Sushi Sushi

Álbumes

James Ferraro James FerraroSushi

7.5 / 10

¿Por qué ha titulado James Ferraro a su nuevo álbum con el gastronómico nombre de “Sushi”? ¿Porque es crudo? Escuchándolo no lo parece, más bien exuberante. ¿Porque es sabroso? Eso parece más probable, pero no es una explicación satisfactoria. ¿Acaso suena japonés? No exactamente, a menos que entendamos por japonés algo parecido a un soundtrack de película anime hiperfuturista con ecos de una tradición insertada en un diseño de altísima fidelidad, reluciente como sólo las producciones digitales llegan a brillar –algo así como su “Akira” del siglo XXI–. Pero nos da en la nariz que la teoría más probable va por otros caminos, posiblemente por los que tienen que ver con una crítica por parte del hombre del pelo esponjoso a los usos y costumbres del capitalismo en occidente desde los años 80 del siglo pasado hasta la actualidad: el sushi, convertido en el manjar de los ricos y de los aspirantes a bon vivants, un signo claro de estatus –están los que comen el mejor sushi y los que comen el peor, normalmente en restaurantes baratos de cinta giratoria– simboliza en cierto modo esta sociedad nuestra, un mundo de aspiraciones, de lujos frustrados y de trampas consumistas.

Lo que ocurre con “Sushi” es que, a nivel de concepto, no está tan bien argumentado como otros títulos recientes del productor de Rochester: “On Air” (2010) tenía mucho que ver con la obsesión del pop hipnagógico con el pop-rock de radiofórmula, prístino y adulto, de los años 80; el álbum era como un zapping veloz por un dial de FM que sólo emite AOR las 24 horas del día; por su parte, el más próximo “Far Side Virtual” (2011), el vinilo que significó su ingreso (ya parece que rubricado) en el sello Hippos In Tanks, investigaba en su fascinación en la música para publicidad de aquella misma década, posiblemente la más feroz que se ha vivido dentro del capitalismo liberal más rampante, la del estadio previo al advenimiento de la era post-tecnológica que vivimos (sufrimos) ahora. Todos esos son apuntes a los que Ferraro no renuncia, y “Sushi” tiene ese brillo pálido de la música primitiva de sampler de bandas como The Art Of Noise llevado a su propio terreno de deformación del pop de masas. Tampoco hay que obviar un detalle: en los últimos meses, Ferraro ha dado más espacio en su producción a su alias Bebetune$, del que editó una mixtape a principios de año, y en menor medida a BODYGUARD, que son sus medios de expresión con la estética del hip hop. De una forma muy sutil y natural, ambos mecanismos de producción han acabado convergiendo en “Sushi”, que tiene una parte de romanticismo retro-futurista ( “Lovesick” esconde restos de Kraftwerk circa “Boing Boom Tschak”, con esa pulsión robótica y sonriente) y otra parte de beats redondeados, hechos para que suenen con fuerza en un reproductor de cassette portátil, los famosos boomboxes. Y quizá por eso “Sushi” sea un trabajo que responde, esta vez, más a la estética que a la ética: mientras minutos como los de “E 7” están pensados como una cortinilla ambiental en un vídeo corporativo de una compañía de aviación civil, hay piezas como “Jet Skis & Sushi” o “So N2U”, contiguas en el tracklist, que funcionan a base de breaks futuristas y asimétricos, como una vieja producción de Pharrell o una versión muy dócil de la actual corriente trap. A pesar de los títulos que sugieren la idea de ‘productos que cuestan dinero y que dan estatus por su relación con el sexo, los coches o las drogas’ – “Condom”, “Booty Call”, “Baby Mitsubishi” o “Powder”, que puede entenderse como un sinónimo de cocaína–, James Ferraro no parece querer algo de manera muy directa, sino sugerirlo por caminos oblicuos y sin renunciar a su vena más accesible y pop, la misma que con “Far Side Virtual” le llevó a ser considerado el disco del año de la pasada temporada por la revista The Wire (palabras mayores). He aquí, pues, la continuación lógica en un sentido inverso: el mismo disco, pero sin tanta sobrecarga de matices, sin tanta histeria y tensión. Posiblemente estemos ante el James Ferraro post-consumista. Algo que, en 2012, por otra parte, parece completamente lógico.

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