Saint Bartlett Saint Bartlett

Álbumes

Damien Jurado Damien JuradoSaint Bartlett

8.3 / 10

Damien Jurado  Saint Bartlett SECRETLY CANADIAN / HOUSTON PARTY

Grabado en una semana, mano a mano con Richard Swift, productor, amigo y batería (sí, es el tipo que se esconde bajo la máscara de hombre lobo y aparece en el mínimo libreto del álbum: apenas una foto y tres líneas de créditos), “Saint Bartlett”es otro de esos dolorosamente tristes discos de Damien Jurado. El noveno, para ser más exactos, si omitimos el rarísimo “Postcards And Audio Letters” (o cómo pasar una hora escuchando al bueno de Damien al teléfono). Anímica y técnicamente es el disco que Damien debería haber producido justo después de “Ghost Of David”, folk de espíritu grunge (no olvidemos que Damien creció en Seattle, y eso, ya de por sí, duele) embutido en un cuatro pistas y empañado con montajes de cassette, voces (de chica, Rosie Thomas, entonces), y sí, ruidos (ruidos de teléfonos, ruidos de vinilos, ruidos de silencios tan silenciosos que acababan convirtiéndose en barreras de sonido). Digamos que el séptimo corte de “Saint Bartlett”, “Kansas City”, y su ambiente de estación de autobuses, podría figurar como el reverso de la, una vez más, entonemos el mantra, dolorosamente triste, “Parking Lot” (árida murder ballad que supuso el despegue de la corta y melodramática carrera de la citada chica de Michigan, Rosie Thomas). La voz de Damien es la voz de un tipo rudo que se niega a derramar una sola lágrima pero es capaz de golpearse el pecho y entonar un desgarrado vuelve cuando quieras (lo hace, en “Throwing Your Voice”) pues no olvidemos que su anterior álbum, “Caught In The Trees”, era el álbum post hecatombe sentimental: tras trece felices años de matrimonio y un par de críos, Damien y su chica habían roto, y sus canciones hablaban de maridos celosos y mujeres caballo. ¿Y de qué hablan ahora? De vidas a las que les faltan piezas, como a los puzzles que acumulan polvo bajo la cama. Lo de Damien no es autocompasión, lo suyo va en serio.

Porque en el planeta songwriter hay tipos prolíficos y aparentemente felices (veánse Will Oldham y su millón de discos o M. Ward y sus discos de instituto de otra época), hay tipos con greñas y una tristeza elegante y agridulce ( Ron Sexsmith), hay tipos guapos que firman hits que hacen llorar primero a Natalie Portman y luego al resto del mundo ( Damien Rice) y luego hay tipos que lo pasan realmente mal y escriben canciones para salir del agujero, y, de paso, qué demonios, quizá sacar a alguien de ahí con ellos. Damien Jurado es de estos últimos. Y hay pocos como él. Pocos que lleven más de una década fieles a sus desoladores pedazos de alma versión tema de tres minutos (y en este punto “Tonight I Will Retire” figura todavía en la cima de lo exageradamente cerca que puede estarse de la soledad de un tipo cualquiera, equiparable en grado de exposición al impresionante “I Don’t Blame You” de Cat Power).

Publicado en el año 2000, “Ghost Of David” era el tercer disparo de un por entonces jovencísimo y grandullón Damien, y puede que todavía hoy su obra maestra (lo publicaba Sub Pop, compañía que lo descubrió, allá por 1997, con el irregular pero acertado “Waters Ave S.”, al que seguiría su ya firme candidato al trono del folk tristón: “Rehearsals For Departure”). Dos años después, en 2002, publicaría el que hasta la fecha es su álbum marciano (si exceptuamos el citado disco de conversaciones telefónicas): “I Break Chairs”, una hora de ruidosa y rabiosa barrera de sonido folk-noise. Le seguiría una suerte de trilogía de llanero solitario en un mundo demasiado complicado para un tipo que cree en Dios: el árido pero épico “Where Shall You Take Me?”; el accesible pero igualmente épico “On My Way To Absence” ( “Lion Tamer” sigue siendo, hoy por hoy, uno de sus hits) y el quizá menor “And Now That I’m In Your Shadow”. En 2008, y tras su divorcio, Damien publicó su disco más luminoso hasta la fecha, “Caugth In The Trees”, y dos años después se atreve con una vuelta a sus orígenes: un álbum oscuro ( “Wallingford” es un estupendo ejemplo), claustrofóbico (coros que parecen sacados de una caja de zapatos en “Cloudy Shoes”) y dolorosamente triste ( “Rachel & Cali” es, en ese sentido, otro clásico made in Jurado). Si lo hubiera firmado justo después de aquél (su primer bedroom álbum, el citado “Ghost Of David”), estaríamos hablando de un paso más hacia las profundidades de su tortuosa (y grabada a pedazos) existencia. Pero lo curioso es que lo hace diez años después. Y seguir retorciéndose de esa manera diez años después sólo puede significar una cosa: Damien es de verdad, chicos. Y si nunca sonríe es porque todavía no ha encontrado un buen motivo para hacerlo.

Laura Fernández

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