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The Knife The KnifeShaking The Habitual

9.2 / 10

En los siete años que separan “Silent Shout” (2006) de “Shaking The Habitual” han pasado demasiadas cosas en el entorno de The Knife que no deben pasarse por alto. Muchas más, al menos, que las que acontecieron en el lapso que separaba “Deep Cuts” (2003) de “Silent Shout”, que básicamente se redujeron al éxito, en plena vorágine de revival del synth-pop, de la canción “Heartbeats”, con el bonus añadido del remix de Rex The Dog. En estos últimos tiempos, en cambio, el dúo sueco ha tenido tiempo de componer y producir una ópera ( “Tomorrow, In A Year”, de 2010), y de desarrollar dos proyectos en solitario sin los cuales no es posible comprender el giro en el sonido que se exhibe en este nuevo álbum desconcertante. Lo de Fever Ray es sobradamente conocido: Karin Dreijer partió de la idea inicial del sonido de The Knife –pop aparentemente fácil envuelto en sonidos aparentemente difíciles; en “Silent Shout” la fórmula se podría resumir a la suma de Björk + techno minimalista, y en “Fever Ray” a Björk + ambientes góticos–. De lo que se tiene menos constancia, precisamente porque su naturaleza siempre fue underground y camuflada bajo un anonimato intransigente hasta que finalmente se destapó el misterio, es de Oni Ayhun, una derivación del sonido de Olof Dreijer hacia lo más arcano del techno y el house del final de década, condensado en cuatro únicos maxis editados entre 2008 y 2010 muy unidos en cuanto a concepto e intención a francotiradores como Kassem Mosse o Actress. Aunque pueda parecer que el laboratorio The Knife haya estado prácticamente cerrado durante casi una década, ha sido todo lo contrario: los Dreijer no han dejado de experimentar y progresar, y a esto hay que añadir su ingreso en la universidad –tal como explicaban a Sam Richards en The Guardian– para acudir a cursos sobre teoría queer.

Este detalle no puede pasarse por alto, porque incluye varias de las claves de “Shaking The Habitual”, un disco no precisamente lineal, ni tampoco cristalino, sino todo lo contrario. Una de las explicaciones que ofrecían los Dreijer en la mencionada entrevista es que, de igual manera que la queer theory rompe las reglas de lo que se entiende por sexualidad y dibuja un escenario de mezcla y libertad, sin roles específicos ni orientaciones delimitadas en la práctica sexual, su música ahora parte de la misma premisa: no hay nada que pueda darse por prefigurado o garantizado, de lo que se deriva el mismo título del mismo –que, libremente, podría traducirse como ‘sacudiéndose la costumbre’– y su aparentemente inconexo material sonoro. El trasfondo queer en The Knife es más a efectos filosóficos que no políticos, su misión es la de transmitir la idea de que no hay reglas, y no tanto animar a un cambio activo de las mismas. Pero sobre todo es importante en las conexiones sonoras que establece con algunos artistas de ayer y hoy que han formado parte de la rama queer de la música, ya sean Diamanda Galás –algunos registros agudos a los que alcanza la voz de Karin remiten a ella–, Pauline Oliveros o Terre Thaemlitz.

Más allá de eso, “Shaking The Habitual” discurre de una manera aparentemente deshilvanada, pero coherente consigo misma si comprendemos que The Knife ya no es ni será nunca más un grupo de pop electrónico sueco con gorgoritos a lo Goldfrapp / Björk y producciones al estilo de Plastikman o Sleeparchive, y por lo tanto una célula de experimentación radical que busca acomodo entre el público consumidor de avantgarde y lejos del indie, que funciona casi siempre a partir de la identificación con estereotipos. De este modo, el disco se sustenta sobre tres patas, una continuista, otra progresista y una tercera decididamente terrorista, y que en sus justas proporciones dan la medida y la fórmula de un trabajo sin comparación en los últimos tiempos. La rama continuista es la de canciones como “A Tooth For An Eye”, “Without You My Life Would Be Boring”, “Raging Lung” o “Ready To Lose”, que bien pudieran ser descartes del material primero de Fever Ray o nuevas piezas de Karin todavía compuestas bajo la influencia de esa percusión tan Sakamoto, como de sonidos de madera contra metal, y de referencias étnicas –nepalíes, africanas– que brotan en toda su magnificencia en “Wrap Your Arms Around Me”, cuatro minutos tóxicos de ambient tupido y apretado en el que Karin parece querer simular la voz poderosa y mistérica de Lisa Gerrard, de Dead Can Dance. Son momentos que conectan el nuevo material con el antiguo de “Silent Shout”, que permiten no romper la línea temporal ni tampoco quebrar la confianza de los viejos seguidos desprevenidos, razón única por la que “A Tooth For An Eye” –canción magnífica que, en el contexto del disco entero, se manifiesta finalmente como la más vulgar– es la primera de todas en asomarse.

