Schwingstelle für Rauschabzug Schwingstelle für Rauschabzug

Álbumes

Schlammpeitziger SchlammpeitzigerSchwingstelle für Rauschabzug

7.5 / 10

SONIG

Con Jo Zimmermann hay que andarse con ojo, que nunca se sabe por dónde va a salir el hombre. Como buen amigo de Mouse On Mars –el amigo freak, que ya es decir–, su lenguaje musical es una especie de juego perpetuo en el que no se sabe si va en serio o le está dando a la ironía fina, y cada disco es a priori siempre un misterio: un día te sale con cancioncillas de cuna con glitches, al otro se pone a hacer marranadas raveras con glitches y este año, igual porque está de moda o quizá porque el viento le ha dado así, se lo hace en plan psicodélico, cósmico, lo que en realidad no es tan raro, pues el bueno de Schlammpeitziger nunca ha dejado de ser un heredero, en los noventa, del sonido más alucinado del krautrock. El de Colonia, falso post-rocker rodeado de aparatejos y consolas de efectos, era de jugar como un crío con las texturas, más que con los ritmos. En él el ritmo es una cosa funcional, constante, que le sirve para preparar el viaje, que unas veces le sale surrealista de lo tonto que es –esto era más al principio–, o la mar de plácido, como si uno se hubiera dormido por el traqueteo del tren –esto era más en los temas que recogió en “Collected simplesongs of my temporary past” ( Domino, 2001) –, o juguetón sin remedio, como siempre. “Schwingstelle für Rauschabzug” tiene de todo, y todo lo que tiene es alemanísimo: hay una cosa que es como sonido cósmico vomitado por un alien ( “Bassbestie’s Blässe”) que al final le pone un violoncelo y lo deja medio folk, y otra que es como la música de un videojuego en plan reggae ( “Von Dubtisten”), y otra que es como IDM funky y rota, muy rara pero a la vez con intención de mover las caderas, como si fuera skweee escandinavo. Un disco peculiar. A veces, de tan coñón, Schlammpeitziger resultaba un coñazo. Pero aquí no. Aquí le sale todo cuco.

Javier Blánquez

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