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Álbumes

Grizzly Bear Grizzly BearShields

8.8 / 10

“Sleeping Ute” y “Yet Again”, los dos fenomenales avances de este cuarto largo de Grizzly Bear, hacían presagiar un álbum más convencional que los anteriores, siempre que aceptemos “convencional” como término válido para describir la música de los neoyorquinos... Informaban del viraje hacia un rock imposible pero menos, una teoría que se confirma escuchado al completo “Shields” y que nos hace entender por qué los temas del EP “Silent Hour / Golden Mile” que Rossen entregó a principios de año no entraron en este tracklist: estaban aún demasiado engarzados en el pasado inmediato del grupo.

Otra teoría, esta no tan clara, es la que muchos sostienen alegando que “Shields” debería haber sido editado antes de “Veckatimest” (2009). En mi opinión, y dejando de lado el abstracto poderío con que temas como “The Hunt” o “What’s Wrong” reciclan aquí los vaporosos presupuestos de aquella obra maestra, el cuarto trabajo de Grizzly Bear no responde más que a una lógica evolución dentro del grupo. De hecho, es un álbum que necesitaba de las conquistas de su predecesor para aprender a nadar por sí mismo, ya que donde aquel rebajaba en grandes dosis la viscosa caligrafía de “Yellow House” (2006) este aprende a refinarla aún más para convertirse en ese trabajo realmente accesible que Droste y compañía estaban llamados a firmar.

Así, en 2012, la banda que alguien describiera en su momento como “los Tortoise del indie-pop” quedaría mejor bautizada como “los Radiohead del renacer psicodélico”. Las lecciones que aprendieron del grupo de Oxford en su gira conjunta por Estados Unidos durante el verano de 2008 ya asomaron en entregas anteriores, pero ahora se plantan sobre la mesa con destreza de cirujano en temas como la mencionada “Yet Again” –una pica en territorios conquistados por discos como “Hail To The Thief” (2003)–, situándoles espiritualmente muy cerca de otros especialistas en eso de hacer florecer al rock en laboratorio como podrían ser Mark Linkous o Jim O’Rourke. De todos modos, la comparación con Radiohead es la que provoca la lectura más interesante de todas, ya que además de la riqueza creativa que comparten, arroja luz sobre un interesante debate que plantea si Grizzly Bear llegarán o no algún día a llenar estadios. Si conseguirán, como aquellos, ser un grupo que hermane la reverencia de los críticos con el fervor de las plateas. Con el primero de los factores ganado desde el minuto uno, “Shields” es susceptible de jugar un papel decisivo en dicha empresa y hacer morder el anzuelo a un público masivo, aunque su receta siga encerrando un componente tan arty que nos impida pensar que así sea.

Valga todo esto para cuestionar que los de Brooklyn difícilmente lleguen a ser más grandes en términos comerciales de lo que son hoy en día, pero también para aplaudir los méritos conquistados hasta el momento. Es realmente gratificante ver cómo un proyecto nacido de una semilla tan aislacionista como “Horn Of Plenty” (2004) haya acabado enamorando al circuito underground con una propuesta tan elegante, original y relamida. De aquí en adelante, Grizzly Bear podrán seguir creciendo hacia los lados o expandirse en la dirección que decidan, y nadie duda de que entregarán sin esfuerzo una cuarta obra maestra. Pero a duras penas lograrán superar en altitud cotas más hermosas al servicio de la canción pop moderna que las ya alcanzadas.

Con todo lo lúcido y cohesivo que resulta, “Shields” es, también, un ejercicio de prudencia. Un disco basado en las mismas premisas estilísticas que los anteriores, pero más metódico también, un disco en el que no han querido dejar de probar cosas nuevas (Droste, por ejemplo, ha escrito por primera vez letras para Rossen y viceversa), aunque lo que hayan decidido priorizar sobre todas las cosas sea la superior calidad de unas composiciones tan bien escritas como formalmente trabajadas. Construidas sobre robustos andamiajes –el beat radiante de “A Simple Answer”, esas guitarras que amortiguan el estribillo en “Speak In Rounds”, las cuerdas lloronas y los coros fantasmales de “Half Gate”–, son canciones en las que la melodía encuentra siempre el arreglo ideal que la embellezca, en las que el giro misterioso las sigue convirtiendo en inescrutables aún pasadas las escuchas. Canciones majestuosas y delicadas como el plateado cierre de “Sun In Your Eyes”, auténticas delicatessens todas ellas sólo al alcance de gigantes de esta altura.

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