Solar Dreams/Neon Decay Solar Dreams/Neon Decay

Álbumes

Becoming Real Becoming RealSolar Dreams/Neon Decay

7.8 / 10

La ciudad de Londres se cuela en todas y cada una de las grietas de la música de Toby Ridler. Es incontenible. Un líquido que empapa y humedece todas sus construcciones de grime, pop, dancehall y electrónica clubber de nueva generación. Él mismo ha dicho por activa y por pasiva que la capital británica y sus resbaladizas calles son elementos indispensables en la activación de su proceso creativo. Los paseos nocturnos por la urbe de Jack El Destripador tienen en las producciones del británico su mejor aliado, su mejor banda sonora.

Desde el año 2009 hasta ahora –buscad sus escasos maxis y EPs anteriores en plataformas como Ramp, Lo-Fi Funk, Cold Word Industries o Not Even–, este sutil escultor ha conseguido abarcar en su obra una riquísima horquilla de sonidos en la que hay cabida para el baile, la hierba, el sofá, la nostalgia veraniega y hasta el intercambio de fluidos. Lo bueno de Ridler es que ora puede facturar un hitazo de grime evolucionado para chiringuitos ibicencos, ora puede lanzar una sinfonía de IDM, post-dubstep y bass vaporoso para que los hierbajos se consuman lentamente. Y aunque se aprecien en sus tracks ondulaciones muchas veces distantes en el salto de estilos, el tipo le da una cohesión insondable, pero tremendamente efectiva, al conjunto. Es Becoming Real. Lo sabes. Y no hay un solo momento desaprovechable en este mini LP.

Sólo siete canciones que te dejan con hambre. No es un reproche, es un elogio. El nivel de inspiración de Ridler es tan alto que uno desearía que el álbum tuviera cuatro o cinco piezas más. Y es que “Solar Dreams/Neon Decay” es una lección arrebatadora sobre fabricar un tejido tan rico y moderadamente ecléctico, partiendo de sonidos icónicos del subsuelo londinense –grime, 2step, dubstep, synth madness, pop futurista–. De acuerdo, son siete canciones, pero cada una es un mundo, un mundo anclado en una galaxia conocida como Becoming Real. El Gran Diseño funciona a pleno rendimiento.

Y es que Ridler es capaz de facturar hitazos flamígeros, como “Lady Lazarus”, seguramente uno de los éxitos underground más indiscutibles de este verano (si no lo oyes en el club estas vacaciones, desconfía del puto DJ). Pero el tipo también saca nota cuando busca la bruma y la tiniebla ‘dubgital’. En este sentido, “Equinox” es una locura, una cascada venenosa de dubstep cósmico que se derrama en tu cerebro como una caldera de ácido sulfúrico con infusión de cannabis. En el otro extremo, “Anthropology” me pirra; es ambient para películas de terror baratas, te congela las muelas, y te deja mal cuerpo merced al sample del rugido de un jaguar: violencia contenida en tres minutos magistrales de abstracción. Pero las melodías también las cocina con tiento. “Slow Memory” parece un homenaje a Mouse On Mars, Cocteau Twins y Burial, todos sometidos a una trituradora celestial, y aderezados con la fantasía vocal pop de Alice (Sunless 97). El bass technoide con nitrógeno de “Snow Drift Love” y “Zoning”, y el dancehall futurista de “Work Me”, con Lady Chan, ponen la rúbrica a un disco pequeño por fuera, pero grande por dentro. Qué coño grande: inmenso.

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