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Dirty Projectors Dirty ProjectorsSwing Lo Magellan

8.6 / 10

El cuarteto de oro formado por Grizzly Bear, The xx, Animal Collective y Dirty Projectors asentó el paradigma del pop con inquietudes en 2009… y volverá a hacerlo en 2012. Los primeros en dar el pistoletazo de salida son los de David Longstreth, un hombre que sabe bien todo lo que el mundo ha cambiado en los tres últimos años. Su séptimo disco trae a Magallanes en el título y podría utilizarse como una brújula tanto para que su público se oriente como para que el propio grupo redefina coordenadas y ajuste su posición de exploradores art-pop. Claro y conciso, “Swing Lo Magellan” mira hacia los despejados horizontes que vislumbraba “Bitte Orca”, enfatizando la suavidad en la sintaxis que allí proponían temas como “Two Doves” y convirtiéndose en su trabajo más tierno y educado hasta la fecha. Un disco lleno de vida en el que, como dice la fabulosa “Gun Has No Trigger”, verás infinidad de colores si prestas la necesaria atención.

Vibrante aunque algo asceta si lo comparamos con sus predecesores, por fin nos permite tachar a Dirty Projectors de accesibles. Es su disco “de canciones”, el que descarga al grupo del peso de conceptos narrativos como dedicar un álbum a Don Henley o revisar otro de Black Flag en pos de algo más simple. Depuradas de entre un listado de 70, sus doce canciones ya han despertado comparaciones con “White Album” y con el “John Wesley Harding” de Dylan por su carácter desengrasante. Se libran de la densidad para quedarse únicamente con las herramientas necesarias, las más rudimentarias. Secos juegos de palmas que hacen que los temas parezcan más hojarasca que flores carnívoras y la voz, que se consolida tanto al frente como en el fondo con esos coros femeninos creando capas y con la garganta de Longstreth ganando en expresividad.

Es un nuevo orden estético en el que parecen haber influido las recientes colaboraciones junto a David Byrne y Björk –especialistas de lujo en eso de retorcer lo arty sin perder la atención de la masa– y también la marcha de Angel Deradoorian, la cual ha provocado que los habitualmente intrincados enjambres rítmicos, texturas y arreglos se supediten ahora a los ganchos melódicos. Con todo, no deben saltar las alarmas. “Swing Lo Magellan” sabe mantener el exotismo y la originalidad de Longstreth bien despiertos. Es diferente a sus otros trabajos, más trote acompasado que zancadilla fortuita, pero nunca un disco irreconocible que traicione el lenguaje del grupo. Además, ¿cuándo no ha sido un disco de Dirty Projectors diferente al anterior? Las señas de identidad siguen marcadas a fuego –guitarras que se entrelazan, tirantes estructuras, cascadas vocales por las que se precipitan melodías en espiral...– pero los temas se ciñen a patrones apaisados que son fáciles de representar y de tararear, y que destapan influencias ciertamente veladas hasta ahora como las de los omnipresentes Beatles, Led Zeppelin ( “Offspring Are Blank”), Björk (en “See What She Seeing” y en varias más) o Robert Wyatt (en la cadencia vocal que mancha “Maybe That Was It”).

Se habla mucho de amor en “Swing Lo Magellan”. De un eterno femenino, en concreto, idealizado casi todo el tiempo, incluso por las chicas ( “The Socialites”). Se habla, de eso y de otras cosas importantes, casi siempre a las claras, con versos limpios y sonrientes como los de “Dance For You”: “There’s an answer. I haven’t found it. But I will keep dancing ‘til I do. Dance for you”. Predominan la sinceridad y la pureza. Hasta ahora no habíamos visto al críptico Longstreth desnudarse tanto como en el bucólico tema titular, en “Impregnable Question” (declaración de amor a Amber Coffman escrita en México durante un remanso de paz entre giras) o en esa “Irresponsible Tune” con ecos de vintage-rock hawaiano en la que analiza su misión como músico: “In my heart there is music, in my mind is a song. But in my eyes a world crooked, fucked-up and wrong”. Son canciones sorprendentemente simples e inesperadas que parecen deconstruir, para bien, el carácter esdrújulo que les caracterizaba hasta ahora.

En una entrevista reciente concedida a AltMusic, Longstreth explicaba la génesis del álbum y cómo para él significaba la salida de tono más radical de su carrera. Afirma que para escribirlo necesitó olvidarse de todo lo aprendido y recomenzar de cero. Habla de un cambio más sustancial que llamativo, de haber procurado la sencillez a sabiendas de que eso es lo más difícil de conseguir, y define al disco como una obra que pretende acatar las reglas en lugar de desobedecerlas. ¿Saben por qué? Pues porque según él “ya no queda energía en el modernismo”, axioma bastante atrevido de pronunciar en el panorama artístico actual que gobierna, con reservas, uno de los discos más sabrosos del año.

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