A Sufi And A Killer A Sufi And A Killer

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Gonjasufi GonjasufiA Sufi And A Killer

8.6 / 10

Gonjasufi  A Sufi And A Killer WARP

El misticismo se lleva en cierta música electrónica, de siempre: de las hordas piesnegros de Spiral Tribe al tío plasta de Faithless –y todo lo que queda entre medio–, constantemente han ido saliendo predicadores, religiosos, charlatanes y demás oráculos de la nueva era en diferentes momentos y espacios geográficos, todos con su mensaje para el corazón y su modo de vida alternativo. Unos se limitan a fumar porros y hacer un gesto de paz con los dedos, y otros, sea el caso de Gonjasufi, practica activamente la espiritualidad y la aplica a su discurso musical; incluso escribe poemas y desglosa sus encuentros con lo invisible en negro sobre blanco. Uno ha de decir que, de entrada, el hombre es sospechoso –y de salida también, pero es sólo prejuicio personal contra todo lo que huela más a pies de lo razonable–. Es sospechoso porque chirría que se presente como sufí –la figura máxima de la espiritualidad islámica, el equivalente a nuestros santos– y llevar esas rastas apelmazadas de mugre, ese aliento a monte y esa pinta de vagabundo del dharma, como los llamaba Kerouac, de bohemio de la beat generation transplantado a una realidad alternativa post-hippy en una California gobernada por Conan. A ojos de un califa, Gonjasufi sería un hereje. Pero quizá su confusión también sea la de los tiempos que corren, en los que no hay verdades –ni corrientes de pensamiento tan compartimentadas como antaño– y la mezcolanza de aquí y allá es la que le funciona a cada uno. También Sánchez Dragó es medio budista y medio anarco y pide el voto para el PP aunque luego no se plante a pie de urna. Y tiene fans. Gonjasufi los tendrá.

Este ente está llamado a ser uno de los fenómenos del año, básicamente por su rareza, y es que como él no hay nadie. No lo hay porque cuesta ser él mismo –a servidor ni se le ocurriría, imagino que a vos, querido y cultivado lector, tampoco–, y en caso de ser él cuesta armonizar un discurso tan caótico con tanta singularidad, y con la participación activa en la producción de The Gaslamp Killer y Flying Lotus. Precisamente, fue de la mano de FlyLo de la que se presentó Gonjasufi –o sea, Sumach Valentine– en sociedad: le puso voz al corte final de “Los Angeles”, “Testament”, con esa garganta rasposa que aquí potencia al máximo, rasgándola y ahogándola, creando una envoltura vocal tan desasosegante como una lija de oro. Lo demás vino seguido: una figura tan singular, en opinión de Lotus, merecía algo más extenso, y “A Sufi And A Killer” es la materialización de un camino oblicuo para la música de corte tecnológico, por un lado –aquí todo es sampling y beatmaking, aunque suene a flipe de peyote–, y de estética psicodélica por el otro. A Gunjasufi, en principio, sólo se le puede empezar a describir por comparación. La primera que viene a la mente es Tom Waits: vagabundo, o recreación del mito del nómada urbano, del perro apaleado y solitario; su voz, además, es voz molida, castigada por la vida y el consumo irresponsable de lo que sea, y parece, como la de Waits, amplificada por un megáfono. La segunda comparación es, quizá, Andy Votel, por la rareza de las fuentes de sampleo, un pelotazo de prog-rock, psicodelia, todo lo que empiece por acid (menos el house) y texturas étnicas. Aunque decir Votel es superfluo: ese tipo de trabajo de escarbar en música enterrada y oscura, ya sea de origen rock, funk o library music, ya lo viene desarrollando desde hace tiempo el arquitecto principal del sonido de “A Sufi And A Killer”, el tortuoso The Gaslamp Killer. Si a FlyLo hay que acreditarle el momento más orientados hacia un hip hop de baja fidelidad – “Ancestors”– y a Mainframe los incisos trip-hop – “Change”, “Duet”, que suenan a Tricky circa 1996–, es William Benjamin Bensussen el que aporta los instantes de máxima sorpresa del disco, como samplear a Las Grecas en “Kowboyz& Indians” –y no “Te Estoy Amando Locamente”, sino “Bella Kali”–, o cruzar el krautrock mágico de Can o el brit-prog de Caravan con un poco de King Tubby y DJ Shadow en “Kobwebz”.

Ya hace tiempo que los beatmakers identificados dentro de la escena avant-rap buscan sus samples fuera de la música negra, y en esa obsesión el rock progresivo europeo ha sido uno de los caladeros en los que se ha ido a buscar material fresco, virgen, nunca antes destripado para sacar loops. ¿Cómo llegan los artífices del sonido de Gonjasufi hasta Las Grecas y el gypsy-rock (suena como a Triana en “I’ve Given” y “Klowds”)? Habría que preguntarles a ellos, quizá sólo por azar. Guillermo Scott Herren (o sea, Prefuse 73), cuando vivió en Barcelona, se mostró interesado en conseguir vinilos de viejo rock progresivo catalán para samplear porque sabía que, lo que surgiera de ahí, sólo lo tendría él y le ayudaría a encontrar un sonido distinto al de su competencia. Por eso Gonjasufi suena tan fresco: aquí se conjuran viejos aromas del illbient neoyorquino, con sitares enfermos (“Ancestors”), recortes de viejas sintonías de televisión ( “Sheep”), música de circo ( “She Gone”), punk de Detroit ( “SuzieQ”), copias baratas del Psyché Rock ( “Stardustin”), música magrebí mezclada con algo parecido a los mejores Rolling Stones (“Klowds”) y algo que podría ser… ¿ The Doors? ( “DedNd”). “A Sufi And A Killer” cuenta gran parte de su valor en el efecto sorpresa. Todo lo demás que juega a su favor es la solidez con la que cobra forma un proyecto tan excéntrico y cómo de la apuesta por la rareza nace una vía de exploración inédita para la psicodelia –cambiando los megalitos de Stonehenge por los cactus del parque de Joshua Tree– y lo que solemos llamar “canción de autor”. Gonjasufi era candidato a engendro del año, y lo es, pero restándole a la expresión cualquier carga negativa.

Javier Blánquez

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