I See The Sign I See The Sign

Álbumes

Sam Amidon Sam AmidonI See The Sign

8.3 / 10

Sam Amidon  I See The Sign BEDROOM COMMUNITY

El hijo-de-vaquero Sam Amidon (a veces SamAmidon todo junto) acaba de sacar un disco que, a pesar de firmarlo y cantarlo él, no es exactamente suyo. No es algo que nos pille por sorpresa. El anterior – “All Is Well”, de 2008, y primero en su actual sello Bedroom Community– era casi todo apalache. Y la verdad es que nadie se quejó. Porque si algo ha demostrado este chaval de la quinta del 81 es que versiona como pocos. Y no versiona cancioncitas, no: es capaz de olfatear el Dominio Público como un basset hound y sacar de ahí verdaderas gemas, muchas de ellas huérfanas, olvidadas, desconocidas o arrugadas, y convertirlas en lo que es, en suma, este “I See The Sign”, un compendio de alt-country y folk agradable, triste y melancólico, para tocar/escuchar en la mejor mecedora. Producido por Valgeir Sigurðsson (el islandés culpable del traqueteo de tren en “I’ve Seen It All”, de la banda sonora de “Dancer In The Dark” y creador del sello en el que este disco y otras joyas se editan) y con Shahzad Ismaily y Nico Muhly como colaboradores de lujo (de Beth Orton hablaremos más adelante), “I See The Sign no solamente es un digno pretendiente para corazones desengrasados, sino que se hace un hueco entre sus compañeros de equipo (léanse Will Oldham, el hombre de los mil álbumes y pseudónimos, y Damien Jurado) con la misma facilidad con que se escurre entre líneas defensivas Messi. Veamos por qué.

A pesar de comenzar con un tema sorprendente (por sus toques techno finales), “How Come That Blood” es el mejor ejemplo de cómo se han mimado guitarras y ritmos en este trabajo. Aquí se nos antojan como bambús selváticos entrechocándose. En “Relief” serán punteos de guitarra tan delicados como el ruido del agua de goteras cayendo en cubos. En “Rain And Snow” oiremos los acordes tan cercanos que retumbarán en nuestro cráneo. La característica principal de Amidon es, pues, un pulso firme de artistas del ramo ya cuarentones que después de un largo recorrido musical se han dado cuenta, por fin, de que no hay nada más efectivo que volver a los orígenes y darles todo el protagonismo a los instrumentos, desnudándolos y fotografiándolos con zoom. Sam Amidon no tiene una gran voz (tampoco la tienen Oldham o Jurado, y los vibratos no acostumbran a oírse por estos terrenos), y como artistazo que es convierte un supuesto desapego vocal (en la homónima “I See The Sign”) en una actuación ultranatural (tal y como lo hacía Nick Drake). Resultado: el disco suena como una grabación casera (no hay que estar muy atento para escuchar ruidos como de bobinas girando de fondo en “Kedron”), donde la autoría de los temas deja de importar y uno pasa a guiarse por las buenas sensaciones. La felicidad infantil de “Johanna The Row-Di” parte efectivamente de una canción para niños, y el aura mística y de oraciones repetidas de “Climbing High Mountains” es un gospel clásico (propio de unos The Welcome Wagon sin Dios de por medio, aunque Sufjan Stevens cada vez se le parece más). Es decir, que Sam Amidon ha logrado algo que pocos logran: transmitir las emociones correctas diciendo lo justo. Y además lo ha hecho sin hundirnos en un mar de dramatismo, sorteando la lágrima fácil con incursiones más saludables anímicamente hablando ( “Pretty Fair Damsel”, por ejemplo, es lo que habría firmado Damien Jurado habiéndose tomado antes un prozac).

Por si fuera poco, Beth Orton pone su granito de arena en algunos temas ( “Way Go Lily”, que nos recuerda a José Gonzalez, y el dueto “You Better Mind”, canción melódicamente destacada sobre las demás), y la fantástica versión de, atención, R. Kelly, la ya mencionada “Relief”, junto con el final de devaneos psicodélico-progresivos de “Red”, hacen de este disco no solamente un must have para los amantes de los artistas barbudos de voz grave y canciones tristes, sino también una caja de sorpresas completamente degustable con más colores de los que parece tener. Algo así como cuando uno descubre que hay un segundo piso en el surtido de galletas Cuétara.

Jordi Guinart

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