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Álbumes

Trust TrustTRST

8.3 / 10

Cataratas de sudor, consoladores descomunales –carne de fisura anal–, trajes ajustados de cuero que dan poco pie a la imaginación y, en definitiva, el dolor placentero que se puede sentir en una lúgubre catacumba en la que se pasean taciturnas esas almas que, al caer la noche, se transforman en criaturas dominadas por el poder de lo prohibido. No hay motivos para asustarse, y menos aún si todo ello se contempla desde la barrera. Esta retahíla de obscenidades (sólo para algunos de ustedes) es lo que le viene a uno a la cabeza cuando se escucha detenidamente el debut de Trust, un dúo canadiense que revitaliza las secuencias repetitivas de la EBM, las ondas progresivas de cierto pop electrónico del mal rollo y las pesadillas oscurantistas que alimentara la dark wave en los 80s, incorporando, además, los toscos cánones rítmicos de The Knife y el gameboyismo de Crystal Castles. A estas alturas, nadie hubiera apostado ni un céntimo por que Wolfsheim o Covenant volviesen a ser arropados por la modernidad. Nadie, excepto ellos.

Trust son Maya Postepski, batería de Austra, y Robert Alfons, fotógrafo que ha retratado a artistas pop como Little Boots o Peaches. Si nos ponemos a buscar paralelismos entre estos simpatizantes del leather y la banda de Katie Stelmanis, encontramos que ambos fijan su mirada en la cara menos amable de los ritmos sintéticos de la década dorada del pop con maquinitas. No obstante, Trust le da una vuelta de tuerca al asunto bañando su synth-pop de una opaca oscuridad que intimida en las primeras escuchas. La culpa de esta desazón la tiene el propio Robert, que con su grotesca entonación (a caballo entre un Philip Oakey y un Paul Banks poseídos por Cthulhu) es capaz de despertar de un mal sueño a quienquiera que se enfrente virgen a sus canciones. Sentir una cierta incomodidad en las primeras escuchas entra en las reglas del juego.

Pero una vez superado el susto inicial, lo que permanece enfermizamente en la cabeza son unos temas que invocan a los viejos demonios de la pista de baile. El frenesí, desde que abre la veda la desconcertante “Shoom”, no da respiro (salvo en la ya conocida “Candy Walls” y “Chrissy E”, en la que Robert nos muestra que con un buen falsete se puede acabar endulzando cualquier tema de Dead Or Alive). Ya sea rasgando las paredes de las canciones con beats industrial meets goth ( “Bulbform”, la imprescindible “The Last Dregs” o “Gloryhole”, toda una lasciva declaración de intenciones a favor del uso placentero de la carne en barra), o bien acelerando las pulsaciones techno a algo más de unos 100 bpms arrastrados ( “Dressed For Space”) o, incluso, recurriendo a las atmósferas asfixiantemente pop del witch house (localizables en “Heaven”), “TRST” se eleva como una magnífica obra que reivindica el revival gótico-electrónico en nuestro desorientado presente. En lo que llevamos de año, todavía no se había publicado un disco tan fascinante que me hubiera dejado con el culo así de torcido.

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