Seven Seals Seven Seals

Álbumes

James Pants James PantsSeven Seals

7.4 / 10

James Pants  Seven Seals STONES THROW – COOP SPAIN / NUEVOS MEDIOS

Me gustan los cantantes que ponen voz de romántico afectado adicto a los Valiums para perro. Pero me gustan más los que lo hacen para partirse la caja. James Pants gasta esa dicción, como si fuera el líder torturado de, pongamos, unos Joy Division, pero lo bueno de toda esta farsa es que no lo hace porque sea el clásico gay reprimido (y deprimido) con flequillo nazi, bigote irónico y pantalones megapitillo. No, hijo, no. Lo suyo es simple y puro choteo disfrazado de trascendencia; un chiste de bar de polígono explicado como si fuera un mensaje apocalíptico. Basta con ver algunas de sus fotos: blanco como el requesón, con unos 10 kilos de más, papadón ( preach), tofa capilar escondiendo entradas, cara de gilipollas, gafas de funkster y sonrisita freak. Un weirdo de padre y muy señor mío.

Su visión distorsionada del legado negro y sus pedetes de electro-funk-pop-postpunk para cabras montesas de Marte encajan perfectamente en las nuevas estanterías de Stones Throw, sello que parece haber encontrado acomodo en los híbridos de retropsicodelia y electrobeats enajenados. Jaime Pantacas es un freakérrimo, no le quepa la más mínima duda a nadie. Lo demostró en su puesta de largo en el label de Peanut Butter Wolf –el notable “Welcome”– y lo vuelve a hacer ahora, pero con los decibelios de monguismo bizarro por las mismísimas nubes. “Seven Seals” es un disco de habitación con paredes acolchadas y camisa, qué coño camisa, camisón de fuerza. El viejo Pantalones se lo ha ganado a pulso. Según cuenta el interfecto, este álbum es el producto de horas y horas de lecturas místicas, ocultistas y filosóficas. El tipo seguramente pensaba que Dan Brown había escrito el Nuevo Testamento y, en una noche de ingesta de Panaeolina Foenisecii y cáñamo tibetano, quedose patidifuso ante las magistrales líneas del Apocalipsis, una influencia básica sin la que sería imposible entender este entrañable galimatías de guitarras chirriantes, electrónica lo-fi, sintetizadores de mercadillo, gorgoritos cavernosos y lisergia de serie Z. Parece coña, pero no lo es, palabra.

Con el “azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorr…” tatuado en la punta del prepucio, una túnica estilo Niños de Dios tapando las vergüenzas y los cojones de toro que El Santo Pastor le ha dado sobre la mesa, el de Spokane (Washington) se saca del sobaco una miasma de beats esperpénticos, instrumentación real que parece grabada en un garaje de Cádiz, voces de cartoon con aires new romantic, cajas de ritmos descatalogadas y sintetizadores ochenteros para dar y vender. El pastiche no está hecho evidentemente para los que se toman esto de la música en serio, para los que sólo escuchan folk de granjeros o se creen que Bill Callahan escribe las canciones pensando en ellos. Los que consideran que el humor es muchas veces arte, incluso en la música, sacaran más espumarajos que un potranco epiléptico.

Bendito loco. “Wormhole” es como si Depeche Mode se dedicaran de pronto a hacer bandas sonoras para películas giallo. “Thin Moon”, el mejor corte del cancionero, arrasa con un sintetizador cósmico que no para de dar por culo y un Pants moviendo el cucú a lo Prince, amarrado a un falsete negroide que huele a coca. Lo de “Not Me” es para atarse un cordón a los testículos y dejar que se pongan morados hasta pudrirse: tecno-pop gáyer, efectos de película gore de principios de los 80, guitarras surf saturadísimas y susurros depresivos. Brutal. Incluso en los temas más decididamente oscuros, como “I Promised I Lied”, encuentra el oyente motivos para la risa, como los increíbles sintes estilo “Mars Attacks!”. El tipo está sembrado en casi todo el LP; hasta cuando se pone rollo disco – “Now, Let Me Brush You”– le sale un delicioso engendro de rap ochentas, con el mismo ruido que la máquina de humo de Studio 54 y enanos saltimbanquis a lo Orquesta Mondragón. De todos modo, a mí me pirran los momentos más outsiders, con caja de ritmos antigua, sonidos estridentes y pulsiones punkies: “I Live Inside An Egg” es como si los Sex Pistols hubieran grabado la sintonía de los Munster y en “I Saw You”me recuerda a ese mítico grupo llamado Sukia, que tanta gloria nos dio en los noventa y cuyo paradero es más incierto que el de la hija de Al Bano. Una lección de locura artística, socios. Diarrea digital de la buena para pasar un magnífico rato. De acuerdo, Jaime Pantalones está como una santa chota, pero creedme, dadle hueco, que habiendo hueco, el yaaaaa…

Óscar Broc

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