeros ya les lanza un guiño desde el título, uno de los sobrenombres más populares de John Gotti, el gran capo de la Mafia neoyorquina durante los 60 y los 70, con una apropiación debida del alias para reforzar su estatus de gangsta creíble y con currículo. Y para ellos, una dosis condensada y muy bien empaquetada de su particular universo lírico y visual: apología incondicional del carpe diem, de la filosofía del “vivir rápido y morir joven” y de su desfile de referencias a los billetes, las compras exageradas en tiendas de lujo, los reservados de los mejores clubs, las modelos ansiosas de fama y celebridad, la amistad forjada a prueba de traiciones e intereses y la mirada fría, el olfato para el business, cuando se llega a la cima. La fórmula de siempre, para qué engañarnos, pero con mucha fuerza y convicción, con un tono más de reafirmación que de prepotencia u ostentación.

Para los más reticentes, “Teflon Don” nos depara varias sorpresas muy agradables, aunque ya veníamos avisados después de catar su magnífico “The Albert Anastasia EP”, del que aprovecha y remasteriza varias canciones. La primera, el elenco de productores, para mi gusto intachable: No I.D., Kanye West, Clark Kent, Danja, The J.U.S.T.I.C.E League y The Inkredibles. Todos ellos se encargan de tejer una madeja sonora magnífica, accesible pero creíble, soulful y sureña a partes iguales, con puntuales y luminosos destellos pop, uniforme y coherente, más jugosa e inspirada que la de su predecesor, que nos daba una de cal y dos de arena, y con una intención bastante clara de potenciar el latido más duro y street de su discurso. El mérito también es conceptual: sólo once canciones, fuera skits, duración breve y espíritu de concreción y condensación, idea fija de ir al grano y de aparcar, de momento, la grandeur y la megalomanía de gran estrella que exhibía “Deeper Than Rap”. No es que sea un álbum más modesto o menor, sino que se deja de tonterías, huye de las trampas del mainstream y de los tics más aborrecibles de los discos lujosos, se concentra en las canciones y estampa la que probablemente sea su obra más consistente, singles, ventas y repercusión popular aparte.

Hace unos días el productor 9th Wonder se preguntaba en Twitter por qué los headz despreciaban la música de Rick Ross si sus textos se movían bajo los mismos parámetros temáticos de muchos MCs y grupos de Nueva York de estatus intocable entre la comunidad. Billetes, culos y éxito. Pero en el lenguaje del hip hop muchas veces no importa tanto el contenido como la manera de presentarlo, y es en esa tesitura en la que muchas veces Ross perdía punch y credibilidad. En cambio, en “Teflon Don” le vemos más confiado y convincente que nunca con el boli y la libreta, como si todos los problemas surgidos a raíz de su beef con 50 Cent le hubieran motivado y empujado a mejorar en esa parcela, a esforzarse el doble. De hecho, ahí es donde el disco crece y se reivindica en comparación a sus predecesores: Rick Ross rapea acerca de lo mismo de siempre, pero mejor que nunca. Y no solo eso, sino que también se atreve a plantear algunos retos temáticos a destacar que acaban dándole un plus de interés y atrevimiento al recorrido.

Porque la esperadísima “Free Mason”, con colaboración de Jay-Z, no se ha convertido en una de las canciones de la temporada por casualidad. En ella el MC de Miami saca a la palestra el peliagudo, polémico y mil veces discutido asunto de la masonería en el universo rap actual. La presencia de Jigga como invitado tampoco es casual: a él han apuntado todos los foros, blogs y comentarios de Internet como el gran instigador de una pequeña corriente de adhesión a la masonería entre algunos representantes célebres del género e incluso de cierta adoración al diablo. Y que yo recuerde, ésta es la primera vez, cuando menos en una canción, en que el autor de “The Blueprint” desmiente toda esta rumorología y lo hace con un puñado de versos espléndidos que, sin embargo, no sabemos si tienen la intención de negar la mayor o de zanjar el tema para que no se hable más del mismo para que no se siga profundizando en ello. “Niggas couldn’t do nothing with me / they put the devil on me / I would have preferred if niggas squeeze the metal on me / Rumours of Lucifer / I don’t know who to trust / whole world want my demise turn my music up / hear me clearly, if y’all niggas fear me / just say y’all fear me / fuck all these fairy tales / go to hell”. Después, las dos líneas “Bitch I said I was amazing / Not that I’m a Mason”, más meridianas, parecen dejar claro, o eso tenemos que creer, que toda la parafernalia luciferina y toda la supuesta simbología masónica que se atribuía a Jigga sólo se debe a teorías y elucubraciones de blogueros con mucho tiempo libre y pocas ganas de escuchar música. “Free Mason” queda, a la postre, como el broche de oro para uno de esos discos, los llamados tapados y menores, que ganan peso específico, credibilidad y valor a medida que pasan los años. David Broc

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