Schattenspieler Schattenspieler

Álbumes

Marcus Fjellström Marcus FjellströmSchattenspieler

8.1 / 10

Marcus Fjellström Schattenspieler

MIASMAH

Te despiertas en el centro de una estancia vacía, a oscuras. Intuyes que se trata de un lugar espacioso, de techos altos y paredes lisas. Muros que alcanzan a producir un eco corto y frío cada vez que arrastras tus pasos para rotar sobre ti mismo. Te mueves con lentitud, con precaución extrema, falto de un normal equilibrio, como ebrio por la curiosidad y el miedo de no saber dónde te encuentras. Miras a tu alrededor, pero la oscuridad es tan densa que no consigues vislumbrar nada. Sólo alcanzas a escuchar algunos pocos sonidos. Ruidos que poco a poco van sonando más claros, llenando tu cabeza de imágenes, de escenas imaginadas. Un viejo cine sin colores, consagrado al blanco y negro y a lo mudo. Una aguja de zafiro cayendo brusca sobre la superficie áspera de un viejo disco de vinilo de surcos muy mordidos. Un proyector sólo accionado por la inercia de sus propios recuerdos, disparando cuadros de luz blanquecina contra una de las paredes de una estancia que ahora, levemente iluminada, se antoja mucho más pequeña y discreta que al principio. Al fondo crees oír motores de barco, sirenas de voz apagada y ronca, violines lánguidos que saben a éxodo, a búsqueda de las trazas de un pasado desvanecido. Tratas de concentrar tu atención sobre el área de luz que el proyector recorta sobre la pared que te queda de cara y sientes como si en el centro de aquel recuadro se empezaran a amontonar las sombras, como si los distintos haces de luz quisieran coaligarse en imágenes que tú intentas descifrar sin éxito. La escena se interrumpe después de tres minutos y medio. Ese es el tiempo que dura “The Disjointed”. Cuando la pieza se apaga y retorna el silencio, la sensación que prevalece es la de haber viajado... hacia lo oscuro.

El tercer trabajo largo del sueco Marcus Fjellström hace gala de un marcado componente visual noir. También de un atributo “espacialista”, quizás derivado de la experiencia de Fjellström en el terreno de la instalación multimedia, que hace que la música a menudo se perciba en tres dimensiones, como ligada a las características físicas de los espacios que evoca. En “Schattenspieler” (expresión equivalente a “shadowplayer”, a “ingenio tocador de sombras”, de la misma manera que Plattenspieler equivale a “tocadiscos”), Fjellström vuelve a edificar sus partituras sobre esa tierra de nadie en la que convergen la moderna composición clásica, el drone electroacústico y el ambient sombrío. A lo largo de once piezas cortas (de entre dos y cinco minutos), más sugeridas que expuestas, el sueco explora los límites entre melodía y ambiente, entre textura y singularidad tímbrica, entre congestión sonora y vacío generando un efecto, cuanto menos, altamente intrigante.

Acaba “The Disjointed” y piensas en el embrujo paisajista de Philip Jeck, en el cine de Theo Angelopoulos, en el cazafastasmas Leyland Kirby envolviendo en texturas de humor espectral los rasguños de cuerdas que Eleni Karaindrou viene firmando para los films del griego, o en un Kreng más autista y de trazos más turbios. Las cuerdas de “Bis Einer Weint” vibran en una frecuencia que no cuesta asociar con el imaginario sonoro del thriller psicológico, situándose en algún punto intermedio entre las bandas sonoras de Jerry Goldsmith o Bernard Hermann y las “Atmosferas” de Györgi Ligeti. Las voces melódicas brotan y desparecen, se deslizan con inquietud sobre una rejilla de pulsos sintéticos que parecen dibujar trayectorias rectas. Es como si esas líneas puras se reflejasen, o rebotaran, cada vez que se encuentran con una superficie lisa en su camino, cambiando de dirección y alterando con ella la proporción armónica de toda la pieza.

“Antichrist Architecture Management” se muestra menos inquietante y a la vez más obsesiva, sugiriendo sensaciones de confusión y deriva psíquica a base de cenefas electrónicas de tacto analógico, ondas sinusoidales que acaban confundiéndose con el soplo de unos vientos –oboes, se diría– que a menudo juegan a dibujar las mismas formas. Las percusiones ocasionales –sonando siempre lejanas, envueltas en ecos y reverb– y el regusto cósmico de las evoluciones sintéticas hacen pensar en un cruce entre el Benge de “Twenty Systems” y el mundo ocultista de Demdike Stare.

Pero no todo es oscuridad y noche cerrada en “Schattenspieler”. El comienzo de “Untitled 09616” representa un cambio de tono: aquí la luz que se percibe es blanca, de matices casi sacros. Piensa en Bach, en sus “Variaciones Canónicas”, pero en versión screwed, y pasa la imagen que obtengas a través del filtro degradante de Deathprod. Por momentos la pieza hace gala de una liviandad casi celeste, aunque luego la percusión venga a aportar una tensión y un desasosiego que se prolonga y magnifica en “Tremolous” (drone doom de naturaleza eminentemente acústica, levantado sobre un manto de cuerdas graves que pasarían por voces corales a la manera del “Lux Aeterna” de Ligeti) y “Monolith & Bunker” (más herrumbrosa, áspera y oscura, conectando al Ben Frost de “By The Throat” con el Iannis Xenakis de piezas como “Thallein”). Ahí comienza una suite de cuatro partes que fue originalmente concebida como banda sonora para “House Without A Door”, un film experimental del artista de origen alemán Bernd Behr. La sensación de suspense es constante a lo largo de esos cuatro movimientos, aunque las formas cambian.

El álbum tiene uno de sus momentos más silentes y meditativos en “Tenebrous”. Los armónicos de unos cuencos de bronce resuenan mientras las cuerdas se asoman tímidas, hurañas, sin atreverse a levantar la voz unas por encima del resto en el centro de un tema de humor solemne, casi funerario. “Uncanny Valleys”, con sus órganos a lo Badalamenti y su pulso desmayado despide el álbum en terrenos de evocación hauntológica, cerrando el círculo mágico –en verdad reiniciándolo, como si de una cinta de Moebius se tratara– que “The Disjointed” abrió cincuenta minutos atrás.

Puede que “Schattenspieler” parezca mera “música de mobiliario” a oídos de cualquiera que se diga impaciente o no ducho en materia de músicas instrumentales de escucha horizontal. Observada desde fuera puede dar la sensación de ser música inofensiva, otro ejemplo de ambient pernicioso, desasosegante pero inocuo. Pero basta animarse a poner los dos pies al otro lado de su umbral para observar que en este viaje no hay vuelta atrás: en el fondo, este disco es una gran trampa psíquica, una galería de espejos articulados para devolver el reflejo degradado de unas visiones que inquietan y que pueden llegar a obsesionar.

Luis M. Rguez

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