Space Zone Space Zone

Álbumes

Young Smoke Young SmokeSpace Zone

7.1 / 10

El espacio, la última frontera. En la gélida inmensidad del cosmos no sólo flotan naves como el Halcón Milenario, Nostromo o Enterprise. A millones de años luz de nuestro sistema solar, hay formas de vida que se han adaptado a los rigores del cero absoluto y, a pesar de la falta de aire, han conseguido desmontar las leyes fundamentales de la física, llenando la vastedad cosmológica, otrora silenciosa cual velatorio, con sonidos que se escuchan incluso en el vacío más radical.

Con sólo 18 añitos de vida, David Davis ya ha conseguido enviar desde la otra punta del universo mensajes codificados a los radares del proyecto SETI; comunicaciones musicales cuyo significado los científicos no se han molestado en desentrañar dada su avanzada composición. Solo en los laboratorios de Planet Mu ha habido investigadores lo suficientemente intrépidos como para dar sentido a las arengas futuristas que, desde los confines de la creación, el ente conocido como Young Smoke lanza a la velocidad de la luz hacia todos los rincones del espacio.

Procedente de la escena footwork de Chicago, merced a su vinculación con el colectivo Flight Muzik, esta luminaria adolescente ha decidido cambiar de rumbo, dejar el asfalto y codearse con los marcianitos. Lo cierto es que solo plataformas visionarias como el sello de Mike Paradinas se atreverían a contener y descifrar las partituras futuristas de este nuevo e insultantemente joven talento. Parece mentira que el cosmonauta mutante sea un pipiolo, pues el nivel que demuestra manipulando efectos de consola, sonidos en formato 8-bits y otra veleidades sci-fi resulta pasmoso.

El debut de Young Smoke es un álbum burbujeante que consigue mantener a raya las pulsiones bounce –cómo rebotan los graves en la pesadillesca “Korrupted Star”, por cierto–, alineando sus influencias más conocidas bajo un manto de ciencia-ficción ochentera que utiliza todo el espectro de sonidos, ruidos y efectos típicos de los videojuegos prehistóricos. Las formulaciones lisérgicas de Davis burlan el abrazo de la gravedad a base de dubstep gameboyero, chiptune minimalista, R&B extraterrestre y synth madness. Muchas veces se trata de melodías para la chiquillería, tonadas minimalistas de locura consolera que te embriagan gracias a su bisoñez alienígena. Por ejemplo, más que una canción, “Traps In Space” parece una partida de “Space Invaders” con caja de ritmos. También se aprecia la misma pirueta en el opener “Space Zone”, trufado de samples robóticos de voz repetidos de forma obsesiva, y provisto de un hilo de melodía para niños que podría estar en la banda sonora de la nueva temporada de “Tiempo de Aventura”.

A mi modo de ver, lo mejor de Davis llega cuando sabe conjugar el freakismo galáctico made by Atari con la sensibilidad electrónica más contemplativa. En “Space Muzik pt. 2” factura un dub acuoso que te induce a un coma muy placentero. “Space Breeze” es una nana imposible para unidades bebé de inteligencia artificial. “Liquid Drug” es la música que surgiría del puente de mando de una nave Klingon en plena tormenta electromagnética. Pero también hay pequeñas locuras que vale la pena inyectarse a presión en el cerebro: el booty wonky de “High Den A Mother Fucka”, la sobredosis de disparos láser de “Lazer Hornz”; el horrorcore para lemmings de “Heat Impact”… Por una vez, Houston, no tenemos ningún problema. De hecho, gracias a esta música extraña (y a la sabiduría de Ortega Cano), en el espacio nunca habíamos estado tan a gustito.

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