Donde “Shaking The Habitual” da un salto es en los fragmentos que suenan a producción de Oni Ayhun con acompañamiento vocal. El mejor momento de todo el largo recorrido (casi 90 minutos de impactos sensoriales) es “Full Of Fire”, donde Olof erige una pared de beats que, sin variar el tempo, se permiten variaciones en acentos y texturas de fondo, con melodías esquizoides, basslines durísimas y un final que parece beatboxing, con Karin sustituyendo la muralla techno por ritmos construidos con su propia boca: técnicamente, es como llevar el minimalismo de Pan Sonic o Daniel Bell a un territorio pop desconocido sin perder ni en intención maligna –la crudeza con la que despuntan los bombos y las cajas es comparable a “Warm Leatherette” de The Normal, como acertadamente ha apuntado un puntal de esta santa casa– ni en funcionalidad bailable, y no sería extraño escucharla (vía edit o lo que sea) en una sesión de Matthew Dear o Ricardo Villalobos. El efecto Oni Ayhun se extiende por “Stay Out Here” y la brutal “Networking”, electro subido de pistonada no muy lejano a lo que fabrica DJ Stingray en sus momentos más brutos.

Si “Shaking The Habitual” sólo fuera esto, sería una progresión aceptable y admirable del modelo “Silent Shout”: tempo más alto, experimentaciones con el ritmo aun conservando la proximidad con el pop. Pero The Knife es una pareja que ha compuesto una ópera –de resultados discutibles tanto en lo escénico como en la partitura, pero eso no minimiza ni la audacia ni el riesgo– y que lleva tiempo deseando meterse en territorios desconocidos y lenguajes radicales, y de la misma manera en que la teoría queer suprime las leyes de la sexualidad, este álbum quiere romper todas las barreras entre géneros colando casi de buenas a primeras una rodaja de nueve minutos de dark ambient de alta densidad que sería más lógico encontrarse en sellos como Type o Digitalis ( “A Cherry On Top”), primer aviso de los 19 minutos de aislacionismo de “Old Dreams Waiting To Be Realised” que se insertan justo en el corazón del álbum, en su mismo centro, una prueba de iniciación en la que resuenan Edgar Varèse, Pauline Oliveros y AMM y que procede a la selección natural entre los valientes y los cobardes, entre los fans asustados por el reto (e incapaces de entrar en zonas auditivas de extrema complejidad) y los que decidan saltar al vacío a ciegas. Es a esos a quienes, casi al final, se les obsequia con un ejercicio de música concreta a lo Pierre Henry en “Fracking Fluid Injection”.

En la idea de partida para “Shaking The Habitual”, The Knife sabían que la dificultad no era negociable. Aunque las canciones y las letras sigan siendo un ingrediente de su creación –sería absurdo renunciar a un activo tan importante como la voz expresionista y deformante de Karin–, el objetivo para ellos ya no es escribir pop, o no únicamente. Han entendido –quizá gracias a la experiencia de la ópera– que la música puede ser una substancia fluida sin un centro lógico, que evoluciona y adopta formas y leit-motivs, picos y simas, como una adaptación a lo electrónico de la idea líquida de la música propuesta por Wagner en el siglo XIX. Música sin un orden predecible, sin una ley que obedecer, sólo la de buscar siempre lo desconocido y mirar hacia delante. Podría decirse que “Shaking The Habitual” se sitúa cerca de discos como “Homogenic” (1998) y “Kid A” (2000), en esa categoría especial de obras maestras pop que han servido para divulgar la vanguardia electrónica y académica, pero The Knife van por otro camino: parecen querer situarse aún más lejos e intentar explicar, muy vagamente, al público más radical de la electrónica lo que es el pop, propiciando un tránsito hacia el centro desde el extremo opuesto y más lejano. Motivo de frustración para muchos fans que había dado ciertas cosas por supuestas y ahora se topan contra una escarpada pared, sin duda. Pero nadie dijo que esto fuera fácil.

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