She Read The Wrong Book She Read The Wrong Book

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Arbol ArbolShe Read The Wrong Book

7.8 / 10

spa.RK

Miguel Marín es uno de esos artistas que ejemplifican que esto de la música tiene que ser, necesariamente, una carrera de fondo, donde las cosas suceden en orden, con tiempo de por medio, apelando a la paciencia y al aprendizaje. Obsesionado como está todo el mundo por la novedad y el estímulo rápido, muchas veces se tiende a olvidar que los artistas de verdad tardan años en encontrar su verdadera voz y en alcanzar una jugosa madurez. Ni siquiera Mozart, por poner un ejemplo extremo, escribió sus mejores piezas con 20 años –aunque ya con 20 años se orinara ruidosamente en sus contemporáneos y en sus homólogos futuros, pero eso es otra historia–, y Marín, que no es Mozart pero sí es un autor honesto y sin trampa, ha requerido de casi una década de maceración y curtimiento para llegar a “She Read The Wrong Book”. Al comienzo, recordarán los más talludos, estuvo en Sr. Chinarro, tocando la batería a horas perdidas. Se fue a Londres después y se enroló en la mejor formación de Piano Magic; todavía llevaba unas rastas poco favorecedoras. En aquella desazón londinense, lejos de su casa y su familia en Sevilla, nació Arbol –sin tilde–, y su relato comienza de verdad.

Arbol era, en su primer estadio, un proyecto electrónico, intimista y bisoño en 2002 –primer álbum homónimo en Indus Sonica–, y se fue alimentando de más instrumentos y más aromas, sobre todo del post-rock, en los siguientes álbumes, “Dreams Made Of Paper” (2005) y “You Travelled My Heart Inside Out” (2007), donde ya se le notaba el afán por llegar a un sonido que, por reducirlo a una sola palabra que ayude a entender la idea, diríamos cinematográfico: más violines, más desarrollos dramáticos; de hecho, entre disco y disco, Marín ha ido componiendo bandas sonoras aquí y allá, incluso una imaginaria –aunque inspirada en la película taiwanesa “Goodbye, Dragon Inn” (2003)– junto con Fibla en “Bu San”, que fue su introducción al sello spa.RK, del que ya es parte irremplazable de la familia, su otra familia, la de Barcelona. En definitiva, todo este camino de más de diez años es el que conduce, de manera lógica, a “She Read The Wrong Book”, un disco que sólo podía existir si se daban todas esas condiciones previas: la melancolía de estar siempre lejos de casa, el sueño de escapar –aunque sea utilizando la música como alfombra mágica–, las personas que ha conocido y que le han dejado huella, el trabajo constante, el marcarse una meta y el seguir el dictado de su corazón. Llegados a este punto, el Arbol de 2012 no es el Arbol de 2002: lo que antes era un tallo joven y tierno ahora es un tronco robusto con una copa frondosa, un laberinto de verdor en el que, husmeando entre sus ramas, aparecen los frutos del tiempo: un tipo de música que resume todos los estadios previos de su crecimiento –en efecto, Arbol ha aumentado formando anillos– y que ha depurado su estética hasta hacerla bella, ordenada y emocionante.

Este trabajo enternece, básicamente. En su esencia, “She Read The Wrong Book” es una colección de soundscapes, paisajes sonoros que podrían servir para una película –aunque no están atados a ninguna imagen concreta– en los que se disponen tres ingredientes variables: las voces de Bridget Fiske, Daniel Brilbrey, Eri Makino, Suzy Mangion y Teresa Navarrete (aunque el disco jamás adopta abiertamente la forma del pop, ni siquiera en “In This Castle”, con Evangelia Maravelias, la pieza más reconocible como “canción”), la abundancia de cuerdas y la electrónica como enigma. Marín, que empezó como batería, construye ritmos acompasados y lentos con textura fría y distante, muchas veces como el ir y venir de un péndulo, la candencia de un reloj o el trote de un caballo ( “Glass II”, y su secuela “I Remember”, son ejemplos rotundos de esta atmósfera de espera, de esa suave tensión metronómica, que muy en el subconsciente pueden recordar a momentos del “Low Birth Weight” de Piano Magic), y las armonías tienen un componente onírico, como recordadas desesperadamente tras despertar y casi perderlas, sin acabar de reconocer toda su silueta, esa sensación que se escurre entre los dedos como agua, y ahí está “Mermaid” para atestiguarlo. Cuando hay melodías (y no hay voces), parece como si fuera una sinfonía de music boxes, y encima de todo eso hay cuerdas –el cello de Björt Rúnarsdóttir–, que acaban de vestir con ligereza, pero de gala, el conjunto de la cosa.

Sin embargo, “She Read The Wrong Book” no sería el mejor disco de Arbol, ni el más logrado hasta la fecha de Marín –y hay que decir hasta la fecha porque su universo sigue en expansión, y algún día quizá se anime a editar sus experimentos con el flamenco (su segundo apellido, recuérdese, es Pavón; para quien sepa de jondo no hay más que decir, su linaje es ilustre)–, si no fuera por los detalles. Sus atmósferas no son planas, y de tanto en cuando se arremolinan y todo repunta en instantes de inspiración sobresaliente: por ejemplo, la cascada dramática, dolorosa, de las cuerdas de “The Sea”, que conduce como el curso de un arroyo al culmen de “Koen”, un encuentro entre el minimalismo americano –vía Steve Reich– con ese tipo de ritmo forestal y orgánico que se encuentra en las canciones de Fever Ray, o la manera de cerrar el post-rock de manual de “My Name Is Pony” con una coda espectral de cuatro minutos donde sólo se oyen respiraciones, ecos, olas, percusiones de revólver, la voz de Bridget Fiske repitiendo la frase “it’s about that moment when you look at a picture” con desgana mecánica y unas notas de sintetizador gélidas que parecen sacadas de un álbum de Biosphere. Momentos especiales que llegan cuando han de llegar, aunque la espera se prolongue una década; esperas que merecen la pena si Arbol, como hoy, ha sabido recompensarlas.

Javier Blánquez

Arbol - My name is Pony

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