Sadly, The Future Is No Longer What It Was Sadly, The Future Is No Longer What It Was

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Leyland Kirby Leyland KirbySadly, The Future Is No Longer What It Was

9.6 / 10

Leyland Kirby  Sadly, The Future Is No Longer What It Was HISTORY ALWAYS FAVOURS THE WINNERSUn puñetazo, a menos que sea de una fuerza extraordinaria, normalmente sólo te aturde. Una ristra sin descanso y sin menguar la intensidad, en cambio, te noquea. Si James Kirby –que se ha modificado el nombre propio para darle salida física a este proyecto suyo tras los espléndidos discos como The Caretaker–, en vez de tres discos en un solo pack hubiera publicado sólo uno, entonces quizá estaríamos aturdidos como nos dejó “Persistent Repetition Of Phrases” (Install, 2008), pero nunca habría provocado el efecto devastador con el que se presenta “Sadly, The Future Is No Longer What It Was”. Son casi cuatro horas de música de un nivel insoportablemente alto, sin una sola fluctuación de calidad, sin descanso: setenta minutos por aquí, otros setenta por allá y acullá, completando un ciclo que por ambición, drama y calado sólo puede describirse como wagneriano. No es la primera vez que la incontinencia de Kirby ataca un proyecto monstruoso –recordemos los seis discos seis, como los toros bravos, que componían “Theoretically Pure Anterograde Amnesia” (V/Vm Test Records, 2005)–, pero si aquellos eran de digestión pesada y paciente, y difícilmente consumibles del tirón –también porque rara es la persona que dispone de siete horas seguidas y desocupadas para escuchar ambient de trasfondo ruidista–, la trilogía del desencanto de Leyland Kirby consigue que un disco vaya tras otro con fluidez y ganas, básicamente porque el estado de ánimo que describen invita a seguir envuelto en la nube. Otras veces, quieres que el disco se acabe. Éste, no quieres que se acabe nunca.

Cómo ha llegado James Kirby aquí, es fácil. Posiblemente, “Sadly…” sea un producto de la madurez y de las hostias que te da la vida: cuando funcionaba como V/Vm, recordarán los supervivientes del audio experimental de la década pasada, Kirby era un díscolo chistoso que no respetaba a nadie. Pionero del ultraje a éxitos del pop, el rock y la electrónica popular antes de que kid606 se hiciera famoso por ello –existe su mash up del “Born In The USA” de Springsteen, y todo un álbum de mofa a costa de Aphex Twin–, en V/Vm se produjo un cambio de registro definitivo cuando apareció aquel CD en dos tomas, la ruidosa y la espaciosa, titulado “Sometimes, Good Things Happens” (V/Vm Test Records, 2002). Ahí, el levantisco enfant terrible del audio digital que se disfrazaba con caretas de cerdo y componía ruido a propósito del noble oficio de carnicero empezó a solidificar su lado triste. Antes de eso ya existía The Caretaker, origen probable de la escena hauntological, pero como un proyecto paralelo que aún no había alcanzado una entidad propia, ensombrecido aún por el prestigio de V/Vm en el circuito experimental. Pero The Caretaker, y aquel bello “Selected Memories From The Haunted Ballroom” (1999), que sampleaba música de baile agarrao de los años 30 en un contexto noise delicado, y que podría haber sido la banda sonora de la película El carnaval de las almas (Herk Harvey, 1962), fue un buen síntoma, y rápidamente la producción de Kirby se centró en ese alias a la vez que conservaba V/Vm para otro tipo de experimentos, como aquel “Sabam” (2006) que recreaba el sonido del new beat belga y reivindicaba esa escena, también perdida en el tiempo y necesitada de revival, como el nuevo italodisco.

The Caretaker ya era pura hauntology: sonidos rescatados de un pasado perdido en la distancia y el tiempo, olvidado y enterrado, reajustados en una pátina de melancolía que se postulaba como lo contrario de la futurología: era la recreación de un pasado imposible, el qué hubiera sucedido si las cosas hubieran sido de otra forma, si Hitler no hubiera hecho estallar la guerra o Einstein no hubiera revolucionado la física. Equivalente en música electrónica al principio de incertidumbre de la física cuántica, la hauntology de The Caretaker se confirmó como música de irresistible belleza con “Persistent Repetition Of Phrases”, el disco en el que Kirby empezó a rescatar voces de viejos discos de piedra –en un trabajo de dislocación de la voz similar al que propuso Burial en “Untrue”–, y ahí dejó toda su maduración estilística preparada para dar un nuevo salto. De bromista de brocha gorda a armador de jaleo ruidista, de superviviente de la vanguardia post-club de los noventa a indagador en las tripas del pasado, un Kirby al que habría que preguntarle quién se le ha muerto, o quién le ha partido el corazón, ya estaba listo para completar esta su opus magna por el momento.

