Sundark and Riverlight Sundark and Riverlight

Álbumes

Patrick Wolf Patrick WolfSundark and Riverlight

7.5 / 10

Me hacer hervir la sangre que muchos se llenen la boca con afirmaciones como que Patrick Wolf está acabado. Sí, al pobre le pudo la megalomanía y se le fueron de las manos aquellos dos ejercicios de melodrama impostado que se sacó de la manga en “The Bachelor” y “Lupercalia”. Pero me parece de lo más ofensivo que ahora muchos hayan despertado al hater que llevan dentro y renieguen de alguien capaz de haber firmado tres álbumes como “Lycanthropy”, “Wind In The Wires” y, por encima de todo, “The Magic Position”, que ha sabido envejecer dignísimamente sin necesidad de pasar por el quirófano. Berrinches, reproches y lloros de drama queen aparte, lo que importa es que Wolf cumple diez años como artista. Y lejos de contentar a sus fans (los fieles, se entiende) con un contenedor de greatest hits saca-cuartos que no aporte nada nuevo a la causa, el británico ha decidido actualizar parte de su repertorio en formato acústico, asqueado por el Autotune y los arreglos electrónicos que actualmente proliferan en los productos mainstream.

Este back to basics de “Sundark and Riverlight” le ha servido a Wolf no sólo para sacar polvo a aquel arpa que parecía que tenía aborrecida desde hacía años (por ejemplo, en “Bitten”, incluida originalmente en el EP “Brumalia”), sino también para hacernos viajar por un atlas sonoro que mantiene viva la llama didáctica de Stephan Micus. Tomando prestados arreglos de cuerda balcánicos ( “The Libertine”), percusiones moriscas ( “Hard Times”), caprichos flamencos ( “Together”) y partituras de ese Medievo pagano que desde pequeño le ha obsesionado más que a la elfo de Joanna Newsom (como ocurre en “Paris”), Wolf ha conseguido lo imposible: controlar sus instintos de diva épica y ceder todo el protagonismo a su siempre envidiable tesitura de crooner.

Alguien capaz de emocionar con poco más que un piano en “Bluebells” (a modo de nota maruja, el Bösendorfer le lo ha prestado el mismísimo Peter Gabriel) no necesita de ningún tipo de artificio para poder ponerte los pelos como escarpias. Este es el triunfo del álbum, reducirlo todo a su máxima esencialidad y (re)convertir a Wolf en uno de los mayores geniecillos musicales que la historia reciente nos ha regalado. Desde aquí sólo podemos hacer un llamamiento para que en su próximo trabajo con material inédito intente repetir la jugada. Ahora, más que nunca, hay que hacer callar muchas bocas.

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