Swisher Swisher

Álbumes

Blondes BlondesSwisher

7.6 / 10

A lo largo de tres años, y de tres discos de una generosa longitud – “Swisher” ha sido el último en llegar, pero en 2010 ya firmaron un EP largo bajo el título de “Touched” y en 2012 una reunión de maxis en el homónimo “Blondes”, que significó su estreno en largo en el molonísimo sello RVNG–, hay un rasgo que ha permanecido inalterado en el libro de estilo de Sam Haar y Zach Steinman: la volatilidad de sus capas de sonido sintético, la tendencia a huir hacia el infinito, el uso de tibias envolturas melódicas que parecen acompañar progresiones en espiral, recursos explorados (y explotados) tiempo atrás por géneros como el trance y el progressive house. La música de Blondes ha sido siempre diáfana, eufórica –pero nunca explosiva; su épica es emocional e interior, nunca ha pecado del exhibicionismo vulgar del trance–, de viajes alargados y persistente –tan alargados y persistentes que muchas veces no saben cómo acabarlos y recurren a un torpe fade out: es el problema de piezas tan bien hechas como “Bora Bora” y algunas otras–. Y todo eso lo es tan en grado sumo que un simple track tomado al azar suena a lo que sería la dulce reacción química de un cerebro inundado en serotonina durante la celebración de una rave. Si la sensación no es de felicidad, lo es entonces de paz, abandono u olvido. Sea como fuere, de desconexión de la realidad.

“Swisher” no es un ninguna excepción, y hace del segundo álbum de Blondes algo menos sorprendente de lo esperado: desde el primer momento se intuye cuál va a ser su dirección, qué trucos van a utilizar, y en cierto modo conserva la diversión de la segunda vez que subes a la misma montaña rusa, pero sin la sensación de vértigo de la primera: sabes dónde vendrán los descansos, dónde las curvas, dónde las caídas vertiginosas en vertical. La diversión es parecida, pero la plenitud de la primera vez –dicen que con el éxtasis era lo mismo– nunca se repite, y no hay manera posible de hacerlo, ni incrementando la dosis ni mejorando su pureza. Comparado con “Blondes”, “Swisher” suena más generoso y más puro, pero no es lo mismo: esa parece su maldición. Sin embargo, dentro de la nueva generación de bedroom producers en Estados Unidos –en el extremo más limpio de esa zona que también habitan las huestes de sellos como L.I.E.S., abonados al tech-house sucio y ácido, o de Fade To Mind, con ritmos más pedregosos, e incluso de proyectos cercanos a lo balearic como Beautiful Swimmers; todo ellos la alternativa digna y cuidadosa a la cutre pachanga de la EDM–, Blondes continúan siendo tan esenciales como antes, una excusa para seguir disfrutando desde el presente (y sin nostalgia de vieja gloria, sino con encanto de recién llegado) de ese viejo techno expansivo que antaño producían como los ángeles bandas como The Drum Club, Orbital o los primeros Underworld. Esa música que llena el espíritu, que calma y celebra un estado de embriaguez optimista, con alguna melodía trazada hábilmente para que todo entre mejor. En definitiva, “Swisher” ya no sorprende, pero todavía convence, comenzando con la generosa intro planeadora de “Aeon” y alcanzando un primer clímax –y una sensación parecida a la de “It’s A Fine Day” (Opus III) y “Halcyon” (Orbital)– en “Andrew”, encontrando el primer latiguillo ácido en “Poland” (este tema se te mete dentro como una tenia y te absorbe la dopamina) y concluyendo con las notas de teclado celestiales de “Elise”: este viaje, porque “Swisher” es viajero, lleva a buen puerto. Es cierto que esperábamos más, pero mentiríamos si dijéramos que Blondes nos han dado menos.

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