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Álbumes

Antony & The Johnsons Antony & The JohnsonsSwanlights

8.3 / 10

Antony & The Johnsons Swanlights

SECRETLY CANADIAN

Juguemos a un pequeño juego. Se trata de adivinar cuál de las siguientes citas pertenecen a una canción de “Swanlights”: “¿Es la muerte el último sueño? No. Es el último despertar” / “ Si supiera que el mismo sufrimiento te partió el alma, ¡podría soportar este destino, podría tolerar esta angustia!” / “ Nada conmigo, madre mía, cuando me sumerja en el océano de la muerte. Lloraré si no estoy con mi familia” / “ La vida, aunque sea una acumulación de angustia, me resulta querida” / “ La mañana llegó y se fue y llegó y no trajo consigo el día”… Difícil, ¿verdad? Si alguien ha señalado las palabras dirigidas a la madre del poeta, que se anote una medalla . El resto de citas pertenecen, en orden de mención, a Walter Scott, Emily Brontë, Mary Shelley y Lord Byron. Una ristra de nombres románticos que vienen a probar que, atesorando semejantes similitudes con el artista que nos ocupa, lo de Antony Hegarty no podía durar. Era demasiado bonito. Literalmente.

En estos tiempos (musicales, literarios) que corren, lo romántico es algo que puntúa a la baja en contraposición al desapego, la ironía, lo apologético de la superficie como armadura contra el daño emocional. Así las cosas, las tibias críticas para con su anterior trabajo dejaban claro que la temporalidad en la cima sería el destino final de alguien como Hegarty que, desde el principio de su carrera, ha ignorado las constantes de la sarcástica postmodernidad y ha expuesto ante los oídos de quien quisiera escuchar las entrañas de un niño transgenérico encerrado en el cuerpo de un adulto obsesionado con la muerte. Las canciones de Antony siempre han hablado del umbral del dolor como metodología vital, de los lazos sentimentales que aprietan y que dejan morados bajo la piel como herramienta infalible para sentir la vida y apartar la sombra de la muerte. A ese respecto, “Swanlights” es probablemente el álbum que mejor sintetiza en sus letras el acto de alzar el último velo y mirar directamente a los ojos de la muerte blandiendo un escudo de amor. Así de sensiblero. Así de sencillo. Así de efectivo.

Curiosamente, las primeras canciones de “Swanlights” se deslizan las unas debajo de las otras: “ Everything Is New” inaugura el álbum con una despojadísima declaración de intenciones (“ I cried everything. Everything is new”) que deja constancia de la voluntad de Hegarty por abrir una nueva etapa en su discografía: tras conseguir que “The Crying Light” (2009) llevara al mínimo el delicioso exceso melodramático de “I’m A Bird Now” (2005) y de su debut “Antony & The Johnsons” (2000), ahora es tiempo de buscar nuevos caminos, nuevas salidas. Y aunque el piano y los violines en crescendo no son para nada nuevos, sí que lo es ese nuevo sentir free con el que los instrumentos de este tema implosionan en un clímax ayudados por una percusión raquítica. Como decíamos, la canción de apertura todavía no se ha extinguido en su particular fade out cuando arranca “ The Great White Ocean” (de la que se extrae la cita del principio de esta reseña), retomando las mismas señas de identidad de torch song reducida a lo mínimo: una guitarra española y un zumbido de cuerdas sirve de mullido colchón para la letra más desarmante del álbum. Y, de nuevo, un fade out que se apaga lentamente.

A partir de aquí, “Swanlights” se convierte en un laboratorio de experimentación sonora en el que caben múltiples búsquedas. Los viejos caminos reciben un nuevo alumbrado siguiendo diferentes métodos: “ Ghost” se arrima a la ya conocida teatralidad de Antony para escurrirse en su también experimentado gusto por la declamación de poesía musicada; “ Thank You For Your Love”, el adictivo primer single, es la cara si “ Fistful Of Love” fue la cruz, con la que comparte explosividad orquestal sin la necesidad de cargar con el peso sadomasoquista de aquella; y, por encima de todas, “ The Spirit Was Gone” parte de un mínimo nada minimal (piano, violín y voz) para erigirse como la balada suprema con la que Hegarty sublima esa imagen con la que él mismo ha definido este álbum que pretende capturar “ el momento en el que el espíritu salta fuera del cuerpo y se convierte en un fantasma violeta”. A vueltas con el romanticismo.

En ocasiones, Antony se aparta del camino conocido y explora nuevos territorios vírgenes: “ I’m In Love” parte de un organillo entre el pastoralismo folk y la nocturnidad soft-psych que sabe a banda sonora sesentera para el sueño de una noche de verano; “ Fletta”, su colaboración con Björk (aunque más que una colaboración es un tema al servicio de la islandesa), oscila entre la opacidad cristalina del piano de Satie y el (ambiguo) optimismo de Copland en versión orquesta de un solo hombre; mientras que “ Salt Silver Oxygen” se abona a los trombones náuticos de, precisamente, la Björk de su último “Volta” (2007) e incluso del score que compuso para “Drawing Restraint 9” (2005) de Matthew Barney.

Ahora bien, donde “Swanlights” brilla con un fulgor especialmente cegador es en sus dos alejamientos de lo concreto para incurrir en una digresión sinfónica que va de Michael Nyman a Philip Glass (suponemos que por la vía de su discípulo Nico Muhly, también colaborador de Antony). El tema titular del álbum parece bascular entre los coelacanths de John Fahey y el doom-folk de Current 93 a la hora de, hacia el centro del tracklist, actuar de agujero negro dispuesto a engullir sus alrededores. Y el excepcional final con “ Christina’s Farm” arranca morosamente y crece poco a poco como un gigante que se despierta y se despereza y en el estómago del cual habita una orquesta desesperada. De hecho, en este broche final para “Swanlights”, Hegarty vuelve a cantar la frase “ everything is new” como una adormilada serpiente que se muerde la cola que fue el principio del álbum. Sin embargo, este cuarto trabajo de Antony & The Johnsons no suena a círculo cerrado, sino que se intuye que, como en las primeras canciones, adquirirá la plenitud de su significado cuando se deslice sigilosamente por debajo del próximo álbum del artista, donde las posibilidades aquí exploradas deberían concretarse en logros homogéneos. Esperemos que, para entonces, a alguien en el mundo le siga importando el romanticismo, porque el espectáculo puede ser más impactante que una tormenta descrita por la Brönte.

Raül De Tena

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