Solo Piano II Solo Piano II

Álbumes

Chilly Gonzales Chilly Gonzales Solo Piano II

7.6 / 10

Cuando Gonzales editó “Solo Piano” en 2004 venía de armar un revuelo considerable: su primer disco, “The Entertainist” (Kitty-Yo, 2000), era hip hop de broma, o pop deformado hasta la caricatura con ropas de rapper, y él lucía ese aspecto tan basurero, con vello corporal a la vista y andares de clown, que era fácil divertirse con él en una noche de jacaranda en el club, pero no tomárselo en serio. Los siguientes discos siguieron por el mismo camino hasta que se anunció que iba a editar un disco de piano con la división jazz de Universal en Francia. Habría sido fácil tomárselo también a chanza y pensar que el canadiense de las astracanadas, la versión electrónica de la Commedia Dell’Arte italiana del siglo XVIII, el patán, quería reírse en la cara de la música de cámara y de conservatorio. Pero aquel disco fue un bofetón en la cara, a traición –la venganza se sirve en plato frío–, para todos los que alguna vez le habían tenido como un payaso sin mayor talento que el chiste soez. Gonzales exhibió una técnica perfecta al piano, macerada tras muchos años de solfeo, y un instinto brutal para la melodía. Por una vez no había ni parodia ni hipérboles, sino 16 piezas breves y sencillas –como indicaban las notas interiores, “escritas para tocar la melodía con la mano derecha y el acompañamiento con la mano izquierda”– en la tradición impresionista, decorativa, de Érik Satie. Y no, no era una parodia de los pianistas kitsch a lo Richard Clayderman –aunque la comparación salió a la luz más de una vez–, sino la revelación de que Gonzales llevaba dentro un compositor de verdad. Ese, quizá, era el verdadero Gonzales.

Desde entonces, el canadiense peludo ha alternado sus dos variantes expresivas: por un lado, el freak, el gañán, en discos delirantes como “Ivory Tower” y “The Unspeakable”, a medias entre el hip hop descacharrado y el house deforme, y por otra parte ha profundizado en su camino abierto por la música clásica para reescribir algunas de sus canciones con orquesta –en el reciente “The Unspeakable Chilly Gonzales Live With Orchestra” (Gentle Threat, 2012)– y, ahora, para editar por fin, ocho años después, la continuación de “Solo Piano”. Encerrado en una buhardilla de París, en el barrio de Montmartre, y al más puro estilo bohemio, Gonzales ha emprendido un viaje de casi 100 años atrás en el tiempo, hasta los años 20, para encontrar otra vez la unión entre el jazz primitivo y las formas revolucionarias de la música culta en el fin de siècle, y más que un ejercicio impresionista o satiesco, parece encontrarse cómodo en le jazz según Darius Milhaud y, cómo no, en los compositores americanos de principios del siglo XX, especialmente Irving Berlin en lo que tiene que ver con las melodías y con Gershwin en la atmósfera.

La técnica de Gonzales es sencilla, sin piruetas ni siquiera adornos inútiles, y desde “White Keys” ya nos introduce en un estado de profunda paz y concentración, aunque las piezas que ha escrito –todas miniaturas que apenas pasan de los tres minutos– también pudieran servir como música de mobiliario, para dejar que suenen de fondo, de ornamento del espacio doméstico. Su variedad de registros va desde lo paisajista ( “Kenaston” podría ser una de las piezas naturalistas del pianista new age George Winston) a la recreación retro, como en esa “Escher” y “Evolving Doors”, donde por momentos dibuja escalas propias del barroco, sin olvidarse del estilo post-romántico en “Venetian Blinds” u “Othello” –más nocturnes que gimnopèdies– y del casi silencio en “Epigram In E”. “Piano Solo II” suena depurado, estudiado, bien secuenciado: cuenta Gonzales que se encerró en su desván con las canciones ya decididas y las grabó una y otra vez, una y otra vez, hasta que finalmente quedó una toma perfecta, despojada, esencial, de cada una, que son las que han acabado entrando en un álbum puro, desnudo y sin que sobre ni una nota, ni un silencio. Otra pintada de cara del hombre.

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