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Álbumes

Ben Frost & Daníel Bjarnason Ben Frost & Daníel BjarnasonSólaris

8 / 10

BEDROOM COMMUNITY

Aunque Ben Frost sea un ruidista con amagos de violencia física y Daníel Bjarnason un compositor para orquesta con tendencia a la desintegración de las frases y tendencia al dodecafonismo, esta colaboración entre ambos no se hace extraña, no aparece como un acto contranatura porque, aunque delicada, esta recreación de la música para la película “Soláris” de Andrei Tarkovsky está hecha de tensiones y distensiones, de momentos de máxima sutileza cubiertos rápidamente de tensión. Son tres factores los que llevan a Frost y Bjarnason a colaborar: uno es la proximidad –ambos residen en Islandia, ambos graban para Bedroom Community; son amigos y vecinos–, otro es un método de trabajo parecido que les lleva, desde opciones distintas, al expresionismo y el horror, y el tercero es el festival polaco Unsound, que en su edición de 2010 les requirió a colaborar en este proyecto cuya première –con el acompañamiento de la Sinfonietta Cracovia y la película de fondo, en un montaje deconstruido bajo la supervisión de Brian Eno, que también trabajó como consultor del proyecto– se efectuó hace un año exactamente, motivo por el que ahora aparece la versión grabada de lo que, en esencia, tenía que ser un proyecto sólo para disfrutar en vivo.

Pero las notas de “Soláris” tienen la suficiente gravedad y potencia como para desatarse de las imágenes de Tarkovsky y funcionar en un álbum que, si se escucha sólo en la superficie, parece tener más de Bjarnason que de Frost, aunque entrando en su interior, en sus misterios, se advierte la huella de ambos a partes iguales; la de Bjarnason en lo más perceptible y la de Frost en la creciente atmósfera de desolación, que se adueña del espíritu escucha tras escucha hasta sumirlo en un vacío negro, en una desesperanza que hunde poco a poco en el desánimo. Es evidente que ambos músicos conocen bien el film del maestro soviético –y quizá incluso el libro de Stanislaw Lem en el que está basado, el gran clásico de la ciencia-ficción polaca–, han analizado su lirismo y sus silencios, sus largas secuencias de abstracción quieta que tan bien les sirven para jugar con cuerdas casi silenciosas, decadentes.

El papel de Ben Frost es casi subliminal. Posiblemente, su tarea no haya sido la de escribir las partituras, pero sin duda se nota su huella en esos momentos en los que la sensación de amenaza es mayor –el piano de “Cruel Miracles”, por ejemplo, parece a punto de romperse en todo momento, mientras de fondo suenan como ondas de radio mal sintonizadas, o el sonido de una sirena de policía, hasta que vienen los violines a ocultar ese caos por debajo con líneas de tristeza indescriptible–, y también cuando su labor es la de hackear la orquesta con ruidos, sonidos electrónicos e intrusiones de música concreta como las realizadas en “You Mean More To Me Than Any Scientific Truth” y “Saccades”. Mientras tanto, el papel de Bjarnason se adivina como crucial, ya que en “Soláris” parece haber llevado más lejos sus ambiciones de componer una gran sinfonía triste que ya se adivinaban en “Processions” (Bedroom Community, 2010), sólo que aquí esta sinfonía es tímida, pequeña y tristísima. Lejos de la pirotecnia, su escritura es contenida, sentida, levemente morbosa: tiene algo de Mahler a la inversa –las cuerdas quieren tender al silencio como fin en sí mismo, niega un desarrollo previo grandilocuente que se funde poco a poco como nieve en primavera; antes al contrario, en todo momento parte de esa sensación de nada infinita, de amenza y fantasmagorías–.

Bjarnason no se olvida de que, ahí al fondo, tiene un planeta que puede interferir en el alma humana; en “Soláris” no hay ninguna odisea del espacio, sino una rendición a lo sobrenatural. Esta atmósfera intoxicadora, esta proximidad de lo inefable, acaba por filtrarse y reconocerse en la música, que durante 45 minutos resulta inmersiva, rodea y enferma sin levantar nunca ni una sola nota –no hay ningún procedimiento de clímax ni de crescendo violento, tan habituales en Ben Frost, sino un constante y lento oleaje de notas que quieren fundirse con la nada–, y hace de la escucha del disco una actividad peligrosa, porque aunque hay momentos sublimes, todo él te empuja a una suerte de desesperación, a la más incurable tristeza. Si el planeta Soláris es capaz de hurgar en la memoria y los deseos de las personas y traer visiones de gente muerta o lejana con tal de atrapar a los viajeros en una especie de fantasía siniestra, la música –que también tiene mucho de Schönberg y de expresionismo alemán– también se presenta como un refugio emotivo que contrarrestaría el vacío interior, sólo que lo único que consigue es alimentar y ensanchar ese vacío hasta que se hace imposible escapar de él. “Soláris” es un disco admirable, precisamente, porque es veneno.

Javier Blánquez

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