Sonne = Blackbox Sonne = Blackbox

Álbumes

Ursula Bogner Ursula BognerSonne = Blackbox

7.6 / 10

FAITICHE

Tres años después, sigue sin estar claro si Ursula Bogner existió o es todo un invento malvado, divertidísimo, propio de un artista del birlibirloque metido a la electroacústica. Pero antes de seguir, se impone una breve explicación para quien no esté sobre el caso: en 2008, Jan Jelinek publicó en su sello Faitiche la recopilación titulada “Recordings 1968-1988”, un raro objeto que daba cuenta de una compositora electrónica alemana de la cual no se había documentado jamás ni su existencia ni su obra. Autora amateur que habría trabajado su vida entera en una farmacia, de Bogner se afirmaba que había tenido la música como hobby, se habría instalado un estudio casero en el que durante años y, a la sombra, habría estado trabajando con circuitos, sintetizadores primitivos y cintas magnéticas creando un corpus sonoro similar en intenciones y resultados a los de los pioneros, en los años 60, de la experimentación sonora en estudios de radio, respuesta muda desde una Alemania de post-guerra al Electronic Workshop de la BBC inglesa y, en particular, a las dos grandes figuras femeninas de esta época, Daphne Oram y Delia Derbyshire. En aquella recopilación, Jelinek afirmaba que había accedido a la obra de Bogner a través de su hijo Sebastian, que le explicó la historia de su madre en un encuentro azaroso en un avión. “Recordings 1968-1988” venía acompañado de notas explicativas sobre la insólita vida de Ursula Bogner, sobre las intenciones de cada obra –y sus obsesiones con los planetas y otros motivos de ciencia-ficción– e incluso con fotos familiares de Ursula Bogner, una mujer venerable entrada en edad con gafas de concha, flequillo de otra época y rebeca de pieles –en el single posterior “Pluto Hat Einen Mond”, aparecido dos años después, la portada mostraba a Bogner tendida sobre la hierba, en un aeródromo, a la edad de entre 30 y 40 años aproximadamente–.

El gran problema que planteaba la salida a la luz del nombre de Ursula Bogner era el de la veracidad de la historia. ¿Había existido Bogner o era un invento, una identificación apócrifa? Rápidamente hubo quien indicó que las fotos parecían falsas, que esa Bogner con pinta de institutriz era Jan Jelinek travestido, y que todo era un ejercicio del alemán imitando la estética y los recursos de aquellos tiempos prehistóricos en los que la música electrónica empezaba a desarrollarse fuera de las instituciones públicas y las academias y que, en verdad, alumbraron talentos singulares que tienen su pequeño lugar en la historia de los sonidos artificiales como los dueños de los primeros home studios. También resultaba sospechosa la explicación –¿un encuentro casual en un avión?, ¿una farmacéutica que parecía alumna de Stockhausen?; parecía broma–, y más aún que en la época de la sobreinformación y la sobredocumentación no hubiera ni un solo dato que permitiera rastrear la pista real de Ursula Bogner y certificar su existencia. Jelinek jamás ha admitido ser el responsable de este hoax, se mantiene en un silencio que ni niega ni otorga, por lo que se da por hecho que la historia, aunque brillante en su inteligencia, y a pesar de la exposición de dibujos “Herr & Huhn”, supuestamente realizados por la señora de autos, y que se puede visitar en el Künstlerhaus Frise de Hamburgo hasta el 23 de noviembre, es maquiavélicamente falaz de principio a fin.

Por eso, “Sonne = Blackbox”, segunda entrega de las “obras” de Ursula Bogner, viene acompañada en su edición en CD de un libro que recoge ensayos (firmados por Momus, Jürgen Fischer, Bettina Klein y más autores) sobre la idea de falsificación en el arte y, en concreto, sobre la probable existencia (o inexistencia) de esta madre alemana que escrutaba los planetas y componía pulsos y sinusoides, y que recuperan de paso las tesis que desarrolló Orson Welles en su célebre ensayo filmado “F For Fake”, realizado a partir del libro “¡Fraude!” de Clifford Irving en el que se narraba la increíble historia de Elmyr de Hory –y, en paralelo, la del propio Irving, otro célebre falsificador, responsible del manuscrito espúreo de la biografía del magnate de la aviación Howard Hughes–, que ganó fama por sus perfectas reproducciones de dibujos de Modigliani y Picasso, tan “reales” y “auténticos” como los de sus autores legítimos. En el trasfondo de toda esta “operación Bogner” la idea primordial –y dando por hecho que Bogner es un invento– es la de alertar sobre un exceso de obsesión por la historia, en documentar hasta el más recóndito rincón de la memoria y la exhumación del último disco del más minoritario género desarrollado en el pasado (algo que generalmente añade ruido a la actualidad sin aportar ninguna perspectiva nueva de estudio).

En el caso de “Sonne = Blackbox”, y siguiendo con la idea de que Bogner podría haber existido, el álbum mantiene la estructura de recopilación cuidadosamente seleccionada por un comisario que habría estudiado la obra de la autora; si el primer disco estaba auspiciado por Jan Jelinek, éste lleva la firma de Andrew Peckler (Sad Rockets, etc.), que incluso firma y dicta –con voz robótica– unas completas y casi disparatadas liner notes en el corte ocho del álbum en las que describe la estética y las estrategias de la compositora, en particular sus estudios de cinta magnética y voz. A la hora de la verdad, estamos ante una maravillosa falsificación, pues los cortes supuestamente grabados por Ursula Bogner suenan como si realmente se hubieran hecho durante los 70 y los 80, completamente al margen de las corrientes de actualidad de la época –lejos del krautrock y de la música cósmica, en un limbo en el que pudieran haberse estancado Kraftwerk y Can, alumnos destacados de Stockhausen, de no haber descubierto el rock, como sí le hubiera ocurrido a Bogner ajena al mundo real en los confines de su botica–. Así, Bogner / Peckler –¿o vuelve a ser Bogner / Jelinek, o Bogner / Bogner?– lanza miniaturas ambientales, punzantes en su crudeza sintética, que suenan a versión minimalista, sin circunvoluciones, de la computer music de Morton Subotnik o Xenakis, entre pulsaciones de computadora mareada, diversas tonalidades de ruido grisáceo y experimentos primitivos con edits y sampleos de su ¿propia? Voz, muchas veces sobre estructuras de la música dodecafónica.

Podría parecer que el concepto es más interesante que la música, pues la ambigüedad sobre la verdadera existencia o no de Ursula Bogner le abre las puertas a Jelinek, no a seguir componiendo como si él fuera Bogner, sino a invitar a compositores electrónicos actuales a ser Bogner durante un disco (o durante una exposición, e incluso en el futuro durante un libro, una ópera o una película), bajo la fachada de rescate comisariado de obras en esos archivos casi vírgenes. Pero más allá de este marco diabólico, sobre el que se podría seguir escribiendo sin descanso y con apasionamiento –y que, ya ven, da para un libro, el que viene con el CD y que aumenta el valor del objeto–, los sonidos electroacústicos aquí incluidos son cálidos, un ambient rugoso que va más allá del mero ejercicio de estilo. Y aún así, una duda sigue sobrevolando la experiencia: ¿y si…?

Javier Blánquez

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