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Fuck Buttons Fuck ButtonsTarot Sport

9.3 / 10

Fuck Buttons  Tarot Sport ATP RECORDINGS / HOUSTON PARTY

Durante el primer minuto y medio, “Tarot Sport” podría indicar una línea continuista con respecto a “Street Horrrsing” (ATP Recordings, 2008): un espacialismo tibio que poco a poco se va contaminando de travesuras analógicas hasta eructar ruido blanco con intención decorativa, no de trastorno gastrointestinal; es decir, la versión light de la escena noise que los nuevos indies han apadrinado como suya. Aquel disco, que armó un revuelo considerable hace doce meses y pico, ahora da la sensación de haber envejecido mal, y puede ser porque este space-rock freeform que practicaban fuera cosa de la coyuntura, o quizá es porque “Tarot Sport” lo supera de tal manera que palidece cualquier cosa ante el carisma que irradia. Supongamos que es lo segundo antes que lo primero: en caso contrario sería una apreciación cruel que restaría méritos a Benjamin John Power y Andrew Hung, que lo hicieron bien en el primer disco, pero que en el nuevo hay que reconocer que le han cedido la vara de mando a Andrew Weatherall. Y de ahí la transformación del patito feo espacial en cisne blanco progresivo.

Lo que ocurre a partir del minuto y treinta y pocos segundos de “Tarot Sport” es que entra el bombo en “Surf Solar” y la música del dúo inglés entra en otra dimensión: en un diálogo alucinante entre la cyberdelia house de los años noventa y las últimas corrientes del revivalismo cósmico. Era como un cruce soñado, como el del ligre –león más tigre–, presto para arrasar en dormitorios y clubes con criterio –pero no entre la parroquia pop. Aquí, conviene sacudirle la oreja a Weatherall: si todavía es capaz de hacer esto, si aún tiene la receta para darle la vuelta a un grupo anodino como hizo antañazo con Primal Scream o One Dove y grabarles sendas obras maestras, ¿a qué tenemos que soportar sus experimentos con la gaseosa (o sea, con el rockabilly)? ¿Por qué no se corta ese tupé de mierda y se mete la década de los cincuenta por el orto? El Weatherall más retro, este álbum lo demuestra, sobra en este mundo. En cambio, el mago del estudio que conoce los secretos del trance, el que abrió el sello Sabrettes, el de la psicodelia –o sea, el del LSD, no el actual del speed–, sigue siendo vital y genial. Cuando las ratas hayan mordido todo el cartón de “A Pox On The Pioneers”, todavía retumbarán las armonías en serpentina, las voces pellizcadas y la épica de más de diez minutos de este “Surf Solar” que riega el cerebro como un chute de endorfinas. La mezcla es exacta: ruido a presión por parte de Fuck Buttons, profundizando en su lado más Flying Saucer Attack –ruido bello, pálido de luna–, y Weatherall conjurando los espectros del pasado –Caspar Pound y su sello Rising High, lo que hizo Cosmic Baby en la casa del trance alemán, MFS– en la definitiva, o casi, experiencia enteógena.

A partir de aquí, cualquier disco debería caer en picado, pero “Tarot Sport” es un milagro, y se sostiene en las alturas. “Rough Steez” tiene una percusión troncal –o sea, vertebral y a la vez de madera– que podría recordar al primitivismo de unos Gang Gang Dance o unos Black Dice, primos hermanos en esto del noise arty no-invasivo, pero en cada beat hay un toque IDM que recuerda a cualquier maxi del sello Chocolate Industries, digital, urbano y funky, mientras los sintetizadores decoran los márgenes de ruido híspido. Se mantiene la tensión, que en “The Lisbon Maru” crece con una introducción cósmica propia de Neuronium rápidamente sepultada por el traqueteo selvático del bombo y la amplitud de espectro que adquiere el ruido, propio de una loudness war a lo Metallica –hinchado para machacarte el tímpano en el iPod– que devora los márgenes, sepulta agudos y graves en una lluvia de frecuencias medias –o sea, suciedad orgásmica– tras la cual sólo hay dos opciones: o caer o elevarse más. Entonces es cuando el álbum, en su justo epicentro, en la mitad misma de la experiencia sensorial –pura simetría, que es la clave de la belleza y de la vida, según Marcus du Sautoy–, regala “Olympians”.

Si “Surf Solar” es el arranque perfecto y “Flight Of The Feathered Serpent” el final soñado, “Olympians” es el cosquilleo que precede a la explosión de placer. Arranca con un tributo nada disimulado a los titanes de la cyberdelia inglesa –o sea, a los trotes que aceleran el paso a cada beat, como en los temas largos de los dos primeros discos de Underworld, o como en los directos de la edad dorada de Orbital–, para ir diseñando un himno de épica atlética, un “Chariots Of Fire” para este siglo, y quizá incluso –a la que esas notas aéreas y esperanzadas pellizcan, en un doble ejercicio de simetría, en la mitad de sus once minutos de gloria– el remix que nunca existió para el disco más apolíneo, por la belleza e intención de culto solar, que ha firmado Jóhann Jóhannsson, “Virðulegu Forsetar” (Touch, 2004). La grandiosidad del disco se debe, sobre todo, a este vuelo de Ícaro, despreocupado y victorioso a las alturas, sin miedo a caer, que finalmente debe caer –en los cinco minutos de “Phantom Limb”, un interludio en el que el algodón de nube se torna vapor de máquina–, y que se aproxima a lo terrenal –o sea, terrenal desde un punto de vista jupiterino– en esos casi veinte minutos de colofón de “Space Mountain”, en los que Fuck Buttons se van a territorio Tangerine Dream mezclado con Liars, y “Flight Of The Feathered Serpent”, que es el arreón final de júbilo, explosión textural y ambientes saturados.

En estos minutos finales, además, suenan las guitarras más reconocibles del disco. Son guitarras que pudiera haber tocado Mike Oldfield en su mejor obra – “Hergest Ridge” (1974)–, y todo con un diseño de sonido que parece el cruce entre Spiritualized (los de los primeros años, antes de “Lazer Guided Melodies”) y una producción de Paul Van Dyk. Paradójicamente, la facción indie –servidor ha leído comentarios elogiosos en Facebook de gente que se la casca y se suena los mocos con Bon Iver y Micah P. Hinson– está que flipa con “Tarot Sport”, comparando su épica con Arcade Fire (¿dónde?), sobredimensionando su impacto space-rock y desmereciendo el cyberdélico. El mundo se ha vuelto loco, o quizá esta segunda obra de Fuck Buttons tiene tanto poder que confunde hasta a los que han rajado de sus fuentes de inspiración; quizá sea la glossolalia –o don de lenguas– que recibieron, por inspiración divina, los evangelistas en su ministerio de conversión del escéptico. A bote pronto, parece una obra maestra surgida del espacio, como el color de Lovecraft, pero quizá “Tarot Sport” sea algo más, quizá sean las nuevas Escrituras del trance. Sea lo que sea, les ofrendo un charco de baba.

Javier Blánquez

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