Sister Kinderhook Sister Kinderhook

Álbumes

Rasputina RasputinaSister Kinderhook

8.1 / 10

Rasputina Sister KinderhookFILTHY BONNET RECORDS CO.

Resultaría desconcertante descubrir, a estas alturas del partido, que el personaje de cómic creado por Hugo Pratt e integrado dentro de las sagas de Corto Maltés, Rasputín (físicamente calcado a su homónimo en la vida real), tuviera una hija como Melora Creager (también podríamos llamarla Matryona Grigorievna Rasputina, la hija real del Rasputín real). Probablemente veríamos a un personaje feminista contrapuesto a la misoginia y a la necesidad drogadicta de matar de su padre. Y probablemente Hugo Pratt hubiera hecho de Rasputina una mujer de armas tomar y etérea al mismo tiempo, encantadora (a nivel casi animal), aventurera y exótica y de diálogos francos y dolorosos. Y a pesar de todo, esta Rasputina comiquera nunca habría caído en los tópicos más fáciles. Como tampoco lo hace, huelga decirlo, Melora Creager. La líder de Rasputina, la banda enamorada de la época victoriana (y de sus trajes y de sus sucesos históricos, guerras incluidas), toca el violonchelo desde los nueve años, tiene formación clásica al respecto y diseña joyas de manera profesional. Montó la banda (en la que las violonchelistas siempre han sido mujeres hasta la incorporación de Daniel Dejesus) y luego descubrieron que todos habían ido exactamente a la misma guardería de pequeños. Creager ha tocado/teloneado/acompañado en directo a bandas tan dispares como (cojan aire ahora) Nirvana, Ultra Vivid Scene, Screaming Trees, Pixies, Marilyn Manson o Belle & Sebastian. Este “Sister Kinderhook” es su sexto trabajo de estudio y ya han publicado tres álbumes en directo. ¿Y qué hacen? ¿Cogen un manual de historia del siglo XVII y se inspiran con anexiones británicas, colonianismos varios, guerras de entretiempo y estilos de vida pre- american way of life y pre-cocacoleicos? Pues va a ser que sí.

Durante los conciertos de Rasputina no se sorprendan si no encuentran las guitarras: su “rock” está cerquísima del de Edison Woods y Rachel’s. Un puñado de violonchelistas (la última “a” de la palabra, recuerden, es más femenina que Miranda Kerr) vestidas con trajes de época les explicarán historias de antaño, ya sea pura crónica americana ( “The 2 Miss Leavens”, oscura, con cellos trazando ritmos y coros temblorosos), ya sea un cuento de hadas con niños salvajes sin domesticar en el papel principal ( “Snow-Hen of Austerlitz”, uno de los temas de producción más simple y delicada). Incluso hablarán sin tapujos de la guerra Helderberg de 1840 (en “Calico Indians”), la de la protesta social que liaron parda los agricultores de Nueva York contra las leyes semifeudales para el alquiler de sus tierras. No hay miedo. No hay pánico escénico. No hay complejos para Rasputina cuando se trata de hablar del pasado del pasado. Tratemos de ver la obra en conjunto: un puñado de chelos lamentosos y en ocasiones terroríficos (en “Sweet Sister Temperance”), desnudez generalizada cubierta pulcra y dignamente con coros en los últimos minutos (por ejemplo, en “Afternoon Of The Faun”) y casi siempre lo que hubiera dado de sí Nina Nastasia con una orquestación competente a su vera (algo apreciable en “Humankind, As The Sailor”).

Que levanten la mano los prejuiciosos, por favor. No es un disco feminista ni de estereotipos sociales. Da la casualidad de que durante la época victoriana la revolución industrial y el avance en derechos fundamentales no evitaron la coexistencia de clases altas y bajas entre la población, y que los obreros y las mujeres, por ejemplo, subsistieran como buenamente pudieron. En “Kinderhook Hoopskirt Works”, una producción bella esconde una historia de explotación laboral y otras sórdidas actividades y reacciones psicológicas por parte de los trabajadores. La atmósfera del último trabajo de Rasputina, pues, es sincera y envolvente. Abundan los claroscuros emocionales. En “This, My Porcelain Life”, los jugueteos vocales y pianísticos terminan con una sensación que bascula entre la depresión asustada y la esperanza tímida. Creemos ver rostros humanos sin afeitar y jóvenes muchachas de baja alcurnia con un brillo de esperanza en los ojos en “Utopian Society”. Y lo mejor de todo: el conjunto incorpora también experimentos como la pieza instrumental “Olde Dance”, el olor country de “My Night Sky” y, ya apartándose totalmente de las temáticas del 1800, la posibilidad de que los gigantes existieran de verdad y se liquidasen entre ellos en un genocidio mundial que no sale en las enciclopedias (un “Shadow Of The Colossus” visceral, vamos) en la melodía de “Holocaust of Giants”, que parece mainstream pero luego resulta estar enfocada con la lupa del retorcimiento gótico. Si suspendieron historia, es su disco. Si la aprobaron, pues, sencillamente, también.

Jordi Guinart

Rasputina - Holocaust of Giants

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