Sleep Mountain Sleep Mountain

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The Kissaway Trail The Kissaway TrailSleep Mountain

6.4 / 10

The Kissaway Trail  Sleep Mountain BELLA UNION / COOP SPAIN – NUEVOS MEDIOS

En su Myspace, Soren Corneliussen, una de las dos voces de The Kissaway Trail, afirma querer conocer a Kylie Minogue. Bueno. En primer lugar debe saber que ella tiene un novio español. En segundo lugar, y dado el caso de que Corneliussen quisiera quitársela a nuestro compatriota Velencoso, por favor, que no la agobie, agasaje, invada o la deje catatónica perdida con su “torrente de épica”, el mismo que le lleva, a Corneliussen y al resto de la banda, a facturar canciones de más de seis minutos como si se creyeran la Renfe en hora punta.

Después de un primer disco homónimo prometedor (2007), nos llega ahora “Sleep Mountain”, un pentatlón de doce pruebas de resistencia con la única salvedad de “Prelude”, una pieza instrumental de 42 segundos que tal como viene se va. El resto son una media de seis minutos por tema que, casi en su mayoría, consisten en una repetición argumental mediante riffs y baterías epilépticas. Es el caso del single, “Sdp”, cuya versión para las ondas radiofónicas (de 3 minutos) dura la mitad que la de estudio. La canción produce los mismos cosquilleos que su contrapartida comercial, así que conviene preguntarse si son necesarios esos seis minutos (o cinco o cuatro) para transmitir lo que ellos intentan transmitir. Viendo el videoclip, se diría que más bien poco (o lo mismo que la canción, imágenes sin telón de fondo con motivos coloristas sin explicar y las mismas poses imperturbables de los miembros de la banda). Es uno de los problemas de los que adolece “Sleep Mountain”, y que conste que hay que diferenciar la “épica” de la “reiteración”. “Painter” es tan emotiva como repetitiva, pero “New Year”, con una batería con problemas de protagonismo que parece un moscardón, se pasa de epopéyica.

Así pues, lo que salva a The Kissaway Trail es una pretendida copia sonora (ojo, que no estilística, porque, chicos, el estilo no se copia) de otros géneros como el emocore (ahí están los ecos y la amplitud de “Whirr Of Wings”), la new wave (en “Beat Your Heartbeat”, una canción, hay que decirlo, romántica en el fondo pero gris en la forma) y una arcadefireización ( “Don’t Wake Up”) consistente en cantar como Win Butler mientras suena de fondo un violín (que también veremos convertido en loop en “New Lipstick”, una canción de rítmica para estadios de fútbol). Por más que duela, algunas canciones únicamente son reconocibles mediante tres notas (en “Sdp” son campanas, en “Friendly Fire” un teclado) que llevarán todo el peso melódico, relevando al resto de la producción en un bucle acelerado donde tanto la voz como la batería se baten en un duelo innecesario. Es verdad que en algunos temas se muestran ingeniosos (en la ya citada “Painter” la percusión es un loop, y el juego entre guitarras y voces en “Whirr Of Wings” es agradable al oído), pero la falta de imaginación y de construcción a veces es decepcionante (el teclista se lo debe pasar en grande en los directos cuando tocan “Enemy”, con tres únicas notas repetidas durante cinco minutos).

A pesar de todo, siempre les quedará su muy interesante versión de “Philadelphia”, de Neil Young, quien la cantó en la gala de los Oscar del 93 con suma delicadeza y que en “Sleep Mountain” se convierte en un dardo envenenado de sabores amargos, pero nicotínicos. Quizá el problema es que la variedad de influencias que tienen la parió un grupo aglutinador como Arcade Fire y, claro, para parecerse a los de Montreal hay que sudar tinta. De momento está bien que se acerquen más a Sonic Youth, Pixies, Daniel Johnston o Sunny Day Real Estate. Pero tendrán que decir más con menos. Y en menos tiempo.

Jordi Guinart

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