Seeds Seeds

Álbumes

Ryland Bouchard Ryland BouchardSeeds

8 / 10

Ryland Bouchard  Seeds SWIM SLOWLY

No necesita mucho Ryland Bouchard para hacer canciones. Le basta con su voz (esa voz mágica y frágil, quebradiza y conmovedora, que parece que pueda romperse en cada estrofa), una guitarra, unos pocos ruiditos, para crear esas extrañas gemas de (prolífica) excentricidad indie que lo han convertido a en uno de los geniecillos ocultos del underground americano. Instalado desde 2006 en Portland, Oregon (ciudad que lucha con la eterna Seattle y la convulsa Brooklyn como el epicentro musical americano), el que fue miembro fundador, cabeza y corazón de The Robot Ate Me, edita un disco en solitario que es mucho más que un disco: una caja de madera que funciona como arca de recuerdos, un cofre lleno de inesperados regalos hechos a mano por el propio Bouchard y que incluyen ilustraciones del artista Daniel Gibson, una camiseta y una bolsa de tela, un dvd, un póster… Un regalo lleno de regalos en el que lo que más importan son, está claro, las complejas (y a la vez terriblemente ingenuas) canciones de Bouchard. Dividido en cuatro partes (cuatro caras como si fuera un viejo vinilo doble) “Seeds” narra la vida en una casa con pinta de estar abandonada, polvorienta y llena de muebles y trastos viejos dónde el narrador (el propio Bouchard) se pasea, víctima del insomnio, del amor (o desamor) incurable, con inesperados estallidos de alegría y genialidad. Se encuentran en este disco ese cruce (im)posible entre la inmediatez retro de Buddy Holly y la deconstrucción dadaísta de Daniel Johnston en “Another Day No.1” con el folk casi pastoral que se cierra como una fantasía llena de esperanza de “Bye Bye Love No 3”; la abstracción pesadillesca de “Born In The Middle” con las distintas luces (expresionista en “Tounges”, delicadísima en “Sweetheart”, infantil en “Lover”) y unas pocas sombras (la paranoica “Loved A Girl” con las distorsiones del final; la oscuridad de “Henry The Devil”, la locura alcohólica de “Drinking”). Un disco imprescindible que alcanza, creo, la cima, en el curioso diálogo que se establece entre dos canciones sobre camas, sueños y despertares: por un lado, “Woke Up Alone” la desnuda (apenas un acordeón, un vibráfono, un pedal steel y varios ruidos) narración de la fría mañana en la casa, en la que Bouchard se pasea buscando a su amante hasta volver, desencantado, a la cama; por otro, “Awake All Night”, un insomne blues blanco en el que, para eludir la muerte, Bouchard propone eludir también el sueño. Entrar en “Seeds” es entrar en esa casa vieja y polvorienta, de madera carcomida, que parece desmoronarse por momentos y descubrir que, en contra de la propia naturaleza, ha echado raíces en el suelo. Y a ver quién la mueve de ahí. Fernando Navarro

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