Serotonin Serotonin

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Mystery Jets Mystery JetsSerotonin

7 / 10

Mystery Jets  Serotonin ROUGH TRADE

Blaine Harrison siempre ha prometido más de lo que nos ha dado. Cabeza visible de una banda que más parece un intento de dejar que el crío haga de una maldita vez lo que quiere (y esto es, dejar de golpear su batería con el único fin de imitar a Dave Grohl) que una banda en sí misma (Blaine enroló a su padre y a su mejor amigo en un primer proyecto bizarro llamado Mistery Jets, que no pasó de proyecto, pues por entonces Blaine tenía apenas 12 años, más o menos la misma edad que tenía su mejor amigo, William Rees). En cualquier caso, Blaine se salió con la suya allá por 2006 y, con un pequeño cambio en el nombre de la banda (que pasó de Misery Jets a Mystery Jets, en honor a las avionetas que surcan los cielos de Eel Pie Island, el bucólico lugar en el que viven los Harrison) editó su primer disco, un irregular tratado power pop (que lo mismo tiraba de psicodélico que del punk más mainstream) llamado “Making Dens”. Qué curioso. Un año antes, justo cuando Mystery Jets empezaba a ser poco más que una reunión de padre, hijo y amigo de hijo, Pete Doherty lanzó el primer álbum de sus Babyshambles. ¿Y a qué sonaba “Making Dens”? A intento de aprovechar la ola que el terremoto Doherty acababa de provocar.

Dos años después llegó el segundo asalto: “Twenty One”, algo menos borroso que el anterior (las intenciones estaban claras: seguir puliendo su suerte de pop bailable cada vez más parecido al de Franz Ferdinand, versión menos elegante y más sucia, aunque en cualquier caso, hablamos de un buen chico que toca con su padre) pero todavía a seis pasos de la primera división. ¿Y qué ha pasado con su tercer intento? “Serotonin”, el álbum que nos ocupa, es, en primer lugar, un ejercicio de madurez del bueno de Blaine. Expulsado definitivamente el padre (Henry dejó los directos, aunque sigue colaborando en los discos) y aceptada su posición en el tablero (lo intentaron pero nunca se convirtieron en el hype que esperaban ser), Blaine ya no se contenta con telonear a Arctic Monkeys sino que ahora, además firma discos que, aunque no sean redondos, merecen un notable ajustado. Sin destacar por nada en especial (aunque "Flash A Hungry Smile", tema que recuerda y mucho al arranque de su debut, la psicodélica "You Can't Fool Me Dennis", lo haga, a su manera, como el tema que da nombre al álbum, el electrizante "Serotonin"), el disco ofrece algo más que sus predecesores. Para empezar, un arranque de altura ( "Alice Springs" está emparentado con Arcade Fire en el mismo sentido en el que a The Drums se les emparenta con The Smiths), y el cierre más lírico de su carrera ( "Lorna Doone"). Sumémosle a eso un poco de The National (a buen seguro figuran entre las bandas que inspiraron la estupenda "Show Me the Light") y los cristales rotos de "Lady Grey", corte en el que Harrison explora su lado salvaje (y a la vez romanticón), y tendremos un modesto cóctel pop de raíz rockera y espíritu adolescente.

Así pues, ¿por fin estamos ante el disco que Blaine ha estado prometiendo desde el principio? Casi. Sin duda “Dreaming Of Another World" podría ser menos espacial y más sustancial de lo que es, y "Melt" podría perderse menos en el melancólico vacío de la balada de baquetas inquietas, y, sí, definitivamente, “Waiting On A Miracle" podría ser menos ñoña (Blaine repite sin cesar que tiene un presentimiento, que lo sabe, sí, el milagro está en camino). Pero basta una escucha al tercer corte del álbum, el pegadizo "The Girl Is Gone", para admitir que, aunque la cosa va de teen spirit desatado, Blaine es cada vez menos uno del montón. Está afilando aristas y sintiéndose cómodo en un sonido que, tarde o temprano, empezará a sonar (sólo) a Mystery Jets. Tiempo al tiempo.

Laura Fernández

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