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Walkner.Moestl Walkner.MoestlStructures

7.3 / 10

Walkner.Moestl Structures DEFUSION

Se nos fue el verano, socios. This is it, que diría Jacko. Es la hora de malgastar todo el día en la oficina, con la mirada perdida en las tetas de tus compañeras de trabajo, la mano dibujando monigotes en el taco de post-it y la mente puesta en el fin de semana. Es el momento de la nostalgia estival. Y para esta época de impasse en la que todavía nos llegan vaharadas imaginarias de protector solar Ambre Solaire, ecos de house diluidos en el recuerdo y escalofríos pastilleros, nada mejor que un ansiolítico como el que nos ocupa para cerrar los ojos, encender un petardo y rememorar las fechorías y perrerías que tan bien nos sentaron en las playas y putiferios de Mallorca.

Podríamos hablar de música chill-out sin duda, pero el término ha quedado tan dañado, que mejor evitarlo lo máximo posible para no invocar imágenes de DJs cincuentones con collares y hippies trasnochados sudando botox en Café del Mar. Lo cierto es que Uwe Walkner y Karl Moestl buscan el mismo efecto zen, pero mucho cuidado con ellos, porque los medios para conseguirlo están en las antípodas de los estereotipos que la canícula ibicenca ha marcado a fuego en el imaginario electrónico de los últimos tiempos. Diez años han pasado desde que el dúo austriaco firmara “Heaven & Hell”, su anterior trabajo. Tiempo suficiente para que ambos hayan movido las mollejas al son de los dictados evolutivos y hayan comprendido que los ritmos sedantes también mutan y necesitan renovar su caudal con agua fresca.

Situados en la misma línea de salida que Tosca (hicieron remezclas para ellos) o Kruder & Dorfmeister (antes grababan para G-Stone), Walkner y Moestl han sabido correr más y reinterpretar un género aplicando lo que vulgarmente se conoce como sentido común. La idea es muy sencilla, basta con actualizar los sonidos post-party espolvoreando en las producciones una finísima salsa de cutting edge electronics. Sin complicarse la vida, sin ínfulas espirituales, sin el más mínimo deseo de transcender. El secreto es coger las ambientaciones cavernosas del dubstep, la pisada rítmica del garage más suave, la profundidad del deep house, la sedosidad artificial del cybersoul, los potentes bajos del dub y combinar todas estas variables so pretexto de sumir al oyente en un dulce letargo sólo comparable a la hibernación de los plantígrados, pero con fiesteros del crepúsculo en lugar de osos polares. Es decir, que en vez de aferrarse a la electrónica de cebolla que todos conocemos –el tema de los beats narcóticos con capas y capas y más capas de sonido apesta bastante, así de claro–, ellos apuestan por un minimalismo futurista rabiosamente actual y en absoluto reñido con los preceptos básicos del credo chill out. Y lo hacen con una elegancia pasmosa, sin despeinarse, con la medida justa de ingredientes y especias.

Acompañado por una importante escuadra de voces invitadas –no molesta ninguna–, el dúo austriaco se remoja en lagunas de garage-pop ralentizado – “Promise”–, en calas paradisíacas de broken beat para androides fumados – “Broken World”– y en pantanos ciberdélicos con oleaje ambient – “Saturn”–. Todo está diseñado con exquisitos modales: el R&B y el techno-pop épico de “Presence”, el wonky funkoide de “Dragoneye”, el momento Massive Attack con pianos baleáricos de “Ascend”, el dub onírico de “Fragments”. Y los desarrollos más “bailables” no se hincan en tu sistema nervioso por la cara, sino que están diseñados para nublar el cerebro, embriagar y calmar a la bestia. Lo cierto es que resulta inevitable pensar en Scuba y otros paladines de la causa bass cuando Walkner.Moestl hacen girar la rueda con más vigor. “Head Down” se nos aparece como un brisa technoide con aromas de dubstep y ecos de Detroit; “Bullets” suena como un mojito electro-funk que podría encajar perfectamente en el último disco de Oriol; “Faces” se parece ac una banda sonora futurista grabada en las caballerizas alienígenas del Londres oculto. Sintetizadores espaciales, ritmos sincopados, voces nu soul y sonidos futuristas colisionan en slow motion en una propuesta que funciona y le devuelve el prestigio a la tan denostada electrónica de hamaca. El chill out, más “in” que nunca.

Óscar Broc

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