TOY TOY

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TOY TOYTOY

8.2 / 10

Que se intenten ensuciar los valores de TOY por el parecido con sus admiradores The Horrors no vale, sobre todo porque aquellos, además de otras cosas, son un refrito de glorias pasadas. Fotocopia de la fotocopia o sospechoso prototipo de revival, lo que importa en TOY es que tienen macizas canciones y que son, digámoslo ya, lo mejor que le podía pasar a la adormecida escena británica del momento. Un azote de pop enmarañado que ha revolucionado los tabloides musicales de la Pérfida Albión como si se hubiese descubierto a los Deerhunter ingleses. Estamos ante un caso que tiene todas las de ganar por sus aptitudes creativas y, más indirectamente, por su capacidad para plantar cara al monopolio yankee que impone sobre los oídos de medio mundo ese deus ex-machina llamado Pitchfork. Más allá de ser bueno según ese rasero o según el del NME, TOY han hecho un disco astuto y firme. Un disco que era necesario hacer.

Descubrirlo despierta algo parecido al fervor con que años atrás recibíamos desde las Islas los discos de Creation. “TOY” llega de la mano de otra casa mítica, la celestial Heavenly, pero a pesar de tal procedencia y del nombre que les bautiza no se esperen inocencia. La propuesta, en cambio, tiene algo de revulsivo. Hay que recordar que tres de sus cinco miembros ya probaron lo amargas que pueden llegar a ser las mieles del éxito en 2008, cuando su banda Joe Lean & The Jing Jang Jong se quedaba a las puertas del mismo al no ver editado su debut por coincidir con el estallido de la crisis. Quizá por dicho antecedente, se intuye en esta segunda embestida una rabia meditada, el mismo cariz vengativo que asomó el año pasado en el glorioso sencillo “Left Myself Behind”, sorprendentemente no incluido aquí.

Grabado con Dan Carey, “TOY” es fácil de imaginar sobre el papel –remolinos psicodélicos inyectados de post-punk y krautrock, a grandes rasgos–, pero sus masivas dimensiones revisten a la escucha de un desafiante poderío. Por su interior se avanza como por dentro de una tempestad, capeando etapas una a una, batallando contra la ventisca. A la altura de “Dead & Gone”, siete agotadores minutos colocados casi al principio cual barrera a superar, ya se siente el azote del temporal. Por las ventanas entran ráfagas de My Bloody Valentine y en la lejanía se otean encrespamientos épicos al más puro estilo Ride. Hay Moogs iracundos que vienen y van, melodías grises que podrían ser de Echo & the Bunnymen, roña rascada de equipos de segunda mano y ritmos metronómicos que respetan a Neu! mientras olisquean a Can. Es una estudiada combinación de oscuridad y ruido blanco, de romanticismo y violencia. Una mezcla que denota muchas horas escuchando a Sonic Youth ( “Lose My Way”) y que recuerda en algunos puntos al “Sports” firmado por Weekend hace un par de temporadas.

“Queremos lo contrario a todo lo que están haciendo los grupos de guitarras ahora mismo. Buscamos un disco que realmente nos interese”. ¡Que me aspen si esta frase del cantante no la hemos oído ya mil veces! La verdad es que apesta a promo aunque, sin embargo, convendremos en que hay algo en la rica amalgama sonora del disco que da la razón a Tom Dougall. Algo que explota en la final “Kopter” a modo de incendiario manifiesto, algo que retoma para la instrumental “Drifting Deeper” parte de la magia de Quickspace, algo que destensa el peso del repertorio cuando necesario con dulces cortes tipo “My Heart Skips A Beat” o “Walk Up To Me”. A lo largo de un interludio y once temas bien largos en los que nada sobra, “TOY” registra un audaz alcance sonoro como grabación. La prueba definitiva como grupo les llegará en el próximo Primavera Club, donde seguro que tendrán a Jota bien plantado en la primera fila sin perderse ni un sólo detalle.

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