Skin Of Evil Skin Of Evil

Álbumes

Blackout Beach Blackout BeachSkin Of Evil

7.5 / 10

Blackout Beach Skin Of Evil

SOFT ABUSE

Blackout Beach es el sayo que abriga al canadiense Carey Mercer cuando se lanza a conquistar espacios de libertad al margen de Frog Eyes o Swan Lake, bandas ambas de caligrafía muy propia, pero aún suscritas a ciertos parámetros de normalización pop -torcido, filoso, incómodamente psicodélico y crecientemente paranormal, pero pop al fin y al cabo- que mantienen a Carey Mercer dentro de los límites del más flexible formato de canción. Si no fuese por el "time-signature", por las cinchas instrumentales que en esos grupos le ciñen sus compañeros al cuerpo, uno tiene la sensación de que Mercer, con su envidiable estilo -hiperdinámico- a la guitarra y su fraseo vertiginoso, acabaría despegando sus pies del suelo.

Huérfano de la energía cinética y la horma que le proporcionan sus bandas, en lo musical Mercer se muestra más volátil y sinuoso, más mudable, abstracto y experimental en Blackout Beach. Las canciones a menudo se construyen a partir de elementos mínimos (frases repetitivas de guitarras simples, crujientes cajas de ritmos, femeninas segundas voces, algún que otro teclado, masa de ruido o timbre acústico apareciendo de acuerdo a patrones que a veces parecen responder a la más pura improvisación) reclamando una mayor libertad de movimientos para una voz sobre la que recae todo el peso dramático del disco.

Más que las estructuras, en esta colección de canciones parecen preocupar las atmósferas, el espacio oscuro que se respira entre notas, la proximidad física con la que uno siente cada palabra arañando el vacío, el vaho que se condensa alrededor de la boca de un Mercer exaltado, poseído, lanzado a explorar los mil recodos y las mil mesetas que atraviesa una misma historia, la de una sirena de lo romántico llamada Donna, contada desde su propio punto de vista por cada uno de sus amantes, pasados y presentes; crónicas de ruina sentimental, de redención por la vía del enamoramiento romántico, de resentimiento y tragedia, que Mercer recita, aulla con vehemencia -hay mucho de gesto teatral en algunas de sus inflexiones vocales- sin importarle caer por momentos en el exceso melodramático o pasearse al borde de la más histriónica afectación.

En su segundo disco en solitario, Mercer toca guitarras y teclados, golpea pieles y programa ritmos básicos; absolutamente todo lo que suena en el álbum lleva su marca, a excepción hecha de las segundas voces que le brindan Carolyn Mark y Megan Boddy en varios momentos. En “Cloud of Evil” enfrenta un martilleante beat sintético a guitarras trémulas como único telón de fondo para un duelo de voces dolientes y ansiosas, un diálogo interior en el que se recrea el pasado en busca de errores, de sujetos abstractos a los que hacer portadores de las culpas propias. El fantasma del más joven y ardoroso Nick Cave sobrevuela el comienzo de “Biloxi, In A Grove, Cleans Out His Eyes”, un corte que en su segunda mitad se esponja a base de sintetizadores y ruido acercándose a los dominios de los Xiu Xiu menos respetuosos con la estructura y la forma. Es la sombra del más reciente Scott Walker la que se pasea por “Three Men Drown In The River” justo antes de que unas cajas trompicadas, discontinuas, y un pulso ondulante acallen el primer amago de canción pop del álbum, ademán que se repite cuando llega “Woe To The Minds Of Soft Men” cargada de alusiones a lo tradicional, desprendiendo un sentimiento casi folk que acaba quedándose en la categoría de boceto, poco más de 50 segundos en los que las voces sólo aciertan a repetir una sólo línea, la de su título.

Un huérfano pulso sintético y su sombra resonante acercan los primeros segundos de “The Whistle” al terreno protoelectrónico de Suicide, pero pronto llegan pianos y guitarras lacerantes a llevarse el tema a alguna otra parte más cálida, más orgánica, más carnosa, por la que también discurre “Nineteen, One God, One Dull Star”, posiblemente la canción "más hecha" del disco, con Carolyn y Megan aportando un cierto sentimiento gospel a un número que acaba flotando en una suerte de éter ambiental poco antes de que “Astoria, Menthol Lite, Hilltop, Wave of Evil, 1982” cierre el disco fundiendo psicodelia escapista y free-jazz, drone tóxico y preciosismo acid-folk.

En total media hora de free-pop ansioso, obsesivo y melodramático, tan capaz de exasperar (habrá quien no soporte los excesos vocales de Mercer, la escualidez de ciertos pasajes instrumentales) como de absorverte sin remedio. Insanamente intenso y seductor a ratos; errático y autoindulgente en otros tantos momentos. Merecedor de atención en todo caso.

Luis M. Rguez

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