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Juju & Jordash Juju & JordashTechno Primitivism

8.3 / 10

Empieza sonando “Stoplight Loosejaw” y el ritmo es endiablado, aunque parece galopar sobre una espesura de barro y matorrales calcinados, y ante todo sugiere oscuridad. Si el título del álbum –‘primitivismo techno’– se refiere a la idea de convertir el club en una especie de caverna prehistórica con pinturas rupestres en las paredes y un triste fuego para conservar el calor, quizá sí tenga sentido. Pero si alguien se ha sentido arrastrado hacia este álbum del dúo israelí afincado en Ámsterdam esperando encontrar un homenaje a los viejos maestros de Detroit, quizá se lleve un fuerte decepción: rara es la ocasión en la que vuelan los sintetizadores por el espectro sonoro como si fueran sondas espaciales, y aunque los medios de grabación y producción son analógicos, rara vez transmiten esa nostalgia y dejà vu de las referencias de sellos como Metroplex. Lo que sí hay es un lenguaje que sólo se encuentra en los márgenes del techno innovador del momento y que poco tiene que ver con lo que suena en los clubes: Juju & Jordash son maestros en el uso del espacio hueco –a veces, el silencio envuelve a la música, y no al revés– y el emborronamiento del patrón 4x4. Cuando uno de sus tracks se embellece con pads cósmicos o una línea de bajo funky, siempre hay un recurso alrededor que añade un giro todavía más expansivo y complejo. Curioso título, por tanto: este techno primitivo es, en realidad, el techno más insólito –e insólito también es nuevo– del momento.

Se llaman Gal Aner y Jordan Czmanski, y los compradores de vinilo compulsivos les conocían de sus lanzamientos –editados de manera consistente desde 2007– en sellos como Real Soon, Aesthetic Audio, Golf Channel y su propia marca, Dekmantel, que tiene en “Techno Privitimism” su primer álbum –siempre y cuando no se tenga en cuenta “Juju & Jordash” (2009), una temprana recopilación de cortes aparecidos en distintos EPs–. Es el primer ejercicio verdaderamente liberador para el dúo, que ya se ha desprendido definitivamente de cualquier convención del techno purista para indagar opciones de manera libre, muchas veces investigando en el pasado sin deseo de disimularlo –aquí el adjetivo ‘primitivista’ no es un ningún problema: “Diatoms” suena como si a “On The Run”, de Pink Floyd, se le añadieran arreglos de piano a la manera dodecafónica, y “Shakshuka Dub” es un entrecruzamiento de latidos jamaicanos y sintes modulares que, aunque no se pueda conectar con ningún artista o sello concreto, sí remite claramente a una época exploradora como fue la de los años setenta–. Juju & Jordash se pasan casi todo el álbum creando libres asociaciones entre paletas de texturas con historia y patrones rítmicos tramposos, y así van haciendo girar “Techno Privitimism” hacia lo desconocido. “Slow Boat To Haifa” flirtea con ese smooth jazz de los cincuenta con sobrecarga de ecos, y “Peligroso” es una variante del proto-techno de Cabaret Voltaire, como envuelto en vapor de máquina, adaptado a un patrón 3x4 al estilo Colonia. Y la sensación general es que estás escuchando algo deep, incluso soleado (ergo, balearic). Nada encaja, pero todo cuadra. Y nada parecer tener sentido.

Sin embargo, este álbum suena plenamente unificado, y aunque se edita en triple vinilo para satisfacción de los DJs de warm-up, escuchado del tirón acaba por crear un estado de ánimo satisfactorio gracias a elementos del trance hipnótico, la espeleología sonora y el techno de arte y ensayo. Temas como “Dr. Strangepork” –techno lento y arrastrado como el de Andy Stott y Actress–, “Shrublands” –no demasiado lejos de los Throbbing Gristle más ‘dance’ de finales de los setenta–, el segundo momento jazz que acontece en el cierre con “Way Of The Road” y el bloque comprendido entre “Track David Would Play” y “Loosey Goosey” –posiblemente el más ‘Detroit’ de todo el álbum, aunque la bastardización es evidente–, hablan de un trabajo que ha superpuesto dos planos de realidad y ha conseguido que encajen: el de la música sintética inglesa previa al estallido del synth-pop y su sensación como de ser un experimento químico inestable a punto de explotar –con mucho dub añadido a la fórmula– y el del primer techno experimental de principios de los noventa en Estados Unidos y Europa –particularmente Holanda: qué, ¿les va sonando?–. De paso, como premio o propina, logra la hazaña de obtener de la mezcla una aleación nueva que suena a 2012 de manera muy distintiva. Da igual si les ha salido por instinto o por estudio: “Techno Primitivism” es un disco ágil, fresco e inesperado, el gran tapado de la electrónica para las listas de lo mejor del año.

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