Decíamos que “Sadly…” es una trilogía sobre el desencanto. El título lo dice casi todo: nace de la decepción al comprobar que lo que se nos había prometido –en cuanto a progreso tecnológico, moral y biológico; una nueva y mejor civilización en definitiva que arranca con la prospectiva histórica humanista y positivista de los años cincuenta y que tiene su reflejo más pop en ciertos títulos de la literatura de ciencia-ficción–, finalmente, se ha quedado en una opción imposible; en un sueño no cumplido. No hay coches voladores. No hay cura contra el cáncer. No hemos terraformizado Marte. Todavía hay pobres en nuestras ciudades. Dios ha muerto, pero el hombre no se ha liberado de la moral judeocristiana. Las torres gemelas caen y el mundo no es precisamente un lugar seguro. Y, está claro, vamos a morir todos en un lugar que, pese a los gadgets telefónicos, las televisiones grandes y las redes sociales, no será tan distinto como el que hemos conocido desde pequeños. Igual ha mejorado la esperanza de vida, el nivel de ídem, pero para el dolor, la insatisfacción y la soledad no existen vacunas. Kirby, como si fuera el último hombre vivo en un planeta desierto, observa el futuro con pesimismo y la melancolía de la resignación, y las ideas que flotan entre sus neuronas tienen forma de música derrumbada y de palabras como las que sirven de presentación a la obra: “se podría decir que trata sobre la fragilidad de la existencia y sobre aquellos momentos en los que vagamos por las calles en busca de respuestas mientras sentimos inestable el suelo bajos nuestros pies”, escribe. “Esos tiempos en los que nos sentimos invisibles para los que nos rodean, y en los que no cesamos de caminar en busca de señales y conexiones, perdidos en nuestra situación y buscando un nuevo camino adelante”. Y después los títulos, tanto de los tres volúmenes – “When We Parted, My Heart Wanted To Die” el primero; “Sadly, The Future Is No Longer What It Was” el segundo; “Memories Live Longer Than Dreams” el tercero– como el de las piezas: “The Sound Of Music Vanishing”, “And As I Sat Beside You I Felt The Greatest Sadness That Day”, “Tonight Is The Last Night Of The World”, “And At Dawn Armed With Glowing Patience, We Will Enter The Cities Of Glory”… Alta lira.

Las fuentes del sonido son incontables, y familiares, pero juntadas con dedos de seda. Aunque pueda parecer un trabajo de estética homogénea, en sus cuatro horas de lento fluír de ambientes sucede de todo. Hay instantes en los que se refuerza el aislacionismo, el ruido intrusivo aunque domesticado, como si hubiera renacido para este año el legado de :zoviet*france:, Thomas Köner y otros post-industriales con gusto por el drone no insistente, o directamente los Coil que jugaban con malentendidos de significado entre lo mágico y lo folk con forma de electrónica mántrica. Eso son los más abruptos e inquietantes –pongamos un título significativo, “Stralauer Peninsula”, en el tercer disco, o vinilo, según la edición que se maneje–, pero por cada página de esta guisa en este personal audiolibro del desasosiego, se abren otras de intención neoclásica –piénsese en los últimos Stars Of The Lid– o inspiración cósmica que acaban por decantar el fiel de la balanza hacia el lado de la grandeza, que no de la grandilocuencia. Un 80% del disco es frágil como un cristal y bello como un amanecer, preñado de un desconsuelo imposible de enjugar, y se deshace en pianos neoclásicos que aluden tanto a Harold Budd / Brian Eno –vieja escuela– como a los actuales Broderick, Chauveau o Goldmund. En ese 80% –o más– es también donde se destila un ambient que, en lugar de buscar la nota grave, granulada y algo penetrante del drone, se escapa hacia espacios más amplios, libres de opresión o fuerza gravitatoria intensa, y destella con esa luz lejana, pálida, de una estrella orbitando alrededor de una galaxia distante. Por algunos instantes, muchos pasajes de “Sadly…” –como la pieza que le da título, de veinte largos minutos y con vídeo añadido y todo– pueden recordar a aquellos fraseos suspendidos de piano y electrónica que en los setenta practicaba Vangelis, los que sonaban en la serie de televisión Cosmos, pero sin la ampulosidad romántica del griego, sólo con la esencia lírica, y con un trasfondo industrial –eso siempre– que nos recuerdan a Mordant Music si Mordant Music no tuvieran frío.

Todo lo que aquí se pueda decir de más es supérfluo. Sólo el segundo disco de Burial puede afectar más a un nivel interior, no epidérmico, hasta el punto de hacerte caer de rodillas ante su poder, en un gesto de admiración sin límites. Es rendirse a la evidencia de una obra superior, mayor que la vida, que nace de la decepción por el presente pero que reimagina un futuro de esperanza, música para las colonizaciones de otros planetas que algún día vendrán. Es la voz del hombre hablando a los hombres en un plano de igualdad. Este triple salto mortal de Leyland Kirby, que es obra maestra inabarcable, sólo cabe escucharlo y sentirlo, disfrutarlo, entrar en él, desaparecer en él –me la suda si la frase parece new age–, zambullise en esta tristeza infinita, y dejar que la corriente y la progresiva falta de oxígeno se lleven las lágrimas, primero, y el aire de nuestros pulmones, después. Morir así quiero yo.

Javier Blánquez

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