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Actress ActressSplazsh

9.1 / 10

Actress  Splazsh HONEST JON’S

Segunda visita a Hazyville, la ciudad del sonido difuminado, de las siluetas esbozadas con trazo casi transparente, el lugar en el que abunda la bruma electrónica. Aquí, un lugar intermedio entre Detroit, la estrella Alpha Centauri y el Londres nictálope –y que no sólo ve de noche, sino que vive de noche, y vaga como un fantasma por calles vacías y mal iluminadas–, la música no tiene un color preciso. Casi no tiene color, porque es aire teñido de niebla entre blanca y roja. Va adaptándose al momento y al entorno como un camaleón, y tampoco respeta una forma específica, así que suele engañar a los sentidos. La música aquí está en movimiento perpetuo, experimenta mutaciones, varia de aspecto y ángulo: ahora se ha transformado en un organismo vivo que se recombina genéticamente a sí mismo. No es exactamente un virus, porque dub hay muy poco: es más bien un espíritu maleable, algo así como un fantasma. O mejor dicho: es substancia líquida, apresable pero imposible de sostener con las manos, pues se filtra por todos y cada uno de los resquicios que se interpongan en su camino. En Hazyville pueden suceder todas estas cosas, se produce la transmutación de la materia, el sonido es lo que la imaginación decida que sea. Cuando Actress publicó su primer álbum, “Hazyville” (Werk, 2008), él soñaba con un paisaje así: una vista a un mundo entre urbano y extraterrestre, un sonido que se elevara como edificios de granito y cristal pero que a la vez fuera flexible como la madera. Se movía entre el techno profundísimo del Detroit lo-fi y el dubstep sin armadura, suave, casi vegetal. Y le salió, pero no del todo.

Ahora, Darren J. Cunningham se saca de la chistera “Splaszh”, y lo que no pudo ser antes, ahora lo es en toda su plenitud y perfección. ¿A qué suena “Splaszh”? No suena a nada que tengas a mano ahora mismo, aunque te recordará por igual a infinitud de chispazos históricos, como al primer Carl Craig, a Moodymann, a Burial y un poco a Lukid. Como es un disco idiosincrásicamente inglés, tiene ciertos ecos de aquella época –la edad dorada de Warp y otros sellos del intelligent techno como ART, Clear o GPR– en la que el techno se interpretaba desde las islas como una versión deslavazada y con cierta desfiguración del patrón original que llegaba de Detroit; era como el contraste entre el impresionismo y el cubismo: las mismas imágenes, diferentes difuminados. Y algunos momentos de “Splaszh” recuerdan, por ejemplo, al “Azimuth” (94) que firmó Kenny Larkin ( “Bubble Butts And Equations”), aunque no es la única deuda con la vieja escuela que tiene Actress. Como éste es un disco que gira sobre sí mismo y se metamorfosea como un Power Ranger o aquel personaje de “True Blood” que se transforma en perro cuando quiere, por momentos se viste de deep house esquelético ( “Always Human”) o de inciso kosmische ( “Maze”), incluso de wonky con textura de techno-soul a lo Theo Parrish ( “Purple Splazsh”). Cada track es una aventura en la dimensión subatómica del sonido; cada cambio es una sorpresa y cada sorpresa un instante de admiración. No sería difícil que este álbum te dejara boquiabierto: hay chispazos de genio por todas partes.

¿Más motivos para elevar el tono de la hipérbole? Volvamos al principio, a “Hubble”: es un techno ahogado en un líquido denso; no es agua, sino algo como el mercurio, como si Carl Craig –la música, queremos decir– estuviera cubierto por una capa de materia viscosa de textura casi desagradable. Suena a Detroit, sin duda, pero no es en ningún momento una interpretación revivalista del mito de la Motor City. “Lost” ya tiene un tinte más londinense, suena en cierto modo a Scuba, pero Actress consigue que su sonido sea más escurridizo, como ese fugitivo que huye por un callejón y del que sólo se es capaz de percibir el rastro de una sombra en la pared. Pero “Señorita” es como el Miami de Murk o el New Jersey de Blaze –garage house con una capa de niebla y el suelo del club sucio de polvo y vasos–, a la vez que “Let’s Fly” sonaría como si a Jeff Mills se le estropeara un altavoz y tuviera que escuchar uno de sus viejos discos en mono. Todo es técnica en el hacer de Actress, maneja máquinas y software con virtuosismo –impresionante cómo apura el delay en “Supreme Cunnilingus”, y magistral cómo evoluciona hacia el R&B y le planta cara al “Cosmogramma” de Flying Lotus con sólo con un tema, “The Kettle Men”–, y da sobre todo una lección de amplio conocimiento de la sintaxis del techno americano desde la óptica inglesa, situándose en las mismas coordenadas sonoras pero trasladando el eje hacia una textura de fin de madrugada, deshecha, como con fracturas en los huesos clave. Un disco como los de antes que suena a disco de ahora. Hace tiempo, se identificaba el sonido duro y fragmentado de Cristian Vogel como wonky techno. A “Splazsh” habría que aplicarle la misma descripción: es como si vinieran los marcianos, abdujeran el sonido Detroit y lo rehicieran partiendo de una geometría irregular, no euclidiana, desconocida para nuestros ojos. Cada minuto es un desconcierto, cada pieza una lección de clase e inteligencia. No sé si esto es un disco o un puñetero milagro.

Javier Blánquez

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