A System of Objects A System of Objects

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Raudive RaudiveA System of Objects

8 / 10

Hubo una época, muchos años atrás, en la que el nombre de Oliver Ho sugería sacrificios de cabras y vírgenes, un charco de sangre bajo un altar de piedra, musculaturas más tensas que la de Conan y una textura de negro profundo, un negro de muerte. Este inglés de rasgos asiáticos era, a principios de la década anterior, uno de los principales jinetes del apocalipsis hard techno tan en boga por aquellos años: sus producciones eran loops cerrados e impenetrables, densos como un escupitajo verde, rodillos de ritmo a 150 bpms con samples de música africana. El estilo tribal que patentó Ben Sims y que popularizó DJ Cave tuvo entre medias un periodo de dominio en el que Oliver Ho marcaba las reglas, y las reglas eran de una rectitud pétrea. Parecía como si llovieran cantos de granito cuando un DJ de los exactos y violentos –un Surgeon, un Mulero– pinchaban uno de sus tracks. Y, de repente, cuando estaba de moda el minimal y el rollito hard parecía muerto, Oliver Ho cambió de piel, como la web de El Mundo, y se transformó en Raudive. Y desde entonces, en rara ocasión ha vuelto al techno de asalto para concentrarse en el techno de matices, siempre con una capa de experimentación que al principio pareció oportunista y ahora le sienta la mar de bien.

La transición de Ho leñero al Ho espeleólogo de la actualidad no ha sido fácil. De hecho, hay quien todavía no se lo toma en serio precisamente por su pasado. Pero en música electrónica a veces hay que saber olvidar –si queremos mirar al futuro conviene no tener muy en cuenta las raíces, que es el mal que impide avanzar a la música de hoy, demasiado preocupada por la historia y el dinero–, y con Oliver Ho también es preciso hacer tabula rasa. Sobre todo desde que entró en contacto con el entorno de Macro, o sea, Stefan Goldmann y Finn Johannsen, dos de los artistas con más ínfulas del panorama minimal berlinés, y precisamente por eso los únicos capaces de apostar por un 4x4 tan disonante, ketamínico y (o)cultista como el que se desarrolla a lo largo de todo “A System of Objects”. No hay una gran diferencia con respecto al material más abstracto de Ricardo Villalobos –sobre todo cuando Villalobos decía divagar, irse por las ramas durante 20 minutos y dejar la música flotando, aunque aquí hay más peso y cuerpo–, pero no hay suficiente producción de este tipo de techno que prefiere fijarse más en preceptos de la música contemporánea y electroacústica que no en Detroit. Ahí está el primer activo de valor.

En Macro, decíamos, les gusta citar a los grandes compositores del siglo XX. Stefan Goldmann se hizo un disco a partir de samples de “La Consagración de la Primavera”, de Stravinski, que era la misma Consagración parcheada sobre sí misma (bastante patillera, pero conceptualmente radical), y el primer álbum de Raudive se titulaba “Chamber Music” –donde empezaba a desarrollarse a fondo la mezcla de sonidos digitales y acústicos, confundidos entre sí, de modo que fuera imposible discernir dónde empezaba lo naturalista y dónde lo artificioso. En la nota de prensa de “A System of Objects” se comienza hablando del compositor francés Olivier Messiaen, que utilizó el canto de los pájaros como inspiración para componer canciones. No es que Oliver Ho ahora vaya de seguidor de Messiaen –tras los pasos de Radiohead, que sí lo son–, pero se utiliza el ejemplo para advertir de que la tecnología siempre ha imitado la naturaleza, y que los trinos de ayer son los tonos de llamada de móvil de mañana. Lo curioso de este techno es que toma como punto de apoyo la naturaleza –sonidos de metal, de madera, también de aves, en una especie de evolución de los samples tribales de los viejos tracks rocosos de Oliver Ho– para crear un laberinto de sonidos de paredes de plástico, chapas de aluminio y aire. “Visitor” es una interesante improvisación de percusión de metal, frases en japonés y efectos digitales propios del techno-dub, por ejemplo: conecta mundos conocidos, pero buscando los enlaces más inesperados o inexplorados. Es interesante también “Furniture”: más voces en japonés, free jazz al estilo de un Ornette Coleman domesticado, ritmos asimétricos, algo de afrobeat para afters muy locos. O “Carcass”: un intento de llegar hasta el corazón de la música electroacústica con beats pausados y aullidos de lobo, para encontrar la conexión entre King Tubby, el sello Blackest Ever Black y Oneohtrix Point Never, por ejemplo. Llegados al punto de “Blood And Hair”, la cosa se complica: melodías exóticas mal afinadas, ruidos de música concreta. Y luego más bombo, en “Floor” o “Small Changes”. Este es un disco de techno que quiere trascender sus límites a la vez que consolida las fronteras conquistadas.

Y lo consigue, aunque en una dimensión mental. Se disfruta más “A System of Objects” cuando se escucha a fondo y se quedan parados los pies. Deben bailar las neuronas, está hecho para ellas. Es tan complicado y denso como un álbum de Shackleton, aunque sin la continuidad rítmica de este. Pero mucho más sólido que un Villalobos. Y, sobre todo, es un disco valiente y que no pincha en hueso: las pretensiones que persigue las alcanza, y borra de un plumazo cualquier idea previa de ese Oliver Ho que facturara trucha para mascachapas, aquel hombre que competía contra Marco Carola. He aquí, ahora, un intelectual del techno con una ambición gigante y unos resultados ligeramente por debajo de sus pretensiones, pero que está haciendo más por el futuro del techno que toda la tropa revivalista que cuando pronuncia la palabra Detroit lo hace como si recitara el número de móvil de Scarlett Johansson. Triunfo parcial, que resulta total por comparación.

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