Teenage Dream. The Complete Confection Teenage Dream. The Complete Confection

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Katy Perry Katy PerryTeenage Dream. The Complete Confection

6.2 / 10

Single a single, sin prisa pero de manera implacable, Katy Perr y se ha ido haciendo inevitable en los últimos años. Pero lo que es más interesante es que en este tiempo se ha ido ganando una curiosa serie de adeptos: desde un artículo en The Quietus firmado por Aidan ‘Arab Strap’ Moffat, titulado de manera expresiva “Fuck it: I Surrender” hasta el crítico de The Wire Joseph Stannard, quien dijo sobre ella que es extrañamente irresistible. A esto hay que sumar las incontables versiones que se han hecho de las canciones más conocidas de este disco a cargo de gente alejada del mainstream, referencias en el propio disco a los Beach Boys (en la letra de “California Gurls”) o al clásico de Jack Kerouac “On The Road” (la inspiración de “Fireworks”, parece ser), así como el reparto nostálgico-ochentero del videoclip “Last Friday Night”. De este modo Katy Perry se ha convertido, tras varios intentos fallidos previos, en una de esas raras estrellas del mainstream estadounidense que consiguen dominar las listas de ventas al mismo tiempo que atraen a un público en principio reacio a este tipo de figuras mediáticas omnipresentes. Para celebrar su rotundo éxito, se edita esta versión extendida de “Teenage Dream”, que permite echar la vista atrás y valorar sus últimos logros, aunque sea a pesar de contar con una serie de temas extra que difuminan el impacto de sus luminosos singles.

Para entender por qué Katy Perry se ha ganado tantos adeptos en terrenos tan diferentes hay que prestar atención a los distintos aspectos de su música. En primer lugar, las letras, repletas de clichés, sí, pero que en el transcurso del disco son capaces de hacer referencia a esos momentos por los que todo el mundo ha pasado –sobre todo de (post)adolescente- y, lo que es más importante, lo hace con sentido del humor (“Last Friday Night”) o con un espíritu de celebración y un optimismo inquebrantable (“Fireworks”). No dejan de ser canciones sobre enamorarse, desenamorarse y salir de fiesta, pero conseguir que una canción transmita o se solape con esas sensaciones no es tarea fácil y, al menos en algunos de los singles el resultado es, efectivamente, irresistible.

En cuanto a su música, se puede entender que haya un público que en principio rechace a este tipo de divas pop y que sin embargo le guste Katy Perry. Y es que, en un momento en el que la eurofilia electrónica domina el pop mainstream estadounidense, la mayoría de sus canciones optan por una instrumentación más convencional, con cierto protagonismo para las guitarras, casi desterradas últimamente del mainstream. Quizás por eso Simon Reynolds escribió sobre ella diciendo que su música era una prostitución del rock, sin pretender que esta idea fuese un insulto, pues a continuación recordaba cómo se trata de una prostitución similar a la perpetrada por Roxy Music en su momento. La única canción que se desvía de la fórmula es “E.T.”, que contiene su aproximación al dubstep-pop, algo que ya es casi un subgénero, y el único tema en el que musicalmente se acerca a la excitación que provocan los discos de Britney Spears, bastante más atrevida en este terreno. Más allá de “E.T.”, el disco persigue una fórmula mágica de gran tradición en el mainstream norteamericana, entre la horterada y el super-pop de estadio que incluye a nombres como Journey o Shania Twain. Pero si por algo el puñado de singles de “Teenage Dream” consigue superar las limitaciones esperables en una propuesta como la suya es porque tienen la misma capacidad de himno pop incombustible que los grandes éxitos de ABBA: sirven –y uno sospecha que servirán por mucho tiempo– tanto para cantar en un karaoke como para ilustrar momentos clave en películas –vease en este sentido el abuso que de su música ha hecho la serie “Glee”– y animar fiestas de todo tipo.

De hecho, “Teenage Dream” puede presumir de tener uno de los arranques más adictivos de los últimos años, con “Teenage Dream”, “Last Friday Night”, “California Gurls” y “Fireworks” seguidas. Lástima que el resto del disco baje el listón considerablemente con respecto a los singles, y al contrario de lo que ocurre con estos, a uno no le apetece volver a ellos tras dos o tres escuchas de rigor. Un fallo que se hace todavía más flagrante en esta edición de lujo, que incluye además de las versiones de “E.T.” y “Last Friday Night” con apariciones estelares –pero no muy inspiradas– de nada menos que Kanye West y Missy Elliott, temas inéditos por debajo de lo esperable como “Part Of Me”, cuyo polémico video, interpretado como propaganda pro-marine, deja al descubierto las contradicciones ideológicas de las que todas las megaestrellas del pop estadounidense parecen incapaces de escapar. Pero lo peor cierra el lote: un megamix absolutamente demencial a cargo de Tommy Sunshine por cuya escucha un servidor cree que debería beneficiarse de algún descuento fiscal en la inminente campaña de declaración de la renta. Como en la mayoría de estos casos, mejor quedarse con la versión original.

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