Take my Breath Away Take my Breath Away

Álbumes

Gui Boratto Gui BorattoTake my Breath Away

8.3 / 10

Gui Boratto  Take my Breath Away KOMPAKT

A Gui Boratto lo usas y lo abusas. Sus sonidos son útiles para la vida, herramientas frías para sentir, como una llave inglesa o un destornillador hurgando en el cerebro y en los músculos. Tecnho, pop extenso, música de baile general y de reflexión, elevadores de la serotonina y los picores bajo la piel, y comparas aunque no quieras, como con una antigua novia. Chromophobia tenía una coartada ridícula, pero la usaste un día, y “Take my Breath Away” no la tiene, es lo que hay dentro sin más. Sabes que son dos novias distintas y que no debes comparar, pero te van a tocar los mismos nervios y terminas comparando, y “Take my Breath Away” va más directo al nervio y al hueso, no hay aproximaciones, es la noche que te tiene que apetecer para disfrutarla, es puro éxtasis sonoro licuado, como si lo hubieras oído antes pero nuevo. No hay una revolución del ritmo ni del timbre ni del riff ni del concepto, es sólo un capítulo más que es válido porque crees que no lo habías vivido antes, porque conserva la inocencia del arpegio estalinista descrito por Vince Clarke devuelto tras océanos de tiempo como si, simplemente, pudiera aportar algo más, aunque fuera consciente de que no puede aportar nada nuevo y tampoco importara demasiado.

En la electrónica enfocada casi del todo a la pista de baile, todo se cimenta en una velocidad de consumo asesina y casi nada parece perdurar o dejar más poso que el que arrastran los que han declarado su imaginación en bancarrota. Es un hecho que durante años se ha consolidado una cierta industria discográfica del electro-chunda-chunda apoyada en la ludopatía de sus consumidores, adictos al mero hecho de no haber llegado antes al final del minutaje del disco que acaban de abrir. Mucho mito, mucha moda y sobre todo, mucha tontería; y realmente da igual si Gui Boratto es consciente o no del consumo que se le va a dar a su obra. Seriedad, circunspección técnica o despiporre hedonista. El hecho es que su nuevo álbum suena ya a clásico antes de terminar de consumirlo, tan clásico como cualquier hit espástico-electrónico de medio pelo con los que te hayas podido excitar en los últimos quince años, esclavo de su coyuntura, pero con intención de reemplazar a los inmediatamente anteriores. No hay grandes razones para decir que este nuevo álbum sea muy superior a su predecesor, ni siquiera la aparición testimonial de las guitarras y la voz, pero Boratto ha tenido el gran tino de esparcir en la mesa antes todas las especias posibles para no olvidarse de nada y que le salga un plato más rico, más plural, y exactamente igual de perdurable que cualquier obra que nazca exclusivamente para dar placer hoy mismo. Se puede disfrutar de la desnudez con la que ha concretado los tics de la noche actual y ha encerrado en un disco la dignificación de momentos que parecían condenados a ser sólo flor de un flash estroboscópico, y en ese sentido, recuerda a la emoción con la que se descubrían los discos presuntamente innovadores de Richie Hawtin, aunque Boratto juegue con los colores y no con la arena seca del ritmo. Por eso, si lo quieres saber, sí, este disco es mejor que lo que ya conocíamos, y eso es simplemente, la hostia, pero no, no es innovador, juega todo el rato con cartas marcadas de antemano. Es un tramposo… pero da igual.

Jorge Obón

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