Saman Saman

Álbumes

Hildur Gudnadóttir Hildur GudnadóttirSaman

7.6 / 10

Lo primero que llamó la atención de la islandesa Hildur Gudnadóttir cuando empezó a asomar su nombre, primero como colaboradora en discos de múm, Pan Sonic, Ben Frost y Nico Muhly, y más tarde en solitario cuando planchó el excelente Without Sinking (2009) en el sello Touch, fue su manera de tocar el violonchelo. Rodeándolo principalmente de silencio y acompañándose oportunamente de su voz, Hildur creaba una confortable sensación de espacio por la que sobrevolaban las notas graves del instrumento, creando un eco cálido, una resonancia emocional honesta. Su lenguaje no era especialmente sorprendente -más bien se adaptaba formalmente a esa manera nórdica de fusionar el lenguaje del ambient con el de la composición contemporánea, persiguiendo una expresión tranquila, espiritual, casi ascética-, pero tanto en aquel álbum como en su primero, Mount A (2006, y reeditado en 2010), la recompensa era grande si se escuchaban de manera reposada y dejando que la música atravesara el cuerpo como si fueran neutrinos, sin notar apenas su circulación, sin sentir como penetraban la piel y la carne, pero reconociendo minutos más tarde una huella emocional intensa. En cierta manera, su tercer disco, Leydou Ljósinu (2012), intentó avanzar por ese camino y acabó perdiéndose en su propio laberinto: eran 40 minutos ininterrumpidos de frases repetitivas que iban creciendo en intensidad sin acabar de llegar a ninguna parte.

Para Hildur, por tanto, Saman es como dar un paso atrás para volver a recuperar la senda antes de extraviarse. Como Mount A, pero sobre todo como Without Sinking, es una colección de piezas breves que, unidas bajo el significado de la palabra islandesa ‘saman’ -que quiere decir ‘juntos’-, no se conforman con un único lenguaje. Aquí hay desde ejercicios de armonía como la primera composición, Strokur, que tiene un lenguaje casi barroco, reconocible como pariente lejano de los andantes de las suites de violonchelo de Bach, a la recuperación del ambient gélido de antaño en Fra y la relación íntima con su propia voz en Liour, dos momentos en los que Hildur se reencuentra consigo misma en su afán por detectar un lenguaje común para la música contemporánea y el pop. De todos modos, en este momento de su carrera estos ejemplos son sólo concesiones nostálgicas, puesto que el grueso de Saman va por otro camino.

Básicamente, por el apuntado en el primer corte: el violonchelo suena más solitario que otras veces, sin apenas intromisiones del eco -lo hay en Birting, en abundancia, mientras que en Rennur Upp lo que hace básicamente es dejar que el sonido de la cuerda frotada cree un campo de espacio a su alrededor, una resonancia natural muy gratificante-. De este modo, Saman acaba sonando como un ejercicio de ambient acústico, tan básico en apariencia que, más que a la música del siglo XXI, remite a la del primer Renacimiento, a composiciones de capilla que, cuando quieren ser pop, acaban sonando más bien trovadorescas ( Heima, con la compañía de Skuli Sverrisson, tiene lo que parece un punteo de guitarra, aunque en realidad es el sonido de otro chelo tocado por Hans Jóhannsson y amplificado por la caja de resonancia de dos pianos) o directamente se confunden con las formas del antiguo madrigal del siglo XVI ( Heyr Himnasmiaur, con voces de soprano que se elevan hacia las bóvedas celestes). Aunque más allá de los tecnicismos, que sirven para situar su trabajo y entender en cierto modo sus intenciones, Saman se puede y se debe escuchar como una rodaja de música atemporal: su título hace referencia a la unión (que puede ser física, espiritual, sincrética o colectiva; sea como fuere, transmite una idea positiva en tiempos de conflicto) y su estética apela a lo más básico, lo más profundo y lo más receptivo del espíritu. Aunque no ha encontrado una dirección nueva todavía, al menos Hildur ha enderezado el camino que nos atrajo tanto en un primer momento: ese que diseña un sonido amplio y frágil para escuchar y sentir desde lo más hondo.

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