Soldier’s Requiem Soldier’s Requiem

Álbumes

Gabriel Saloman Gabriel SalomanSoldier’s Requiem

8 / 10

Desde que dejaron el proyecto Yellow Swans colgando, sin dejar claro si lo aparcaban para siempre o irían volviendo a él intermitentemente cuando les interesara, los caminos estéticos de Pete Swanson y Gabriel Saloman han discurrido por caminos muy diferentes. El primero ha seguido la vía del ruido bruto, en continuadas incursiones por el lenguaje del techno con programaciones rítmicas de violencia salvaje, mientras que el segundo también elige el ruido como recurso de partida, pero siempre con sutileza, orientándose más hacia el ambient oscuro. Así, las grabaciones de ambos suenan a una descomposición química de los ingredientes mezclados que se encontraban, en plena anarquía improvisadora, en el material de Yellow Swans. La carrera de Swanson no es sorprendente, aunque sí gratificante: en su noise-techno aflora el alma punk e industrial del dúo. Pero lo de Saloman sí, ya que primero en “Adhere” (2012) y ahora en la secuela apocalíptica “Soldier’s Requiem”, con ese título que trae ilusiones de Stravinski –la historia del soldado en su trágico fin–, se reengancha con talento a la última generación de nuevos compositores influenciados por la música contemporánea.

“Soldier’s Requiem” también conecta, por su tono fúnebre, con ese subtexto disimulado de buena parte del ambient actual que es el de la representación sonora de la corrupción del mundo y la crisis de la civilización. Hemos apuntado por aquí varias veces –y últimamente en los valiosos álbumes de The Stranger y Kerridge– cómo late en el pecho de la música electrónica de estos años de crisis una desazón enferma, una sensación de podredumbre, de que nuestro mundo, otrora rico, jactancioso y henchido de orgullo vano, está cayéndose a pedazos y que pronto todo será una ruina cubierta de hiedra. Gabriel Saloman también parece empapado de ese negativismo y las cuatro composiciones de “Soldier’s Requiem” son música ceniza que requiere ser escuchada a un volumen alto, pero que en el fondo suenan como un vahído y un lamento, siempre apagándose, luchando contra el inexorable silencio del fin.

La elección de la palabra ‘soldado’ en el título indica una total expresión bélica –pero no belicosa– en la música: a modo de poema sinfónico sobre la lucha de trincheras en la Primera Guerra Mundial –estamos a punto de cumplir un siglo–, uno de los motivos conductores del disco es un redoble de tambor que marca un paso lento, como si este soldado supiera que jamás regresará de la batalla. Y es que, al fin y al cabo, se trata de un réquiem también: salvo en el segundo corte, “Marching Time”, de una brevedad concisa de tres minutos en la que Saloman parece inspirarse en las orquestaciones para percusión de Edgar Varèses, el resto de la música da la sensación de banda sonora de una derrota aplastante y definitiva. En “Boots On The Ground” hay incluso una guitarra acústica acribillada por crujidos y drones que arroja un rayo de esperanza, pero el grueso de sus 15 minutos son oscilaciones furiosas, como una tempestad de invierno. Y si bien todo comienza con furia en “Mine Field”, que es en efecto un campo de minas donde resuena Tim Hecker en lo electrónico y Górecki en lo elegiaco, el oficio de difuntos concluye con lo esperado, que es lo mismo que decir sin esperanza: “Cold Haunt”, un lento latigazo de ambient que lacera los oídos no por su agresividad, sino por su implacable calma. La dama de la guadaña espera con paciencia porque sabe que al final gana. Si este 2013 te ha producido más penas que alegrías y el frío te ha calado los huesos, he aquí otro disco para ilustrar el desánimo derrotista al que nos conduce muchas veces la realidad.

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