Solo Electric Bass 1 Solo Electric Bass 1

Álbumes

Squarepusher SquarepusherSolo Electric Bass 1

6.3 / 10

Squarepusher  Solo Electric Bass 1 WARP / PIAS SPAIN

Pe-pe-pe-papapa. Para-pim-pon. Pom-porop-pau-pau. Podríamos estar siglos, eones, hasta el fin de los tiempos, construyendo interminables combinaciones onomatopéyicas. Pero sería aburrido. ¿Por qué? Porque a menos que nuestro nivel de retraso mental fuera irreversible y profundo, la cosa se deshincharía al cabo de unos minutos y pasaríamos sin darnos cuenta a ondear la espada láser del Toys’r’Us o a cambiar de posición nuestros muñecos de Futurama. Sólo unos pocos elegidos pueden hacer del delirio monocromo algo bello y, lo que resulta más importante, entretenido. Uno de ellos, sin duda alguna, es Tom Jenkinson, alias Squarepusher. No me invento nada, hablo con conocimiento de causa. Todavía recuerdo como si fuera ayer una actuación del interfecto en Sónar con sólo tres elementos como compañía: un amplificador roñoso, un bajo destartalado y una caja de ritmos. No he puesto en la ecuación la botella de tequila que el buen hombre se iba jincando entre tema y tema, aunque intuyo que fue tan decisiva como el propio instrumento. Aquello fue espectacular. Un tipo absolutamente embriagado maltratando los trastes de un bajo a base de espasmos de genialidad, dándolo todo, siendo más punk que las fosas nasales de Billy Idol. Muchos vieron el espíritu de Jaco Pastorius.

Lo que escucharéis en este disco no tiene trampa ni cartón ( Banks). De hecho, las incursiones del británico en la experimentación con el bajo pertenecen a una actuación en directo grabada en la Cité de la Musique, en París. ¿Cultureta? Claaaaro, pero no por eso menos interesante. Lo bueno de esto, aparte de su desafiante aspecto formal, es su aterradora simplicidad: Tom Jenkinson, un ampli y un bajo. Y se acabó. Sin cajas de ritmos. Sin tanga. Con las vergüenzas al viento. El resultado de tan curioso desvarío debe juzgarse con la distancia que merece una propuesta tan espinosa y con la valentía que encierra la gesta: aquí no hay editaje, remiendos, ni modificaciones de postproducción. Todos los movimientos que componen el álbum se muestran tal cual acontecieron en París. Ni más ni menos. Tracatrá.

Ahhh, pero seguro que muchos se han apresurado y esperan en este viaje las epilepsias rítmicas y el jazz atropellado que han caracterizado el grueso de la producción de Squarepuhser. ¡NO! Ni rastro de drum’n’bass espasmódico. El tono es contemplativo, nocturno, humeante, casi emo. A media luz, y con alevosía, aunque haya momentos de ligero delirio como en “1.05” o en la increíble “1.12”, una colección de pedos vaginales al bajo eléctrico que le ponen a uno en alerta. Ah, y que nadie se deje llevar asimismo por la engañosa separación de las piezas, porque esto es como una gran improvisación en una sola unidad, la compacta culminación de las exploraciones de un tipo que ha conseguido convertir sus diez morcillas galácticas en apéndices malignos de tembleque alienígena. Con sus curiosos tentáculos, sin la ayuda de ritmos desencajados, de vomitonas electrónicas, un Jenksinon sospechosamente intimista apuesta por las frecuencias bajas –hay temas como “1.11” en los que las cuerdas apenas resultan audibles– y los momentos de reflexión p’adentro. Muchos verán en esta actitud una tomadura de pelo. Nada que objetar. Otros verán un afán por darle a su legado unas connotaciones más adultas, profundas, introspectivas. Sí, podríamos decir que esto es música para un club de jazz con Greedo, Barada, Akbar y Walrus Man de público invitado. Un segundo: ¿es Bib Fortuna el que busca ligar con dos cincuentonas con faja, copa de bourbon en mano? Siempre había pensado que el cornudo servidor de Jabba era gáyer. Sólo Squarepusher podía mostrarnos la verdad con sus nanas eléctricas. Felices sueños, hijos de perra.

Óscar Broc

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