Sigh Sigh Top

Álbumes

Valentin Stip Valentin StipSigh

8.4 / 10

Hasta la publicación de “Sigh”, la carrera de Valentin Stip estaba limitada a varios cortes sueltos y un par de maxis en Clown & Sunset -uno en 2011, “Anytime Will Do”, y otro el año pasado, “Angst”-, donde ya se empezaba a perfilar su mundo de turbulencias, espacios inmensos y deslizamientos lentísimos por los vórtices de la música de baile que aquí afloran en plenitud. De Clown & Sunset ha pasado a Other People, lo que significa que sigue bajo el ala de su descubridor y benefactor, Nicolas Jaar, con quien comparte determinados rasgos en común: primero, la juventud insultante -Stip tiene 21 años; nació en Francia y de adolescente recaló en Nueva York, donde conoció a Jaar-, y segundo el gusto por disimular beats de baile en medio de una sopa hirviente de ambient, IDM y sonidos orgánicos, ya sean provenientes de instrumentos clásicos como el piano o de grabaciones de campo (“de pequeño escuchaba los sonidos de las jarcias golpeando los mástiles de los barcos al entrar al puerto, y ahí me di cuenta de que cualquier sonido que oigas es música potencial”, dice). Su música es íntima y cósmica a la vez, en “Pendule” suena, por ejemplo, como el latido del corazón del universo: este disco admite metáforas grandiosas porque su sonido es voluntariamente abierto a lo desconocido.

El poco recorrido que ha tenido Valentin Stip como músico es el que quizá obliga a examinar “Sigh” con una cierta prudencia, hay un instinto de contención para no dejarse llevar de manera precipitada por el entusiasmo y echar las campanas al vuelo. Pero el álbum en sí se apodera de uno como un veneno dulce: con tranquilidad invariable, Stip va lanzando pulsaciones metronómicas que hacen que la música se mueva alrededor de un ritmo rígido, pero nunca rápido, y sobre esos beats que parecen una versión aún más minimalista de la música de Pole -un dub congelado, reducido a estalactitas hechas de bleeps en vez de hielo- es cuando él dispone los ambientes a su gusto. El disco comienza amplio y sideral, como mirar al cielo de la noche (¡la portada!): hay un fondo de oscuridad, pero lucen millones de estrellas. Está en esa escuela que empieza con Brian Eno y Harold Budd, que pasa de puntillas por la new age, y se siente cómoda el boom del ambient de los 90 (algo de Solar Quest, de The Orb y The Irresistible Force). Es probable que Stip no haya tenido nunca acceso a la música de estas bandas, quizá sea un hijo bastardo de la texturología y el aislacionismo, pero comparte ese gusto por los paisajes artificiales y delicados. A partir de “Aletheia” se descubre la conexión con lo mejor del sello Tri Angle (como una pieza de Forest Swords llevaba a Egipto, con sonidos de minaretes y vasijas ancestrales), tanto en lo bello como en lo envolvente ( “Aveu”, con un loop de guitarra tímido entre poderosos efectos dub y voces angélicas) y el más tenebroso de The Haxan Cloak ( “****”). En este desarrollo, un momento como “Regards sur l’Enfance (I et II)” suena fuera de contexto, demasiado meloso para un momento en el que empezaba a bullir el mal rollo, pero “Sigh”, el último corte, corrige la tendencia y concluye el disco con la misma mirada a la inmensidad del comienzo: son 10 minutos de ambient subacuático, con sonidos que parecen resonancias de sónar, con un piano fúnebre esparciendo notas en tonalidad menor: a ratos recuerda al “Waiting for Cousteau” de Jarre, pero nunca tan blando ni tan monótono.

Nicolas Jaar hizo algo parecido en su debut largo, “Space is Only Noise”: construir una maravilla ambient a partir de un rastro perdido de unas migajas de house. Valentin Stip hace lo mismo sobre la pista de unos latidos dub prácticamente apagados, apaciguados por el tiempo, y queriendo huir hacia espacios misteriosos y poéticos. Poco a poco, este disco va calando dentro, dejando un rastro de emoción tardía, pariente próximo del “Held” de Holy Other. En el momento inmediato quizá no tenga un efecto demoledor porque lo que duelen son las últimas vibraciones del eco, nunca el primer golpe, y las atmósferas calan en el recuerdo cuando ya han transcurrido siete minutos de sosiego. Pero cuando concluye, es como un ectoplasma amable: se queda en la habitación, posee el tiempo y el aire, y reclama su atención. Es cuando lo vuelves a poner. Y en la nueva escucha te admiras aún más por su fragilidad, por su efecto lacrimógeno sutil, por su misterio, por combinar el miedo al vacío con el amor al alejamiento. Hay que apostar muy fuerte por “Sigh”: uno de los mejores discos ambient de los últimos tiempos se esconde entre sus surcos.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar