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Silence Silence

Álbumes

Monolake MonolakeSilence

7.4 / 10

Monolake  Silence MONOLAKE / IMBALANCE COMPUTER MUSIC

Quien haya seguido con detalle la carrera de Robert Henke al frente de Monolake no podrá nunca decir que es éste un proyecto exclusivamente techno. Es cierto que los mejores momentos servidos por el berlinés y sus asociados –Gerhard Behles primero, ahora Thorsten Pröfrok– siempre han tenido un bombo como sostén de su arquitectura, pero en realidad de lo que se trataba siempre era de un doble juego en el que se trenzaban texturas propias de la música de club con otras de la esfera del audio experimental –ambient, acusmática, noise y field recordings, mayormente–. Ya en fecha tan lejana como 1999 apareció el sumergido y gélido “Gobi. The Desert Ep”, en el que no había ni 4x4 correoso ni intención ninguna de soltar el bombo como se puede aflojar la correa de un perro: era ambient en compresión, como las aguas de un lago frío o las arenas de un desierto helado, como las de ese asiático y terrible que tantas veces se le atragantó a Marco Polo. Pero también es cierto que, en fechas recientes, cuando Robert Henke tenía que exprimir techno se calzaba el uniforme de Monolake, y que cuando se decantaba por lo experimental se quedaba con el nombre propio, más que nada por no confundir las cosas. Simple formulismo, no había nada raro, sólo dos caras de una misma moneda.Por eso, ahora sí resulta raro que “Silence” aparezca firmado como Monolake. No que lo haga Henke, sólo faltaría, sino que opte por la otra firma. Hay una leve tensión rítmica aquí, y lo que manda es la brisa suave de esa electrónica a chispazos que lo cubre todo como una sábana, como una atmósfera demasiado cargada de iones: es un disco naturalista ya desde la foto de la portada –un camino, un árbol, un otoño–, mientras los otros se sostenían en un grafismo tirando a abstracto. También es un disco sobre la tierra además de sobre el aire –o sea, sobre el aire porque levita, y acerca del aire, porque hace levitar–, y por eso Henke lo plaga de muestras grabadas en parques y otros entornos naturales, en yermos y enclaves en los que el hombre no pisa y el silencio sepulcral reina. Como aquel capítulo de El séquito en el que Vinnie Chase y sus colegas se van al Parque Nacional de Joshua Tree para buscar inspiración en la natura y en un trip de ácido, Robert Henke ha hecho lo mismo –o sea, hay partes grabadas en el mismo parque– en busca del silencio absoluto y la música que sólo puede brotar de las rocas y los matojos. También es como “Gerry”, la película de Gus Van Sant: el duelo entre lo salvaje y la pequeñez humana, que puede resolverse con inteligencia y viviendo, o con torpeza y muerto de sed.En relación con el grueso de la producción de Monolake, “Silence” puede ser un paso atrás, ya que maxis como el reciente “Atlas” (Imbalance, 2009) mostraban a Henke y Pröfrok tonteando con el dubstep, y el algo más lejano “Alaska / Melting”aproximando los lenguajes de Villalobos, Surgeon y Basic Channel en el mismo conjunto: ahí se estaba cociendo una nueva fase de progresión en el techno europeo. Así, “Silence” nunca puede ser una obra maestra, ya que en la propia dinámica Monolake es una regresión hacia terrenos puros como los del arte sonoro y los sonidos de campo, con aliciente clubber lateral por momentos, pero sin hincar el diente en la yugular para sacarle toda la sangre posible a un lenguaje que no se caracteriza por su alta capacidad de transformación. Pero veámoslo desde el ángulo inverso y adentrémonos en los paisajes de “Far Red”, “Watching Clouds” o “Internal Clock”. Es el disco de Robert Henke que tendría que haberle tomado el relevo a la instalación “Atom / Document” (2008) y a “Indigo_Transform”, obras de calado más serio pero resultados más conservadores, sólo interesantes para quien aspira a atiborrar sus estanterías de ambient quebradizo y música experimental para galerías de arte. En ese sentido, “Silence” añade una vena marchosa y una ampliación del plano de observación mucho más interesante y arriesgado, pues introduce en la batidora por igual el extremo estático de la escuela Basic Channel y a la vez el puro y solemne, y todo eso sin resultar ni frívolo ni pedante, equilibrando intenciones y maximizando el rédito. Pero como no puede ser que por una cuestión de nomenclatura –¿Monolake o Robert Henke? A tomar por culo, tanto da– se subaste una nota arriba o abajo. La suya es la que le corresponde: un notable alto, merecida para un artista que busca, se mueve sin cadenas y, generalmente, encuentra tesoros enterrados. Aquí ha encontrado paz. Paz nerviosa, que aún es más raro.

Javier Blánquez

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