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Álbumes

Balmorhea BalmorheaStranger

7.5 / 10

Siempre he pensado que Balmorhea es un grupo que merece mejor suerte. Su condición de banda de culto para un público que tiene una sensibilidad simultánea por la nueva música instrumental de influencia clásica –entre sus referentes, los de Austin citan tanto a Debussy como a Ludovico Einaudi, junto con referencias menos identificables en su discurso como Beethoven o John Cage–, combinado todo ello con leves escapadas hacia el folk, es una posición, decía, que no les hace justicia. Balmorhea llevan a sus espaldas una trayectoria de cinco años, sembrada ya con siete álbumes –cinco de estudio contando este que nos ocupa, uno en directo y otro de remezclas– que, de una manera humilde y silenciosa, ha venido a ocupar el hueco que dejaron en su día Rachel’s tras dejar de editar música en 2003. Ese espacio que suena a post-rock americano de tierra seca pero que se eleva hacia lugares muy distantes con el adecuado uso de las cuerdas.

De hecho, la evolución de Balmorhea siempre había sido hacia arriba, hasta llegar a un “Constellations” (2010) que se adentraba en lo cósmico –entiéndase como algo espacial o espiritual; no en vano, un corte que coronaba aquel disco se titulaba “Palestrina” y rendía homenaje a la música sacra–, pero con la llegada de “Stranger” parece como si la banda hubiera descendido en un vertiginoso salto vertical, a lo Felix Baumgartner, y de la estratosfera –ese lugar en el que habían empezado a sonar más como Stars Of The Lid o Richard Skelton– hubieran pasado a tierra firme, grabando el tipo de disco que sonaría, en el caso de que se produjera (cosa improbable), a una producción de Peter Broderick para Godspeed You! Black Emperor. Hay más guitarras en “Stranger” que violines, hay una textura más arenosa, uso del eco lo-fi y de las estructuras del post-rock de Chicago de los noventa que excursiones a zonas ignotas. Esto podría parecer un retroceso, pero como antes decía, no hay que menospreciar a Balmorhea, y en su caso todo aparece como un apuntalamiento firme de una personalidad paisajista que, esta vez, ha querido fijarse en otro tipo de desierto: no es el de las estrellas, aunque desde él se contempla todo el cielo.

Suenan cohesionados, como una banda de cámara con giros simultáneos hacia The Sea And Cake y Calexico: en un momento suenan fronterizos y rurales y, dos compases más allá, parecen un heterodoxo ensamble urbano que ha estudiado a Steve Reich y Jim O’Rourke, ese tipo de banda que consigue atraer la atención del público indie más purista hacia posiciones de la música contemporánea. Y no sólo eso: reproducen la sensación de estar viendo una película tipo “Paris, Texas” –de Texas, precisamente, son y se enorgullecen de ello–, destilando ese rock casi ambiental, embriagador, que se escurre de entre las manos pareciendo que no deja huella. Sin embargo, la música de Balmorhea en “Stranger” está muy trabajada –atención a la progresión sutil y pausada de “Pilgrim”, sostenida por un piano obstinado–, es un tapiz de texturas acústicas con cuerpo y solidez y que, sin embargo, parece que esté desvaneciéndose todo el tiempo –desintegrándose y formándose en un ciclo constante–. Su posición sigue siendo inusual, intermedia entre tótems del post-rock como Rachel’s y Tortoise, a distancia de la vanguardia neoclásica también, y es ese estar/no estar el que quizá le reste proyección popular. Pero, insisto, no sería justo que Balmorhea continuara siendo una simple banda de culto. Sus logros dan para mucho más.

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